—¿Cómo a bailar?

—Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo, piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos nada de nada.

Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y Rosina. Se presentó en el hotel de sobremesa.

Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las mejillas.

—¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes celos, Fernando?

Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y tranquila. Tendió la mano a Guzmán.

—Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted.

—Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás con nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica.

Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.»

Se encaminaron al teatro.