El general Nuflo de Chaves, subiendo por el Rio de la Plata arriba, muchas leguas de la Asumpcion, pueblo principal de aquella gobernacion, dió en este asiento, pobló y púsole el nombre susodicho, en medio de muchos indios chiriguanas, porque á la una parte y otra del pueblo los hay. Cercó la ciudad de tres tapias, fortaleció las puertas; en todos estos reinos no hay ciudad cercada; vélase por los enemigos tan comarcanos y malos. De aquí salió en demanda de unos cerros donde se entendia hacer minas de plata, en tierra de guerra; llevaba consigo españoles y mestizos, buenos soldados, y tambien chiriguanas, por amigos, que le ayudaban, por ser gente belicosa.
En un recuentro que tuvo con los indios de guerra, alcanzada la victoria, los chiriguanas pidiéronle parte de los indios captivos y presos para comérselos, diciendo le habian ayudado. El general no se los quiso dar; guardáronsela, y dejando á don Diego de Mendoza, creo cuñado suyo, con todo el ejército, apartóse con doce ó catorce soldados y los chiriguanas 15 leguas, pocas menos, á cierto paraje, en el cual los chiriguanas determinaron de matarle, y no lo trataban tan secreto que no se entendiese su mala intencion; avisaron los soldados á su General; hizo burla de los que lo avisaban, y un dia, que fué el de su muerte, viniendo los chiriguanas determinados de poner en ejecucion lo concertado, estaban con el General tres ó cuatro soldados, Juan de Paredes y Diego de Ocampo Leyton, ambos extremeños y hombres de vergüenza, ánimo y hidalgos, con sus arcabuces y cuerdas en las serpentines; dijéronle: Señor, estos indios vienen con mal pecho. Si vuestra merced manda, aquí los despacharemos. Enojóse el General y díjoles: Quitaos de ahí. ¿Para qué me ponéis esos miedos? Apagad las cuerdas y dejadme con la lengua, un mestizo que servia della. Replicáronle; no aprovechó nada. Apagaron las cuerdas y no fueron cuerdos, y fuéronse á un bohio donde estaban los demás. El General estaba en una hamaca, entre las piernas la celada, encima de una rodilla, y sin espada, vestida una cota; como quedó solo con el mestizo lengua entran los chiriguanas, comienzan á quejarse que no les daba parte de la presa; descuídanle, llega uno por detrás, que el pobre General, ni la lengua lo advirtió, alza la mano y con una macana de palma dale un golpe en la cabeza que le aturdió y dió con él de la hamaca abajo. El lengua salió dando voces ¡Al General han muerto! ¡Al General han muerto! Los pocos soldados túrbanse, y como no tenian mecha encendida, uno de los dos arriba referidos arrebató un tizon y puso fuego al arcabuz; dispara sin saber á donde tiraba y acertó á dar en un caballo y matóle. Los indios pensaron que los soldados venian sobre ellos; retiráronse á una montañuela que cerca estaba, para guarecerse de los arcabuces, que si vinieran sobre los nuestros allí los mataran á todos. Retirados, tuvieron lugar los pocos españoles, pero bravos, de encender sus mechas y hacerse fuertes en la casa y recoger los caballos. El pobre General murió dende á pocas horas, sin poder hablar palabra.
Entre los soldados habia un mestizo, del Rio de la Plata, llamado Juan de Paredes, y por diferenciarle del que habemos tractado le llamo Paizunu; á los dos conocí y tracté mucho, y á éste no tanto, que me dijeron lo que voy refiriendo. Este Paizunu dijo: Aquí estamos perdidos; si me dan un caballo, el que yo pidiere, yo romperé por los enemigos, iré á dar aviso á don Diego, y si esto no hacemos, aquí nos han de matar; y muertos, como don Diego no sepa lo sucedido, luego darán sobre él y los demás, y todos pereceremos y la ciudad asolarán. Y fuera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara por su misericordia: los chiriguanas habianse puesto en medio del camino para que no se fuese á dar mandado á don Diego. Don Diego fué uno de los buenos capitanes para contra indios que habia en estas partes, mestizo del Rio de la Plata; no le conocí, mas por su fama, y despues tractaremos dél, cuando tractaremos de lo sucedido en el tiempo que gobernó don Francisco de Toledo. A los soldados pareció bien el consejo; dan el caballo que pidió, armóse y armaron al caballo; toma una lanza y un arcabuz pequeño, sale, dispara su arcabuz y luego echa mano de la lanza y rompe por medio de los Chiriguanas, y sin parar, aunque con algunos flechazos peligrosos, en él y en el caballo, da aviso á don Diego de Mendoza, que habia quedado donde dijimos. En el real hízose el sentimiento debido. Parte con su ejército luego, da en los Chiriguanas por una parte, los pocos por otra; mató muchos, y á los que hubieron á las manos metiéronlos en un buhio y pusiéronlos fuego; castigo merecido por la maldad cometida, porque el General era noblísimo y valentísimo. Sucedió esta maldad y desgracia gobernando este reino el licenciado Lope García de Castro; Su Majestad le habia hecho merced de aquella gobernacion, para sí, hijo y nieto; dejó dos hijos pequeños y tres hijas. El gobierno encomendóse á don Diego de Mendoza hasta que su sobrino el mayor tuviese edad. Despues quitóselo don Francisco de Toledo, siendo Visorrey destos reinos; proveyó en él á Juan Pérez de Zurita, más para pelear que para gobernar; despues tornóse á proveer en el mismo don Diego, el cual muerto, como diremos, quedó un poco de tiempo el gobierno en los alcaldes; despues de lo cual, no sé si por Su Majestad ó por qué Virrey, se proveyó á don Lorenzo de Figueroa, un caballero muy noble y de muy buenas partes, y no menos cristiano, el cual descubrió una provincia de gente política como ésta del Perú, muy poblada y que fácilmente se le dieron y aun le convidaron con la paz, porque los librase de los Chiriguanas, que los comian. Murió este caballero; agora no sé quién la gobierna.
[CAPITULO XCV]
PROSIGUE EL CAMINO DE MIZQUE Á LA CIUDAD DE LA PLATA
Volviendo al valle de Mizque, y prosiguiendo el camino, á diez leguas andadas llegamos al rio Grande, que corre por un valle desaprovechadísimo, si no es para víboras, tigres y osos; caluroso y sombrio respeto de la mucha montaña de una parte y otra, y los árboles infructíferos, silvestres, los más espinosos. Aquí no habitan sino las creaturas dichas, y no pocos mosquitos. Al tiempo de las aguas, es el rio muy grande; no se puede vadear, y al de la seca es necesario saber bien el vado. Por el riesgo de los que se ahogaban y por ser camino muy pasajero, el marqués de Cañete, de buena memoria, el viejo, mandó se hiciese una puente, y para ello se cortó mucha madera, juntóse mucha piedra, hízose gran cantidad de cahices de cal, sogas, maromas, acequia para desaguar el rio; todo se perdió, por respecto de un religioso, no de mi Orden, y así se quedó y se quedará por muchos años. La puente no puede ser más que de un ojo, y éste, segun lo afirmaba el artífice, habia de ser de más de sesenta pasos. Luego se siguen otros valles angostos, empero fértiles de maíz en las laderas, y en los altos de trigo, donde jamás entraron indios ni en ellos poblaron; era montaña cerrada, llena de los animales que habemos dicho. Los españoles, acabadas las guerras civiles, como no tenian en qué ocuparse, se metieron, desmontaron, araron y cavaron, hicieron sus chácaras, donde de Potosí les vienen á comprar las comidas; siémbrase aquí el maíz con ceniza; en haciendo el hoyo para echar los granos y echándose en él, luego otro indio anda con una taleguilla de ceniza derramándola á la redonda y dentro, por que las hormigas no coman el grano; llegando á la ceniza no pasan adelante, y nacido el maíz no llegan á la hoja. Así en este valle como en otros tres que hay de aquí á la ciudad de La Plata, las aguas son muy gruesas y salobres, y en todas hay las plagas referidas, con pedriscos á su tiempo; danse tambien en estos valles algunas viñas y fructas de las nuestras. A una parte dellos viven algunos indios llamados Moyos, barbarísimos en extremo, y holgazanes, más bárbaros que los de la laguna de Chucuito; éstos comen cuantas sabandijas hay; culebras, sapos, perros, aunque estén hediendo, y si pueden haber á las manos los potranquillos, no los perdonan, y como tengan un sapo para comer aquel dia, luego se tienden de barriga en el suelo. No creo se ha descubierto, ni hay en este Perú, gente más bárbara. Críanse en estos valles cedros altísimos, gruesísimos.
[CAPITULO XCVI]
DE LA CIUDAD DE LA PLATA
La ciudad de La Plata fué uno de los ricos pueblos del Perú, y los vecinos della fueron de los más aventajados de todo este reino; aquí fué vecino el general Hinojosa, el general Diego Centeno, el general Lorenzo de Aldana, D. Pedro de Portugal, Gómez de Solís, el general Pablo de Meneses, licenciado Polo y otros muchos capitanes y valerosos varones, de todos los cuales ya no hay memoria, si no es de cual ó cual; fueron todos á una mano riquísimos por las minas que tomaron en Potosí, las cuales entonces acudian á muchos marcos por quintal; su poblacion es en unas lomas llanas no mucho, pero como las requiere la tierra donde llueve. Es cabeza de obispado y muy rico. Agora cuatro años que estuve en ella, estaban los diezmos solamente del districto de la ciudad y algunos pueblos recien poblados de españoles hácia las montañas de los Chiriguanas, en 76.000 pesos ensayados, y el año pasado en 82.000 sin los diezmos de la ciudad de La Paz y provincia de Chucuito; los cuales todos juntos pasan de 100.000 pesos; tiene el señor Obispo, de su cuarta de la mesa episcopal, 25.000 pesos, sin lo que le viene de la cuarta funeral, que yo seguro no le falta mucho para 40.000 pesos, que no es mal bocado para un pobre clérigo ó fraile. Agora 28 años no llegaba la renta del obispo á 7.000 pesos, siéndolo nuestro religioso el Rmo. fray Domingo de Sancto Tomás, porque nunca tal cuarta pidió, ni las cosas se habian subido tanto; despues vinieron clérigos á ser obispos, deseados por los clérigos del obispado, los cuales, cuando vino la nueva y poderes para tomar la posesion por el Rmo. don Fernando Santillán, haciendo grandes regocijos de noche á caballo y con hachas y repiques de campanas, decian: capillas fuera, capillas fuera; empero, sucedióles como á las ranas; entablaron estos señores obispos la cuarta episcopal, y agora lloran las capillas pasadas y reniegan de sus deseos, y más viéndolos cumplidos.
Es cosa de admiracion ver lo presto que los prebendados hinchen las cajas de plata. La iglesia catedral es de bóveda y de una nave bien labrada; es rica de ornamentos, y bien servida en lo que toca á los oficios divinos, con mucha música. Sustenta seis monasterios: uno nuestro, otro de San Francisco, otro de San Augustin, otro de la Merced, otro de Teatinos y uno de monjas subjectas á los padres Augustinos; ninguno hay acabado; el nuestro estuviera en muy buen puesto si se hiciera en él una iglesia moderada, mas quisieron hacerla de tres naves, mayor que la nuestra de Los Reyes, y en hacer y deshacer han gastado priores poco discretos muchos millares de plata.
El monasterio de San Francisco es el que tiene más edificado; la iglesia es cómoda, de una nave, cubierta toda á dos aguas con madera de cedro. En entrando en ella huele muy bien. Los padres augustinos van edificando el convento; la iglesia dejan para la postre. Los materiales para cal son bonísimos, y la piedra para de mampuesto muy cerca del pueblo. Reside aquí Audiencia Real, necesarísima para los pleitos de Potosí, y más para la quietud de la tierra. No tiene rio; tiene un manantial á la parte del Sur, de donde se trujo una fuente á la plaza, bien labrada, y para algunas casas se les repartió agua. El temple es bueno, porque en todo el año no hace tanto frio que sea necesario llegarse al brasero, de donde se vino á decir que esta ciudad excedia á las demás deste reino en templo, temple, fuente y puente, y cascos, etc. La puente se hizo en un rio, legua y media de la ciudad, camino de Potosí, muy bien labraba, de un solo ojo. Está en altura de veinte grados; corren aquí casi todos los vientos; el más cuotidiano es el Oriente; cuando alcanza el Sur en junio y julio, á quien llamamos Tomahavi, se cubre la tierra de una niebla, pero dura pocos dias, cuando llega á ocho es lo sumo, y entonces es desabrido.