—Hijo mío —comenzó a hablar con voz tenue y aplomada—, más grave que tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que el demonio pone a veces en nuestra carne mortal —doña Juanita estaba de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro. Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y netamente—: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio Villapadierna.

Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo; este la detuvo con un movimiento del brazo.

—No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia. Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras. Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? —doña Juanita se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la del enfermo comenzó a murmurar en voz baja—: Hermógenes se casó conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera. Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo. Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble, caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú —doña Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos—: Durante los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase. Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante, me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer! —nueva pausa de Doña Juanita—. Años y más años, muchos años, hijo mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca, nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con lágrimas en los ojos, tu perdón.

En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando el fuego de su calentura.

—Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore, madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el alma.

—¿Que tú sabías?... —Dijo doña Juanita, incorporándose.

—Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa. Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre, béseme.

VI

Chi sará sará.

Divisa heráldica.