Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica suspiró:
—¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya me figuro estar en ella.
Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia: noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»
Verónica interrumpió, apasionadamente:
—Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!
Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su servicio.»
Y Verónica:
—Ni yo tampoco.
Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos, ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: Muy bien.) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis peculiares fines.» (Verónica: Algo trama. Me alegro. Y mira si es noble y cómo dice lealmente lo que piensa.) Yago induce a Rodrigo, antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro. (Verónica: Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!) Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: Llama diablo al moro. Es gracioso Yago.) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y, transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica: ¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende...)
Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder que con ella goza hacen temible. (Verónica: Me gusta Yago. ¿Ves lo bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro.) Otelo: «Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: Pues no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta nobleza, ¿eh?) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica: También es suerte lisa la del negrazo.) Aparece otra ronda. Es Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él. ¡Ladrón!» (Verónica: Y que lo diga. Buen lío.) Otelo se interpone: «Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas. Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica: ¡También es un tío!) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan el discernimiento.» (Verónica: A ver. No se comprende de otro modo. ¡Pobre viejo y pobre muchacha!) Están para irse a las manos los de uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de apuntador.» (Verónica: Que se las trae el negro. Tiene una confianza en sí mismo...) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde la Señoría está de consejo.