del firmamento inmenso.
Una casa no más, de aldeana esquiveza,
con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel,
y un fiel regazo en donde recline mi cabeza,
y por la noche un libro y una boca de miel.
Y además, que las rosas, de corazón riente,
canten todo a lo largo de las sendas del huerto,
y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente
cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.
Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que había oído. Habló después: