—Tiene razón don Alberto —afianzó Fernando—. Vámonos a dormir, que mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el viaje.
Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las mejillas levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó:
—Sí, vámonos a dormir.
A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de Alberto:
—No sé cómo agradecerle...
—¿Y Nora?
—Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los demonios.
Se despidieron.
Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel.
En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el postigo, Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de Fernando y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en su rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas las potencias activas y hostiles de su personalidad. Era como si la envolviera y esfumase la penumbra de un gran árbol. De toda su persona emanaban hacia Fernando, a la manera de misteriosas ligaduras, estremecimientos inconscientes de simpatía física: esa simpatía que está siempre a punto de entregarse y que constituye la esencia de la gracia superior. Fernando se mantenía firme y erguido, con una altivez que hubiera parecido petulante a no estar infundida por la eterna voluntad de la naturaleza.