Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios. La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente, ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo: «Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea, aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: Si ahora se hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a Yago le van a ahorrar molestias.) Brabantio dice que ha sido Otelo. Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: Vamos a ver.) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: Pal gato.) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente, se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería... Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: Aguarda un momento. No sigas leyendo. Una pausa. Sigue.) El Dogo: «La historia hubiera ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: Y el mío.) Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la fe que al moro me une.» (Verónica: Qué simpática.) Brabantio está desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara. Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: Yo en la pelleja del padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía.)
Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.
El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto: «No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.» Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «Come, be a man. Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro, que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero, dinero. Therefore make money.» Despídense, y Yago habla consigo mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia, sino porque «dícese de público —murmura Yago— que entre las sábanas su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este monstruoso engendro a la luz del día.»
Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:
—Verdaderamente, este Yago es un miserable.
—Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro. Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud, me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y, sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una quisiera!
—Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.
—Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe, conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua, chiquillo...
—Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...
—¿Por qué? —atajó Verónica—. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas? Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo. ¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla... Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a cansarse de él? ¿No lo comprendes?