Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo de los enfermos.

Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria, como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de Tierra Firme, como despues diremos.

Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad, al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah, este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.

Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos, y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.

Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos nada que tratar dél en el augmento deste convento.

A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto, religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no, castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron. Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de los naturales.

[CAPITULO XXX]
DE LOS RESTANTES PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

Acabado el cuadrienio del mismo padre fray Domingo fué electo en provincial el padre fray Agustin Montes, Presentado en sancta Teología, hijo deste convento, donde tomó el hábito de quince años, varon religioso y amigo de ampliar con edificios su casa, el cual acabó la casa de novicios, lo tocante á las celdas, de todo puncto.

Hizo el claustro bajo, adornándolo con unos lienzos al ólio de figuras é imágenes de sanctos, muy perfectas y muy devotas; augmentó la sacristia con ornamentos y mucho servicio de plata, y un cáliz todo de oro. Aumentó tambien el retablo del altar mayor: á lo menos dejó con un entablador concertado el augmento de imágenes de media talla, y pagada parte de la hechura; hizo un cofre grande de plata, en que en el retablo se collocase el Sanctísimo Sacramento, porque hasta entonces no estaba sino en una cajita de madera. Trabajó lo que pudo con mucho y buen ejemplo. Puso mucha órden en las lectiones y estudio. Ordenó que hobiese cierto número de religiosos collegiales, y para ser recibidos pasasen por exámen muy riguroso, lo cual hasta hoy se guarda como conviene, porque desta suerte los no muy hábiles se animan, y los hábiles trabajan más, sin que en el coro se pierda punto. A quien sucedió el padre maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, en el cual tomó el hábito de 17 ó diez é ocho años, buen predicador; es hijo de padres nobles de todos cuatro costados; su padre se llamó Niculás de Ribera el viejo, respecto de otro vecino desta ciudad llamado del mismo nombre, pero el mozo. Su padre fué uno de los de la Fama de la isla del Gallo, varon liberal; su casa era hospital de todos los de su patria y enfermeria deste nuestro convento, porque todo lo necesario para los enfermos con toda liberalidad y caridad se hacia, y con sus propios hijos se inviaba de dia y de noche, y desto soy testigo de vista. La Madre se llamaba doña Elvira de Avalos, de cuya virtud en breve no se puede tratar. En su tiempo se acabó á gloria de Nuestro Señor dichosamente todo el cuerpo de la iglesia con tanta perfection que puede competir con las buenas iglesias de mucha parte de España. Adornó la capilla mayor de tal manera que se encubre la falta (que dijimos) ser pequeña. Acabó el aumento del retablo; hiciéronse paños de terciopelo carmesí bordados para la capilla mayor, con oro, que la cubren de alto á bajo, tan buenos que en nuestra España se hallan pocos iguales. Acabó el claustro y la porteria tan buena como las muy buenas de Castilla, sin otras cosas tocantes á la sacristia. Todo lo cual hasta aquí augmentado en este nuestro convento han hecho los provinciales con lo que han aplicado de los salarios de las doctrinas donde viven los religiosos. Al sobredicho padre sucedió el Presentado fray Diego de Ayala, hijo tambien deste convento, el cual por vivir poco é irse á España, y pasando en Italia murió en Roma, hay poco que decir dél. Sucedióle el padre maestro fray Juan de Lorenzana, el más docto destos reinos, hijo, creo, de Salamanca, buen religioso, de claro y galan ingenio, el cual, despues de haber leído muchos años Teología en este convento, fué electo en Provincial; gobierna á la hora que esto escribo; lo que haya augmentado no lo sé.