—Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del padre se oponía en aquella forma...

—También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre, ¡le doy una mano de azotes!...

—Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?

—Natural que por mi cuenta.

—Como primero me habías dicho todo lo contrario...

—¿Eh?

Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento. Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.

—¡Algo grave va a pasar! —habló Verónica—. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa? Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto... Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.

Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia, y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente. Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: Pobre Casio. Perdido el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí.) Yago: «Por mi honor te juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.» (Verónica: Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A última hora, que le quiten a una lo bailado.) Yago muestra a Casio el camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy agradecido.

Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto continuó.