—No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor están despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la Muerte; por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas y bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré humor para tales pequeñeces.

—Andando.

Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por encima de quebrados peñascos brunos.

—¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? —habló Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar la planta.

—Sin duda.

—A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices?

—Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando.

—Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo, hombre.

—Engañar... Explícate mejor.

—Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer.