—Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?
—Un poco.
—Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es verdad?
—Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos, vuelve a ser verdad.
—Tienes razón; eso debe de ser una felicidad —y exaltándose de pronto—: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi ideal ese...
—Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M. Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti. No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo. Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con ambición, sin trabajo y con lotería nacional.
VI
No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera cometido.
Goethe.
—A todo esto, ¿qué hora es? —preguntó Verónica.