—No lo puedes saber aún.
Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos sentados, sin hablar palabra.
—¡Aquel día, aquel día!... —exclamó Teófilo con voz tenue y afligida.
—¿Qué día, hijo mío? —preguntó doña Juanita.
—El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez; de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa, fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte; quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.
Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto.
—¿Quieres confesarte, hijo?
—Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos, para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora quedo tranquilo.
Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.
Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso, consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo.