—Algunos sabrás. Anda... —suplicó Verónica. La gravedad de su cara, de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar versos propios.
—Vamos a lavarnos las manos.
Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.
—Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.
—Si no los sé de memoria...
—Alguno sabrás.
—Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. —Fijó los ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y algo incierta, recitó:
Señor, yo que he sufrido tanto, tanto,
que de la vida tuve miedo,
y he comido mi pan húmedo en llanto,