—Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me lleve algo del gabinete? —murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin que a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo mismo se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena.

Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los talones y partía, murmuró llanamente:

—Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco, señor Erizo. Voy andando delante. —No le desplacía la hosquedad de Teófilo, presumiendo todo el amor que tras de ella se ocultaba.

En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos estaban negros.

«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo, y la angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural, sintió algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero, inopinadamente; algo como frenética necesidad de erguirse con desesperado orgullo y desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo como un César de verdad. Rosina y Conchita, que estaban en la antesala, viéronle venir con aquel aire de realeza, y la primera le admiraba, mientras la otra luchaba por contener la risa, que a la postre dejó en libertad como Teófilo tropezase con un galápago que a la sazón tranquilamente cruzaba por aquella parte, y diese un traspiés, y luego un formidable puntapié al estorbo, enviándolo largo trecho por el aire.

—¡Pobre Sesostris! —exclamó Conchita.

Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del ministro.

Riéndose, Conchita acudió a socorrer a Sesostris, que había caído en mala postura, y al inclinarse a tierra la muchacha descubría sus delicados tobillos. Tenía Conchita la frágil finura de cabos y el voltaje latente de las razas inútiles y de excepción, como los caballos de carrera, que ganan un Derby o hacen un Dos de Mayo, pero no pueden arrastrar un camión o el peso de la vida normal civilizada.

Teófilo, aunque a ello le incitase Conchita con sus risas y vayas, no conseguía enfadarse con ella. Contemplándola ahora, par a par de Rosina, se le aparecían, si bien muy por lo turbio y lejano, como encarnaciones, Conchita, de la pasión, y Rosina, de la voluptuosidad, los dos polos del amor ilícito.

—¿Listos? —preguntó Rosina.