No se puede creer, por la liberalidad que mostró en estos reinos en todas sus cosas, siendo, como es así, verdadero refran que los que pasan la mar mudan los aires y no los ánimos; que es decir: múdanse de un reino á otro, de una region á otra, pero no mudan sus inclinaciones naturales. En esta ciudad se detuvo casi un mes, en el cual tiempo muchas veces enviaba á visitar á don Pedro de Cabrera, el cual, como dijimos, llegado á ella enfermó, y don Pedro deseaba mucho la salud, por besar las manos al Marqués, pensando habia de destruir á todos los Oidores, segun tenia contra ellos cosas verdaderas ó fingidas, y fingidas debian ser, porque los Oidores de aquella sazon eran varones muy libres y enteros de lo que á algunos suelen infamar. Ya que estuvo con salud, envió pedir licencia al Marqués para le besar las manos.

Envíale á su capitan de la guardia con cuatro alabarderos y una mula para que lo lleve al puerto y lo embarque en el navio donde estaba embarcado don Francisco de Mendoza, y de allí lo lleven á Tierra Firme, y dende á España, como se hizo. Fué justísimo embarcarle, con que admiró á muchos y sosegó á otros.

Cuando llegó á esta ciudad, la justicia tenia preso á un vecino della, llamado Lizcano, por sospecha que habia hecho un libelo infamatorio, contra el cual hobo algunos indicios, los cuales si se le probaran corriera riesgo de la vida, como lo merecen semejantes malos hombres y peores cristianos; no se le probó. El Marqués muy buenos, sí los mostraba, de le mandar justiciar; mandólo desterrar á España, y embarcáronle en el mismo navio.

Hiciéronse muchas fiestas de toros y cañas, y el Marqués, como aficionado á caballos y ejercicio dellos, los domingos y fiestas salia á caballo y hallábase en la carrera; hízosele allí un picon gracioso.

En la ciudad vivia Salvador Vazquez, muy buen hombre de á caballo de ambas sillas, pero de la jineta mejor; tenia bonísimos caballos hechos de su mano; un dia en la carrera tractó con el general Pablo de Meneses, y comendador mayor Verdugo, de hacer el picon, y puesto en ella parte con su caballo, y ya se le caía la capa, ya la gorra, ya estaba en las ancas del caballo, ya en el pescuezo; finalmente, paró, y fínjese muy enojado, y vuelve á pasar delante del Marqués. Cuando emparejó díjole el Marqués: bueno está, señor, no os pongais en más riesgo; la culpa fué del caballo; no paseis adelante, por mi vida. Salvador Vazquez, responde: suplico á Vuestra Excelencia sea servido darme licencia para pasar otra vez la carrera, porque estoy corrido y afrentado que este caballo delante de Vuestra Excelencia haya hecho tantos desdenes y á mí caer en una falta semejante.

Los que sabian el caso suplicaron al Marqués lo dejase volver á pasar la carrera; consintiólo, y puesto en ella, parte Salvador Vazquez con su caballo como un gamo, y antes de parar el caballo hecha mano á la capa y espada, y desnuda, jugó della muy bien, y tornó á ponerla en la vaina y su capa en su lugar. El buen Marqués recibió mucho gusto y dijo riéndose: Bueno ha estado el picon; yo me he holgado de ver la segunda carrera, porque delante del príncipe nuestro señor se pudiera hacer.

[CAPITULO XI]
PARTE EL MARQUÉS DE TRUJILLO

Partió desta ciudad de Trujillo para la de Los Reyes en un machuelo bayo que trujo desde Tierra Firme, en el cual, llegando al rio de Sancta, en todo tiempo grande y pedregoso, lo pasó á vado por más que le suplicaron tomase un caballo, y en el mismo vadeó el de la Barranca, que es el más raudo, mayor y de más piedras de todos los Llanos.

Al valle de Guarmey, que es la mitad del camino, le salió á besar las manos don Pedro Portocarrero, vecino del Cuzco, maese de campo en la guerra contra Francisco Hernandez, el cual fué haciendo la costa al Marqués con mucha abundancia, trayendo lo necesario en sus camellos y mulas, hasta la ciudad de Los Reyes, y abajando á la sierra de la Arena, seis leguas de Los Reyes, en un arenal hizo banquete general á yentes y vinientes, y otro aparte para el Marqués, con bastante agua fria para todos, que es el mayor regalo, porque allí ni callente la hay; ramadas hechas, debajo de las cuales se pusieron las mesas; llegando á tambo Blanco, que es en el valle de Chancay, nueve leguas de Los Reyes, le salieron á besar las manos los criados que habian sido del Visorrey don Antonio de Mendoza, su mayordomo mayor, Gil Ramirez Dávalos, y el secretario, Juan Muñoz Rico, y otros, y algunos vecinos de Los Reyes. Conociendo el Marqués la suficiencia de Juan Muñoz Rico, le mandó sirviese en el mismo oficio que habia servido al Visorrey don Antonio de Mendoza. Podia servir en aquel oficio al gran monarca Carlos Quinto, lo cual Juan Muñoz Rico hizo en el tiempo que vivió con toda la fidelidad que el oficio requiere; empero no vivió tres años y murió súbitamente. Llegando á media legua de la ciudad, ó poco menos, á una chácara ó viña de Hernando Montegro, vecino della, de los antiguos conquistadores, adonde le tenia aderezada la casa como se requeria, aquí se detuvo hasta el dia de San Pedro, que debieron ser dos dias, mientras la ciudad acababa lo necesario á su recebimiento. Antes de llegar á esta viña, los vecinos viejos le hicieron una escaramuza á la jineta en un bosquecillo que habia antes de llegar á la viña; holgó mucho el Marqués de verla y dijo: Así, ¿esto hay por acá? ¿esto hay por acá? galanísimamente han escaramuzado; casi parecia de veras. Luego se hizo un combate de un castillo por infanteria, los infantes muy bien derezados, la cual acabada entró en la viña y estuvo el tiempo que habemos dicho.

[CAPITULO XII]
ENTRA EL MARQUÉS EN LOS REYES