[CAPITULO XXXI]
DE LOS RELIGIOSOS QUE SUSTENTA

Y porque dije que en muy breve tiempo se ha multiplicado esta casa, favoreciéndolo la Majestad del muy Alto, el dia de hoy sustenta 130 religiosos y dende arriba, lo cual causa admiracion, porque no hay en toda la cristiandad conventos, de cuatrocientos años á esta parte fundados, si no son cual ó cual, que sustenten otros tantos. Celébranse en esta casa los oficios divinos, de dia y de noche, con tanto concierto como en el más religioso de la Orden.

Los estudios con todo el rigor pusible, y las demás ceremonias muy al justo. El coro tiene sillas altas y bajas, de madera de cedro, labrados los respaldares, altos, de madera de talla, de admirables figuras de sanctos, que si fueran doradas no habia más que desear; costaron 18.500 pesos de á nueve reales, y el oficial perdió mucha plata.

[CAPITULO XXXII]
DE LOS OBISPOS

En este breve tiempo, como acabamos de decir, han salido deste convento siete obispos, y tres casi á un tiempo juntamente, en lo cual excede á todos los conventos, no sólo de nuestra Orden, pero de las demás en España y fuera de España, porque á conventos de muchos años fundados no ha sucedido otro tanto. El primero fué el reverendísimo fray Tomás de San Martin, de quien tractaremos arriba y trataremos algo más cuando escribiéremos los obispos que en este reino he conocido; primer obispo de la ciudad de La Plata, el cual obispado concluia en sí, entonces, todo el reino de Tucumán y la provincia de Santa Cruz de la Sierra.

El segundo, el reverendísimo fray Domingo de Santo Tomás, de la misma ciudad; el tercero, el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, primer obispo de Puerto de Caballos [23]. El cuarto, el reverendísimo fray Alonso Guerra, primer obispo del Rio de la Plata, y despues de Mechoacán, ó Yucatán; el quinto, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer obispo de Tucumán. Estos tres señores obispos son hijos deste convento, y todos tres se vieron obispos junctos en su casa, y su madre, que es esta casa, los vió todos juntos en ella. El sexto, el reverendísimo fray Antonio de Ervias, obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme.

En un mismo tiempo sacó Su Majestad para obispos, estando todos tres presentes, al reverendísimo fray Alonso de la Cerda, fray Alonso Guerra, fray Antonio de Ervias, en lo cual, aunque hizo mucha merced á la Orden, sirviéndose della, á nosotros, llamo á nosotros los que acá estábamos y tomamos el hábito, la hizo, pero dejónos sin canas que nos gobernasen, lo cual hasta hoy sentimos; no me acuerdo haber leído que de un convento tres personas tales á un mismo tiempo se hayan sacado para iglesias, como deste nuestro de Los Reyes. El séptimo y menor y más indigno de todos soy yo, á quien la Majestad de Dios levantó á obispo de la Imperial, reino de Chile, y espero en Nuestro Señor se han de sacar más.

Demás destos señores obispos, ha hecho nuestro Señor merced á nuestra sagrada religion en nuestros tiempos, dándole en estas partes varones apostólicos que con mucho celo del servicio de nuestro Señor y de las ánimas han predicado á los naturales la ley evangélica, con claro ejemplo de costumbres y vida. Uno dellos fué el padre fray Melchior de Los Reyes, que por muchos años se ejercitó en este ministerio y murió en este convento de Los Reyes y se enterró en el capítulo, donde es costumbre enterrarse los religiosos nuestros, y abriéndose su sepultura á cabo de siete años y más, se halló su cuerpo entero y los hábitos y capa de anascote, sin lision alguna, y esto el señor arzobispo de México, Bonilla, visitador de la Audiencia Real, lo vió, é yo tambien, y todo el convento, queriendo echar en aquella sepultura otro religioso difunto.

En esta misma sala de Capítulo se halló otra sepultura con otro cuerpo, del padre fray Domingo de Narvaez, hijo desta nuestra provincia, buen religioso, entero, con todos sus hábitos y capa de anascote, sin lision alguna. Este religioso se habia ocupado en doctrinar los naturales deste reino con gran llaneza y sinceridad.

El padre fray Cristóbal de Castro, gran siervo de Dios, celosísimo de la conversión de los naturales, de clarísimo ejemplo y abstinentísimo, murió en su oficio loablemente. A este religioso, los curacas del valle de Chincha, donde por la mayor parte vivió ocupado en este ministerio, le ofrecian un navio cargado de oro y plata, y jamás se pudo acabar con él recibiese un grano, y haciéndole fuerza los curacas á que tomase alguna cosa, jamás lo pudieron acabar con él, ni para sí, ni para la Orden, ni para hombre viviente. Lo que hizo fué decir á los curacas hiciesen un cáliz de oro para su iglesia, como lo hicieron, y fué el primer cáliz que se hizo en el Pirú; á cuya sancta emulacion los curacas del valle de Lunaguaca hicieron para dos iglesias suyas en cada una un cáliz de oro, que yo he visto y dicho misa con ellos.