Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un cuchicheo de diapasón femenino.
Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:
—Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una grima...
—Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.
Verónica rio sigilosamente.
—Te he tañao —dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió saltando.
A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio. La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y sugerían la imagen de un gallo.
—Nada, que esta golfa... —comenzó Verónica, con sofrenada indignación.
—¡A mí no me llames golfa! —atajó Pepa, desafiando a su hermana con pupila arisca.
El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa: