Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes de quién son los versos?
—De cualquiera.
—¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?
—No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!
—Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los versos que te recité.
—¿Te gustan a ti?
—Me encantan.
—Pues a mí también me gustan.
—Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.
—Sí, sí.