—Opulencia, trae sidra y cerveza. ¿Queréis cerveza? Y sal a la calle, que vengan las niñas.

Cuando la llamada Opulencia, que era la criatura indefinible, salió, Travesedo, obedeciendo a los requerimientos de su carácter inquisitivo, preguntó por qué habían apodado así a aquella mujer. La dueña lo explicó. Opulencia, al parecer, aunque no en tanto grado como la Socorrito, era también dicharachera y sentenciosa. Aquel cuerpo ambiguo y encanijado encerraba una gran dosis de sabiduría práctica, que brotaba acuñado en forma proverbial. Su sentencia favorita era: «Donde no hay opulencia no hay meneo», y de aquí le venía el remoquete. Volvió Opulencia con la bebida, y en aquel punto a Grajal le acometió el capricho de verla desnuda.

—¿Quieres desnudarte delante de nosotros? —preguntó Grajal.

—¿Desnudarme? —exclamó Opulencia, manifestando a flor de piel sus ojillos tenaces de insecto venenoso.

—Sí, desnudarte. Tres pesetas te doy.

—¿Desnudarme? —repitió Opulencia, esforzándose en darse por enterada de la proposición.

—Tendrá miedo que lo sepa su novio —observó la dueña.

—¿Su novio? —preguntó Rosina maravillada.

—Sí, mi novio, mi querido, mi cabrito si quieres —se apresuró a decir Opulencia con los brazos en jarras. Su expresión era perfectamente zoológica. Era absurdo suponer que detrás de aquel rostro se escondiese un espíritu humano.

—¿Qué edad tienes? —preguntó Alberto.