Alberto consultó el reloj.
—Las tres menos diez.
—Y Angelón sin venir.
—Qué, ¿tienes apetito?
—La verdad, un poquitín.
—En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y quizás aceite.
Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.
—Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.
Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la estancia en donde Alberto estaba.
—He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.