Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca; llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció aquel trapo luctuoso a la entrevista que algunos días antes había celebrado con el periodista, dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un escalofrío.

Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público hasta humedecerle los ojos.

En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco, ovacionó a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas, brindábaselas a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol transforma los dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para regalo de los sentidos.

Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando habló:

—¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura?

—Mameluco —refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente el muslo de Fernando—. ¿Olvidas que Alberto es literato?

—No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho leer versos y novelas. Y también algunas obras de teatro me gustan, y tanto que me hacen olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este otro teatro charlatán, a este teatro teatral que me revienta.

Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba frenético.

Rosina deseaba visitar a Verónica en su camerino y despedirse de ella. Guzmán la disuadió:

—Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le escribes una carta y al avío.