Pasajes de tal género, pudiera yo citar numerosos. Otros hay en que caracteriza á nuestros indios ó á los gobernantes españoles que vinieron á reducirlos. De los juries [13] dice, por ejemplo: «Son haraganes y ladrones» (LXXI); y de los guarpes [14]:—«Son mal proporcionados, desvaídos» (LXXI). De don Francisco de Aguirre dice:—«Varon para guerra de indios, bravo», y del licenciado Lerma:—«En Tucumán, unos le alaban, otros le vituperan» (LXVII).—Muéstrase, como se ve, capaz de caracterizar los hombres con un rasgo lacónico. Asimismo, logra á las veces caracterizar un paisaje, haciéndolo visible por una comparación, como cuando retrata las salinas de la Puna, ya explotadas entonces por los indios Cochinocas y Casavindos:—«De lejos, con la reverberación del sol—dice—no parece sino río, y á los que no lo han visto nunca, espanta, pensando que han de pasar río tan ancho; llegados, admira ver tanta sal» (LXII).—Y cuando retrata la estructura de aquellas nacientes sociedades argentinas, elige rasgos que han subsistido. Por ejemplo, de Mendoza, fundada «á las vertientes de estas sierras nevadas» dice su libro:—«La cibdad es fresquísima, donde se dan todas las frutas nuestras, árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan á Tucumán ó de allá se lo vienen á comprar» [15]; es abundante de todo género de mantenimiento y carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es leña para la maderación de las casas» (LXXI).—Así van sucediéndose en el libro, anécdotas de cautivos, paisajes de la cordillera, asaltos de indios á las carretas, noticias sobre conventos y vecinos, hasta hacer de su libro un cuadro sugerente y muy completo de lo que fué el embrión de nuestro país en el siglo XVI, al terminar la primera conquista militar de los españoles. Así tambien el viaje de Concolorcorvo, realizado por aquellos mismos caminos que dos siglos antes recorriera Lizárraga, iba á ser el cuadro más completo de esa misma embrionaria sociedad argentina al concluir la colonización española, en las vísperas de la emancipación americana...

IV

No fué esta Descripción el único libro que escribió Reginaldo de Lizárraga. Menéndez, el cronista de los dominicos, le atribuye además de esa obra (que ese cronista conoció y aprovechó), estas otras sobre cuestiones religiosas: Los cinco libros del Pentateuco; Lugares de uno y otro Testamento que parecen encontrados; Lugares comunes de la Sagrada Escritura; Sermones del tiempo y Santos; Cartas y Comento á los Emblemas del Alciato. Hoy se dan por perdidos estos libros; pero yo no suelo abandonar jamás la esperanza de que vayan reapareciendo todos estos antiguos códices coloniales, á medida que las investigaciones paleográficas avanzan y se perfeccionan, mucho más si se tiene en cuenta que Lizárraga dejó preparados dichos papeles para su publicación, y que á los papeles de un religioso como él les han alcanzado menos las vicisitudes temporales de viajes y guerras, pues siempre tuvieron quien los guardara, ya en la órden en que fué provincial ó visitador, ya en las diócesis donde fué obispo. Pero aun perdido el texto, esos títulos bastan para revelarnos que Fray Reginaldo fué un hombre sabio en ciencias sagradas, que apasionaban en su tiempo; y acaso en letras clásicas, instrumento inherente á la cultura teológica [16]. Pero nada de todo ello se advierte en la Descripción que se ha salvado, sin duda porque á esta otra la caracteriza, por su género, un tono familiar, fluyente á la deriva de sus recuerdos espontáneos, tal que á la disertación abstracta y erudita, roban su sitio anécdotas expresivas, paisajes característicos, intencionadas etopeyas, mientras pasan por el espejo del recuerdo, tanto cosas, hombres y sitios como conoció en sus duras andanzas por las Indias.

El «estilo» de Lizárraga es casi siempre desaliñado, pero su observación es siempre aguda; su memoria, feliz; su sentimiento, plástico para su época. El temperamento belicoso de los conquistadores militares y el ascético temperamento de los conquistadores evangélicos, no dejaba mucho lugar á la contemplación sensual de las cosas mundanas, fuente de forma y de color en el arte. De ahí que estos libros de Indias no abunden en pasajes de verdadero valor literario. Cuando quieren describir, enumeran; cuando quieren narrar, enumeran tambien; y sus temas son siempre de utilidad para la acción perentoria ó para el arrobamiento extraterreno. En la Descripción de Lizárraga, yo he encontrado, sin embargo, pasajes que traducen su relativa delectación, como aquellas dos líneas, en las cuales, describiendo la ciudad de Arequipa, sus edificios, sus aguas, sus temblores, dice:—«Continuamente, la puesta del sol es muy apacible, por la diversidad de arreboles en los celajes, á la parte del Poniente» (LXVI). En el capítulo LV, diserta sobre las cualidades de «los criollos» («así les llamamos»), y entonces dice de las limeñas:—«De las mujeres nacidas en esta ciudad, como en las demás de todo el reino, Tucumán y Chile, no tengo que decir sino que hacen mucha ventaja á los varones; perdónenme por escribirlo, y no lo escribiera si no fuera notísimo». Ese juicio continúa siendo verdad; pero sorprende encontrarlo bajo la pluma de un cronista primitivo. Ni el sentimiento de la naturaleza ni el de la belleza femenina, asoman con frecuencia en la prosa colonial del primer siglo. En tal sentido, Lizárraga es una excepción en el Plata. Su libro es uno de los documentos más humanos de la primitiva literatura colonial, por su acento sincero, y por la profusión de noticias personales que enriquecen sus páginas. Entre tantas piezas cartularias, dogmáticas, protocolares, esta Descripción es un oasis de cosas vistas y sentidas, un espejo de vida verdadera. A los áridos testimonios de las «informaciones» y «probanzas», él les da forma: á los episodios oficiales de las «relaciones» y las «actas», él les da color de anécdota novelesca. Tal, por ejemplo, aquel pasaje en el cual habla del Cuzco y del convento de Santo Domingo en esta ciudad: «Nuestra casa es lo que antiguamente se llamaba, gobernando los Ingas, la Casa ó Templo del Sol»;—así dice Lizárraga.—Pinta despues cómo eran las murallas; cómo una fuente de piedra donde evaporaba el sol la chicha que bebia; cómo «una lámina de oro, en la cual estaba el sol esculpido» y que servía para tapar la chicha en la fuente litúrgica. Y á eso agrega su anécdota personal: «Cuando los españoles entraron en esta ciudad, le cupo en suerte (la lámina) á uno de los conquistadores que yo conocí, llamado Mansio Sierra, de nación vizcaíno y creo provinciano; gran jugador: jugó la lámina y perdióla: verificóse en él que jugó el Sol»... (LXXX).

Otra anécdota de carácter más novelesco que histórico, refiere, por ejemplo al hablar de los Andes del Cuzco; anécdota de color ciertamente salvaje:

«Estos Andes del Cuzco son fértiles destas víboras y de culebras que llaman bobas: éstas son muy grandes y muy gruesas; no hacen daño, si no es cuando, como dicen, andan en celos. Porque en aquellos Andes sucedió lo que diré: tres soldados volvíanse á sus casas de las chácaras de la Coca, á pie: no es tierra para caballos. El uno quedóse un poco atrás á cierta necesidad corporal; acabada, siguió su camino solo, pues los compañeros iban un poco adelante; prosiguiéndolo, ve atravesar una culebra destas que tienen de largo más de 16 pies y gruesas más que la pantorrilla de un hombre, silbando, y otra culebra en pos de ella, de la misma calidad; la postrera, viendo á nuestro soldado, cíñele todo el cuerpo, y la boca encaminaba á la garganta; el pobre, que se vió ceñido y la boca de la culebra cerca de su garganta, con ambas manos afierra de la garganta de la culebra con cuanta fuerza pudo, no dejándola llegar á su garganta; la culebra, sintiéndose apretada de las manos del soldado, apretábale con lo restante de su cuerpo fortísimamente, de suerte que le hizo reventar sangre por la boca, ojos, narices y orejas; el pobre, viéndose de aquella suerte, gemia; no podía gritar, sino bramar. Los compañeros, pareciéndoles que tardaba, pararon un poco, oyeron los bramidos; vuelven corriendo en busca de su compañero; halláronle de la suerte que lo hemos pintado. Uno sacó una daga que traía en la cinta y metiéndola entre el sayo y la culebra la cortó; luego aflojó la culebra hecha dos partes, y acabáronla de matar. El soldado quedó como muerto; lleváronle y albergáronle; volviósele la color del rostro y cuerpo amarilla como cera; vínose al Cuzco, y dentro de tres meses murió. Oí esto á hombres que le conocieron» (LXXXI).

Combates singulares de hombres con víboras gigantescas debian ser frecuentes en la conquista. Las crónicas nos refieren de algunos. En este mundo virgen, semejante confrontación de una terrible fauna nueva y de la cenceña imaginación de los soldados, exaltada por la reciente caballería, tales animales se les antojaban dragones algunas veces. Ulrich Schmidel en su «Viaje» y Barco Centenera en su «poema», nos han dejado el recuerdo de combates análogos con las temibles serpientes y yacarés del Paraná [17]. Pero esta descripción de Lizárraga es más realista, más animada y plástica que todas las otras. Esta podria pintarse. Por eso, aunque incorrecta, la trascribo, como muestra de su estilo y de sus facultades de descriptor y narrador, primitivas por cierto, pero apreciables en su tiempo, cuando los cronistas coetáneos carecían de ellas. Lizárraga mira con simpatía la naturaleza y los hombres, los campos y las ciudades, los gestos y las palabras, los españoles y los indios, los brillantes acontecimientos gubernamentales y las humildes anécdotas dramáticas, los virreyes y los obispos, los árboles y los animales. De ahí el interés humano de toda su obra, de ahí la prueba de su sensibilidad literaria, siquiera incipiente. Y no sólo se la cultivó á sí propio, sino que hubiera querido difundir la cultura entre los demás. Cuando estuvo en Guamanga, quiso fundar allí Universidad. Encontraba en ésta mejor clima que en la Ciudad de los Reyes, y no la alcanzaba el peligro de los temblores. «No sé yo—nos dice—si en lo descubierto se hallará mejor temple ni más sano para fundar una universidad, porque ni el calor ni el frio impiden todo el año que no se pueda estudiar á todas horas. Yo tuve casi concertado con un hijo de un vecino, hombre principal, fundase con su hacienda en nuestra casa, un colegio con que ennobleciese su ciudad. Sacóme la obediencia para este asiento (Chongos) y quedóse. Fuera obra heróica y de gran provecho para todo el reino; la ciudad se aumentara, y de todo el reino vendrian á oir Teología, porque los nacidos en la Sierra corren mucho riesgo de su salud en Los Reyes» (LXXVIII). Tal superioridad espiritual trasciende, desde luego, en esta Descripción, que no sólo nos dan el hilo de su vida, sino la visión de los pueblos que recorrió, haciendo de ella una valiosa fuente de pequeñas noticias locales, que empieza á ser explotada ya por nuestros historiadores. Datos no siempre guardados por documentos oficiales, los conocemos por ella; tales como la clase de vecinos que habitaban los pueblos, la índole de los indígenas comarcanos, la manera como estaban construídas las casas de los encomenderos y magistrados, los alimentos de que se proveían, la forma en que se realizaba el comercio, la dificultad de los viajes, los precios de las cosas, las pasiones de los hombres, el ambiente precario de los conventos, la epopeya instintiva de los indios, todo cuanto constituye, en fin, la vida argentina del siglo XVI, la primitiva conciencia del drama histórico en el vasto escenario virgen donde comenzaba entonces á fundarse nuestra civilización. He ahí por qué me ha parecido tambien que este libro tenia derecho á figurar en una Biblioteca Argentina, como otros de su índole, que más adelante publicaré.

Ricardo Rojas

DESCRIPCIÓN BREVE

DE TODA LA TIERRA DEL