—Cuando usted ordene —respondió Pajares, que se había dulcificado por extraño modo.

Al bajar las escaleras, dijo Rosina:

—¿No me ofrece usted el brazo?

—El brazo y el corazón. —En habiéndolo dicho, se arrepintió, reputándolo impertinente y temiendo una respuesta desdeñosa. Pero Rosina volviose hacia él, con mimosa incertidumbre, como suplicando no ser engañada, y murmuró:

—A ustedes los poetas no les cuesta trabajo ofrecer el corazón; pero desgraciada la que se lo crea. Porque la poesía no es más que eso, ¿verdad? Una mentira bonita. En medio de todo, la verdad suele ser siempre tan sosa y desairada que todos prefieren las mentiras bonitas.

—No, Rosa; la poesía es la única verdad —Pajares asumió un continente sacerdotal por que la sentencia adquiriera cierto valor religioso.

—No, no. Si es verdad, ya no es poesía.

—¿Cómo, Rosa? ¿Es usted verdad?

—¿Que si soy verdad? No entiendo.

—¿Existe usted? ¿No es usted una cosa real y verdadera?