—A ver si nos haces una visita en París.

—Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su casa, de todo corazón.

—Buen viaje y que Dios os guarde.

Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto, antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas, y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán.

—¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana?

—¿Qué artículo?

—El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es lo mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo como hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico español. En suma, que nos ha estado tomando el pelo —hablaba Muslera; pero la secreción oratoria no le estorbaba para seguir escudriñando, ora los pantalones y botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban. Prosiguió—: Pero yo me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo antepasado, Nicolás Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en su Encyclopédie Méthodique: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho España por Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo: ¿Qué ha hecho España? ¿Qué ha producido España?

—Pues si le parece a usted poco... —murmuró Guzmán con sordo encono.

—¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo.

—Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas.