La Descripción cuenta por todo 204 párrafos—116 de la primera parte y 88 de la segunda,—breves capítulos encabezados por sendos epígrafes. Los que expresamente se refieren á nuestro país son los postreros del libro, del LXII al LXXII, en la segunda parte. Despues de la extensa noticia histórica sobre los virreyes y obispos, el visitador reanuda el itinerario interrumpido en la primera parte al llegar á Tarija y regiones inmediatas, para continuar la descripción con este epígrafe: «Del camino de Talina á Tucumán» (LXII), el cual penetra de la provincia de Chichas en nuestro país actual, y sale de él con este epígrafe: «Del camino de Mendoza á Santiago de Chile» (LXXII), con lo cual penetra en el reino trasandino, donde Fray Reginaldo de Lizárraga llegó á ocupar la sede episcopal de la imperialense. A pesar de ello, no dedica á Chile más que quince capítulos. Describe á Santiago, Osorno, Valdivia, Castro; da la cronología de sus obispos hasta él; de sus gobernadores hasta Alonso de Ribera; y concluye con un capítulo sobre «cualidades de los indios de Chile».
Alusiones contenidas en esta obra, permítenme inducir dónde escribió su libro el obispo de la Imperial. Don José Toribio Medina, historiador de la literatura colonial de Chile, afirma sin vacilación que la escribió en aquel país.
Yo creo, sin embargo, que la obra fué en su conjunto formada con notas de diversas épocas de la vida de Lizárraga, reunidas con el ánimo de imprimirlas en España. Dicha obra, según su edición reciente, fué dedicada al señor conde de Lemos y Andrada, Presidente del Consejo de Indias. Procuraré dilucidar ahora la prueba y el lugar en que los varios fragmentos de la obra pudieron ser escritos, aunque lo haré con todas las reservas del caso, dada la precaria información que se posee sobre Lizárraga y sus obras. Con iguales reservas aparece esta edición, y si me he decidido á darla, es por lo interesante de las noticias argentinas que contiene y por la frecuencia con que esta obra ha empezado á ser citada por nuestros historiadores.
Fray Reginaldo de Lizárraga realizó dos viajes á Chile: uno entre 1586 y 1591, como visitador de la órden; otro en 1602, para ocupar el obispado de la Imperial. En 1591, término de su primer viaje, regresó de Chile á Lima para desempeñar el cargo de maestro de novicios. Creo que fué despues de 1591, en el Perú, donde escribió la primera parte de su obra y algo de la segunda. Despues de 1603, en el suelo de Chile, habria escrito los quince capítulos que se refieren á aquel país, y que complementan la memoria ó descripción de sus viajes. Me fundo para ello en el capítulo LXXVI de la primera parte, donde dice:—«Yo confieso verdad que en dos años que vivo en este pueblo de Chongos» [9], etc.—Luego estos capítulos eran escritos en el Perú. Esto se ratifica en otros pasajes como el LXXVIII, donde al hablar de la ciudad de Guamanga, dice:—«Edificó aquí un vecino desta ciudad, llamado Sancho de Ure», etc.—La segunda parte de la obra, da la impresión de que cambia de asunto, al acometer la cronología de los gobernantes y virreyes, pero sin cambiar de lugar. Esa impresión persiste en todos los capítulos, incluso en los que tratan del Tucumán, cuyos lugares aparecen como aludidos ó recordados desde el Perú. No ocurre lo mismo en los capítulos finales, referentes á Chile, donde nos encontramos con expresiones como la siguiente:—«En este estado dejó la tierra Alonso de Ribera á Alonso García Ramón, que vino á este reino», etc. (LXXXVII). Asimismo al tratar de los prelados y religiosos de las órdenes:—«La primera religión que pasó á este reino (Chile) creo fué de Nuestra Señora de las Mercedes», etcétera (LXXXII).—Y no sólo el cambio de lugar se advierte en la yuxtaposición de dichos fragmentos, sino el cambio de la época en que uno y otro fueron escritos: aquéllos en el Perú, entre 1591 y 1602, antes de ser obispo de la Imperial; éstos, en Chile, entre 1603 y 1607, año en que fué trasladado de la Imperial á la Asunción, donde Lizárraga falleció[10]. Así al hablar del último obispo de la Imperial, don Agustin de Cisneros, «á quién sucedí yo—agrega—en este tiempo tan trabajoso», «...empero, falta lo principal, que es la virtud, y el pusible, por ser obispado paupérrimo, que apenas se puede sustentar, y no tengo casa donde vivir, que si en San Francisco no me diesen dos celdas donde vivir, en todo el pueblo no habria cómodo para ello, con todo esto, tengo más de lo que merezco, por que si lo merecido se me hubiese de dar, eran muchos azotes» (LXXXI).—Tales alusiones, de tiempo presente, prueban que los escribió siendo obispo, y en la Imperial; pero tal cosa ocurre sólo en los contados capítulos adicionales de tema chileno, probándose por todos los anteriores (más de 150 párrafos) que no solamente los escribió en el valle de Chongos, sino que lo hizo antes de ser obispo. De suerte que cuando Fray Reginaldo describe las ciudades de Santiago del Estero y Mendoza, ó pinta los paisajes de la llanura cuyona, se refiere á aquellos lugares tal como los viera en su primer viaje de 1589, cuando pasó para Chile como visitador de los conventos de su órden, y no como pudo verlos en 1602, si es que pasó por tierra argentina, cuando fué á tomar posesion de su obispado trasandino. El viaje que describe es tan penoso por lo largo de las jornadas en el desierto y lo precario del hospedaje en los tambos indios, que sólo pudo realizar aquel viaje terrestre por necesidad de visitar los conventos. Parece probable que el viaje episcopal, libre de ese deber, lo realizara por la costa del Pacífico. Creo haber esclarecido, con las propias palabras de Fray Reginaldo, la cuestión bibliográfica que el señor Medina plantea, sin resolver definitivamente.
III
Cuando Lizárraga vino á nuestro país, dicen cronistas como Menéndez, que practicó su viaje á pie desde Lima hasta el Tucumán, más ó menos. Habia salido del Perú con sus alforjas y su bastón de caminante por precario avío. Acompañábale un fraile de su convento; pero cansado del camino, éste, menos santo que aquél, tornóse á Lima donde mentó las privaciones y asperezas que iba sufriendo el visitador en su larga jornada. Estas condiciones del viaje han sido puestas en duda por Medina [11]; pero sabemos que otros prelados como San Francisco Solano, Alonso de Barzana ó Luis de Bolaños, los realizaban habitualmente. Cierto que los biógrafos ó cronistas de las órdenes emulaban en su afán hagiográfico ó en su ilusión milagrera, pero no debemos extrañarnos de que los evangelistas realizaran por necesidad ó voto de virtud, lo que tambien á veces realizaban los conquistadores militares. Lo cierto es que el relato de Lizárraga, sobre todo en la parte del camino que media entre Santiago del Estero y Córdoba, abunda en observaciones que parecen propias de un caminante á pie, pues habia llegado á familiarizarse con el secreto de las tierras que recorría. El paisaje no se le presenta sólo como un espectáculo visual, accesible á los ojos extraños del observador, sino como un recuerdo de cosas vividas en la intimidad de nuestros desiertos. A tal pertenece el siguiente pasaje en que muestra á los avestruces de la llanura argentina, visto al ir hacia Córdoba:
«En toda esta tierra y llanuras hay cantidad de avestruces; son pardos y grandes, á cuya causa no vuelan; pero á vuelapié, con una ala, corren ligerísimamente; con todo eso los cazan con galgos, porque con un espolón que tienen en el encuentro del ala, cuando van huyendo se hieren en el pecho y desangran. Cuando el galgo viene cerca, levantan el ala que llevan caida, y dejan caer la levantada; viran como carabela á la bolina á otro bordo, dejando al galgo burlado» (LXV).
Otro pequeño cuadro rústico de la llanura santiagueña, se lo inspira la vida de los pájaros y su casa ingeniosa, que tres siglos más tarde dictó una bella página á Sarmiento [12].
«Es providencia de Dios—dice Lizárraga—ver los nidos de los pájaros en los árboles: cuélganlos de una rama más ó menos gruesa, como es el pájaro mayor ó menor, y en contorno del nido engieren muchas espinas; no parecen sino erizos, y un agujero á una parte por donde el pájaro entra, ó á dormir ó á sus huevos, y esto con el instinto natural que les dió naturaleza para librarse á sí y á sus hijuelos de las culebras» (LXV).
Cierto pasaje de este mismo capítulo LXV, da á entender que una parte de la jornada la hubiera hecho á caballo, pues hablando de sus pantanos y tremedales, dice: «se sumen el caballo y caballero en el cieno». Otro pasaje del capítulo LXVI, da á entender que de Santiago á Córdoba y de Córdoba á Buenos Aires, se hacía ya la travesia en carretas:—«El camino, carretero; y así caminé yo desde Estero (sic) á esta cebadad, que son poco menos de 200 leguas, si no son más, y desde aquí se toma el camino á Buenos Aires, tambien en carretas, que son otras 200, pocas menos; toda la tierra llana, y en partes tan rasa, que no se halla un arbolillo». Por el mismo transporte, en convoy de doce carretas cuyanas, pasó de Córdoba á Mendoza, que ya era estación carretera del tráfico andino. Los ferrocarriles actuales han seguido las rutas de 1590.