[CAPITULO LXXX]
DE LA CIUDAD LLAMADA EL CUZCO
De aquí á la ciudad de El Cuzco ponen cuatro leguas buenas.
Era el asiento principal de los reyes destos larguísimos reinos, á quien llamaban Ingas. El sitio es malo y las aguas malas; fundaron aquí su ciudad los españoles en el mismo lugar donde la tenian fundada los indios, que es al principio del valle, el cual, en esta parte, es angosto, aunque más abajo, como va corriendo casi al Oriente, se ensancha un poco más. Siémbrase en él trigo é maíz de riego y dase bien si los hielos no acuden temprano. Parte desta ciudad está fundada en una ladera, y aun la mayor parte; no la dividieron los fundadores por cuadras, como las demás deste reino, ni tiene calle derecha ni proporcionada, porque no quisieron los españoles romper los edificios de piedra que en ella hallaron, no siendo muy aventajados; hállanse en ellas muchas calles muy angostas, que apenas pueden ir dos hombres de á caballo á las parejas, á cuya causa en ivierno es muy sucia y lodosa. Pasa por medio della un arroyo de poca agua al verano y aun al ivierno, si no es por alguna gran avenida que luego cesa, por tener su nacimiento muy cercano; este rio es muy sucio y de mal olor; hanle hecho sus alcantarillas para pasar de unas calles á otras. El Inga le tenia tan bien acanalado y recogido con una muralla de piedra, por una parte y por otra, y por donde corria el agua, enlosado, que ni se divertia á otra parte, ni paraba cosa en él. Agora con el buen gobierno de los nuestros se derrama por muchas partes y anega no poca parte del valle, y la huerta de nuestra casa corre riesgo, porque rompiendo el rio el reparo y no reparándolo, se le ha llegado mucho. Gobernando los Ingas, en cayéndose una piedra, se ponia luego otra ó la misma en su lugar, porque el daño no pasase adelante.
Las casas de los españoles, por la mayor parte son sombrias y tristes, si no es la del capitan Diego de Silva, que la labró alegre. Es pueblo muy rico, por la gran cantidad que tiene de indios de encomienda.
Los vecinos antiguos todos lo fueron; sus hijos, agora, tienen abundancia de deudas y no les alcanza la sal al agua; gastan sin órden y sin discrecion. Sustenta cinco monasterios religiosos y uno de monjas de Sancta Clara.
Nuestra casa es la que antiguamente se llamaba gobernando los Ingas, la Casa ó Templo del Sol, á quien adoraban por principal de todos sus dioses falsos. Conforme á lo que los indios edificaban, es bueno el edificio; la piedra es parda y labrada, y tan juntas unas con otras, que parece no tener mescla alguna, y tiénela, y es de plata delgadísima, la cual no sale fuera de las junturas de las piedras.
La piedra es durísima y el edificio fijísimo, que para romperlo se pasa mucho trabajo. Permanece en nuestro convento una pila grande desta piedra, ochavada por de fuera, que de hueco debe tener, por cualquiera parte que la midan, más de vara y media, y de fondo más de vara y cuarta. A esta pila hinchian con cantidad de chicha, escogida de la que el Inga bebia, para que bebiese el Sol, y lo que en ella se embebia creia esta gente bárbara que el Sol lo bebia; cubria la boca desta pila una lámina de oro, en la cual estaba el Sol esculpido. Cuando los españoles entraron en esta ciudad le cupo en suerte á uno de los conquistadores, que yo conocí, llamado Mansio Sierra, de nacion vizcaíno y creo provinciano, gran jugador; jugó la lámina y perdióla: verificóse en él que jugó el Sol.
Sustenta nuestro convento 25 religiosos, y dende arriba; vase poco á poco edificando como los demás; está casi fuera de la ciudad; los demás, dentro. La huerta de nuestra casa era la Huerta del Sol, y la tierra della dicen fué traída en hombros de indios del valle de Chincha, por muy buena; venian á su tiempo todo los indios á labrarla, vestidos de riquísimos vestidos, y aún permaneció por algunos años, é yo vi una vez que se juntaron los más de los ingas y por sus cuarteles la labraron y desmontaron con gran alegria, y ésta fué la última vez, porque se tenia por inconveniente y con mucha justicia se les vedó.
Lo que en esta huerta se sembraba eran unas cañas de maíz, todas de plata, las mazorcas de oro; éstas no han parecido, ni se sabe donde están; será la huerta poco menos de media cuadra; tiene un pilar donde caen dos caños de agua, el uno un poco salobre, el otro algo mejor. No se sabia de dónde ó por dónde venia el uno, hasta que el rio, con una avenida grande se llevó dos ó tres losas, á lo menos las sacó de su lugar, por debajo de las cuales venia encañada el agua á la Huerta del Sol.
Es fama haber en nuestra casa gran mina de oro enterrado, pero no se sabe dónde; unos dicen, y aun se tiene por lo más cierto, que en la capilla mayor; otros, que en la huerta; han cavado en muchos lugares, pero hasta hoy no se ha hallado cosa alguna. Don Carlos Inga salia á este partido: que le dejasen cavar debajo del altar mayor, y de lo que sacase daria tanta parte, y si no hallase cosa alguna, tornaria á reedificar lo derribado, á su costa, de la misma manera que antes estaba. No se le admitió el partido, y así quedó.