—Me querrás meter el dedo en la boca.

Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó.

—Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por casualidad, pero lo tienes en otra parte.

—En ninguna parte.

—¿Quiere decirse que estás como yo?

—Ni más ni menos. Tú haces hombres, como se dice; yo hago literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta, nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa, si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no muero agotado.

Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que no atinaba a explicarse:

—¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que pienso. ¡Qué tonta soy! —y con transición inopinada—: Vamos a ponerle los cuernos al viejo —el viejo era Angelón.

—No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a nadie.

Verónica humilló la cabeza, avergonzada: