IV
Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y algunas veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había transcurrido una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no se había atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba impaciente y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia: padre, madre, una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor, apenas púber, que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine o teatro de variedades y de entregar a buen precio la doncellez, y un hermano que andaba siempre perdido por capeas y tentaderos, adoctrinándose en los primeros rudimentos del arte taurino. Toda la familia vivía a expensas de la prostitución de Verónica.
Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por primera vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada cual por diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto menoscabase la virginidad de Pilarcita, la hermana menor.
—Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga sobre mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no seas bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me estoy quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que seis meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta...
Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de Verónica: un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media que a la artesana.
La madre, de pergeño embrujado, acecinada, aguileña, sin dientes y con largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia, adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero Toñito; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a la hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica, y a un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en una casa de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno osaba traducir en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo pronto, afloje usté unas cuantas pelas a Verónica.»
V
Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible, Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera caída y remansada sobre los desnudos hombros.
—¿Qué ocurre, Alberto?
—Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?