El padre fray Benito de Jarandilla, verdadero hijo de Santo Domingo, el cual por más de cuarenta años, en el valle de Chicama, cinco leguas de la ciudad de Trujillo, se ejercitó en la conversión de los naturales sin salir de aquellos valles, donde vivió con admirable ejemplo, así para con los naturales como para los españoles, y deprendió muy de raíz la lengua de los indios pescadores de aquel valle, que es dificultosísima de aprender. Los naturales le tenian por un hombre sancto, porque le vian guardar con mucho rigor su profesion, como verdadero hijo de Santo Domingo, y dicen dél que como le viniesen á llamar á cualquier hora de dia ó de noche, para confesar algun indio enfermo que viviese de la una parte ó de otra del rio, que en tiempo de aguas no se deja vadear, que es en verano, no temia el rio y en un macho en que andaba lo vadeaba, y los indios decian iba caminando por cima del agua. Acabó sus dias, llenos de buenas obras, con buena vejez.
El padre fray Baltasar de Heredia fué un religioso esencial, el cual, aunque no se ocupó tanto en doctrinar á los naturales, viviendo en conventos de pueblos de españoles se ejercitó en obras de mucha virtud y de gran caridad; es fama que le hallaron muerto hincado de rodillas en una chácara de la ciudad de La Plata, aviándose para venir al reino de Chile por vicario provincial y visitador, por tierra: lo cual este varon religioso acetó con gran humildad, aunque el trabajo y riesgos de tierra, caminos, rios é indios de guerra, por donde habia de pasar algunas veces, eran notables.
El padre fray Antonio de Figueroa, hijo deste convento, fué un varon religioso y muy esencial, gran trabajador en las cosas de la comunidad, muy libre de cualquier interés humano; para consigo riguroso y paupérrimo, pero las cosas del culto divino deseaba, y de la sacristia, que fuesen riquísimas.
Fué muy muchos años subprior deste convento, con mucho ejemplo de vida y costumbres.
Fué mi maestro de novicios, á quien debo más que á mis padres. Cuando á este gran religioso, por su virtud y trabajos y ejemplos, se le habia de mandar descansase, quitándole la carga del cuidado del convento, le mandó la obediencia ir á España á negocios de mucha calidad de la Orden: lo acetó con mucha humildad y se puso en camino, y llegando á Cartagena, de Tierra Firme, le llevó nuestro Señor para sí con una muerte como habia vivido; finalmente, murió obedeciendo.
Cuando llegó la nueva cierta de su muerte cayó tanta tristeza sobre todos los religiosos que en él viviamos, y cuando se le hizo su sufragio, que no osábamos mirarnos los unos á los otros: tanto era el amor que le teniamos, porque á casi todos nos habia criado y habia entonces en el convento poco menos de ochenta religiosos. A todos estos padres conoscí y traté mucho y no hablo sino de vistas.
Otros más ha habido buenos religiosos; empero éstos, conforme á lo que dellos conosciamos, son los más aventajados que para estos defectuosos tiempos son afamados.
[CAPITULO XXXIII]
DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO
Hay en esta ciudad otro convento del seráfico padre San Francisco, que en breves años ha florescido y floresce en religion, santidad, letras y número de religiosos, con admirable ejemplo, donde yo he conoscido famosos varones, grandes predicadores, de mucho pecho y celo para las ánimas y conversión de los naturales.
El padre fray Luis de Oña, que fué provincial, varon consumado y no menor púlpito; el padre fray Hierónimo Villacarrillo; el religiosísimo fray Diego de Medellín, deudo nuestro, obispo de Santiago de Chile, donde murió como un sancto, habiendo vivido en la Orden con gran religion, cristiandad, ejemplo y observancia más de sesenta años; halléme en su muerte siendo en aquel reino el primero provincial de mi Orden, no lo mereciendo, y fué Nuestro Señor servido hacerme esta merced: que porque el dia de sus obsequias no hobo sermon, respecto de ser los oficios muy largos, y las ceremonias con que se entierran estos señores obispos, el dia del novenario, aunque se habia encomendado al guardian del convento de nuestro padre San Francisco, por cierta ocasion no lo predicó, y se me mandó predicase, lo cual hice lo mejor que pude fundando mi sermon sobre esta sentencia: prœtiosa est in conspectu Domini mors sanctorum eius. El padre fray Juan del Campo, gran varon en opinion de sanctidad y letras, todos los cuales fueron provinciales y algunos vicarios generales ó comisarios, como en esta sagrada religión se nombran.