[CAPITULO XXVII]
DE LOS PROVINCIALES [QUE] HAN AUGMENTADO EL CONVENTO

Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fué el religioso y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martin, primer provincial, el cual, despues de haber comenzado la obra de la iglesia fué el que buscó y atrajo á todos aquellos capitanes y otras personas á que tomasen las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de otras partes, como fué que á su persuasion el capitan Gabriel de Rojas hizo limosna á este convento de 6.000 pesos ensayados, con no más obligacion de que le encomendasen á nuestro Señor en los capítulos, lo cual perpétuamente so hace y en las misas, como á principal bienhechor nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no poco trabajo de su persona, á quien subcedió en provincial fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varon realmente apostólico, castísimo, libre de toda cobdicia y ambicion, gran predicador, así para los españoles como para los indios, y más dado á la predicacion y conversión de los indios que á la de los españoles; fué el primero que imprimió y redujo á arte la lengua general deste reino. Varon de grande entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y aumento de los naturales deste reino, por lo cual era de algunos aborrecido; empero decia lo que San Pablo: si agradase á los apetitos dañados de los hombres, no seria siervo de Dios. En el convento no sé qué haya aumentado, porque siendo provincial le fué forzoso ir á España y dende allí pasar en Italia al capítulo general que se celebraba de provinciales, y por esta razon no pudo augmentar como quisiera la casa, aunque, por no dar nota de aplicar más para su casa que para otras partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que á los bienes temporales tenia, ni para su convento, que para sí, ninguno.

Esto la ciudad toda lo vió y los religiosos, porque estábamos en el convento. Habia en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir á España con 80.000 pesos y más, ensayados, dióle el mal de la muerte; envia á llamar al padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que habia pocos dias llegado de España; dice le confiese y que allí tiene 80.000 pesos y más, ensayados; que como le fia el ánima, le fia y entrega la hacienda para que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia, porque no tiene heredero forzoso.

No creo otro que este apostólico varon hiciera lo quel hizo. Toda la hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y la dotó; no á su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra menos acepta á nuestro Señor que dejarlo al Hospital de Santa-Ana. Porque no se dijese aplicaba para su casa, huyendo esta nota, lo dejó al Hospital de los naturales, y no dejó á su convento más que á los otros, que fueron 100 pesos corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que á la plata tenia. Luego dende á poco le hizo merced Su Majestad de la silla episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando tractaremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.

[CAPITULO XXVIII]
DE LOS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

A este excelentísimo varon sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal, religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual á todos los conventos que llegaba, cuando los iba á visitar, en lo espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados. Varon abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su tiempo, en parte dél fué prior desta casa el muy religioso fray Tomás de Argomedo, varon docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el cual, el año de 60 me dió el hábito: á quienes, si no era cual ó cual, nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que á la nueva vida, nuevos nombres se requerian. Yo me llamaba Baltasar; mandóme llamar Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.

Este religiosísimo varon y padre fué el primero que en nuestro convento comenzó á poner órden en el coro; hasta entonces no la habia, por no haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se comenzó de dia y de noche, como en el más religioso de España, á guardar la observancia de la religion, y lo mismo se comenzó en los demás desta ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos habia en los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que desde este año de 60, ó cuando mucho del 58, comenzaron los conventos á se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha venido favorabilísima sobre todos ellos. Dióme la profesion el padre provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que ojalá y en la simplicidad que entonces tenia hobiera perseverado.

[CAPITULO XXIX]
DE LOS DEMÁS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel, venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber cómodo para ello.