—Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún trapo?

—Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.

Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.

—¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.

—Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?

Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia.

La sangre se estancó pronto.

Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de concluir de vestirse.

—¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos. ¡Qué mundo!

—Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo.