—En casa no hay más golfa que tú.

—Así me lo pagáis. Estúpida de mí —dirigiéndose a Alberto—: ¿qué te acabo de pedir?

—Un duro, que no tengo.

—¿Lo ves? —preguntó Verónica, furibunda.

—Tira p’alante y agur la compañía —ordenó el chulo, sacudiendo la cabeza hacia la puerta.

Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:

—Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.

—¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?

—A ver...

—Lo que oyes, mujer.