—Bien, bien.

—¿Y Ángel?

—Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una conferencia con Zancajo. Entra.

Alberto entró.

—¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?

Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente musgosos, verdimalva.

—Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que la sangría me ha sentado bien.

—¿Qué sangría?

Alberto levantó el pie herido, sangrante.

—¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?