Dia de San Pedro partió desta viña despues de comer, y llegando á la ciudad fué recibido de la Audiencia y de toda ella debajo de palio, en un bonísimo caballo muy ricamente aderezado, los regidores llevando las varas, y dos de los más antiguos el caballo de diestro, con sus ropas rozagantes de terciopelo carmesí, gorras de lo mismo bien aderezadas y cadenas riquísimas de oro, con gran alegría de todo el pueblo, como aquel que se esperaba ser padre de la patria, como lo fué; delante del cual marchaba un escuadron de infanteria, el que hizo la escaramuza, con diferentes vestidos; desta suerte llegó á la iglesia mayor, donde el Dean y Cabildo della con toda la clerecia le recibió con la cruz alta, cantando: Te Deum, laudamus, y hecha oracion y la ceremonia acostumbrada, dió la vuelta para las casas llamadas de Antonio de Ribera, á una esquina de la plaza, las más cómodas para le aposentar, porque no están de las casas Reales más que una calle en medio, y á ellas se pasa por un pasadizo de madera, donde fué aposentado. Dende á pocos meses llegaron los procuradores de las ciudades, los más principales vecinos dellas, con mucho aparato de gasto de casa y criados, y luego tractó de reformar el reino. Envió por corregidor del Cuzco al licenciado Muñoz, que trujo consigo de España, hombre docto en su facultad, el cual cortó las cabezas á los capitanes Tomás Vazquez y á Piedrahita, y á otros vecinos, porque fueron los principales en la tirania de Francisco Hernandez Giron. Esto hizo por órden del Marqués, y el Marqués por órden del Emperador Carlos Quinto, de gloriosa memoria, que le mandó que á los que hobiesen sido cabezas, despachase.
Estos vecinos y capitanes siempre anduvieron con Francisco Hernandez hasta que fué desbaratado en Pucara, como dijimos; pero viéndose perdidos y sin cabeza, se vinieron al campo de Su Majestad, y los Oidores les perdonaron, volvieron sus indios y haciendas, y los hijos las tienen hoy dia por los padres, mas ellos se quedaron justiciados; si justamente, otros lo juzguen.
En este tiempo tambien mandó ahorcar á Pavia, por traidor, que habia sido criado del Visorrey don Antonio de Mendoza, el cual fiando en esto, ó en no sé qué, se andaba paseando por la ciudad, y con avisar el Marqués á los criados de don Antonio le dijesen se le quitase delante los ojos, avisado no lo quiso hacer, antes un dia principal pasó la carrera delante del Marqués, el cual enfadado de tanto desacato le mandó prender y justiciar, y porque entendió habia de ser muy importunado le otorgase la vida, el dia que le ahorcaron se salió de la ciudad muy de mañana; debia la muerte bien debida, porque no se redujo al servicio de Su Majestad hasta ver desbaratado de todo punto en Pucara á Francisco Hernandez; he dicho esto porque algunos tuvieron por riguroso al Marqués por la muerte de Pavia.
[CAPITULO XIII]
El MARQUÉS HIZO PERDON GENERAL
Dia de Sant Andrés adelante se celebraron fiestas en la ciudad, con una sortija y muy costosas libreas; los más principales del reino corrieron; hallóse presente el Marqués, y dió perdon general á los culpables en la tirania de Francisco Hernandez, si no fueron aquellos cuyas causas estaban pendientes y presos, entre los cuales en la cárcel de Corte habia algunos, no llegaban á veinte; á éstos, porque el Marqués era humanísimo y nada amigo de derramar sangre, los condenó á que aherrojados con grillos trabajasen en la labor de la puente que mandó hacer en el rio desta ciudad, como arriba tractamos; mas trabajaron pocos meses, algunos de los cuales, teniendo amigos conocidos ó conterráneos mercaderes, se encomendaron que les pidiesen limosna y comprasen negros, y por ellos los diesen al Marqués; hiciéronlo así los mercaderes (era mucha lástima ver aquellos miserables cargar ladrillo y mescla, aherrojados); fuéronse al Marqués y dícenle: Señor, vuestra excelencia tiene condenado, y justísamente, á fulano á que trabaje en la puente, como trabaja; vuestra excelencia sea servido recibir un esclavo negro que traemos[8] por él, y desterrarlo ó hacer lo que vuestra excelencia fuere servido; el negro ofrecemos á vuestra excelencia para que perpétuamente sirva como lo es, y despues de acabada la puente aplíquelo vuestra excelencia á quien fuere servido. El Marqués holgó extrañamente con la merced que se le pedia, y alabóles el hecho, porque ya sus entrañas no sufrian ver españoles en estos reinos trabajar aherrojados como esclavos en la puente con indios y negros; concedió lo pedido, y uno desta manera libre, los demás así se libertaron, á los cuales desterró del reino, y embarcó, unos para México, otros para el reino de Tierra Firme; fuéronse y no volvieron más. Los negros creo se aplicaron para la ciudad. Despues desto, porque el capitan Martin de Robles, suegro del general Pablo de Meneses, se descomidió (segun dicen) á decir que el Virrey venia mal criado y era necesario bajar á Los Reyes á ponerle crianza, mandó por una carta al licenciado Altamirano, Oidor de la Audiencia, á quien habia hecho corregidor de la ciudad de La Plata y Potosí (entonces este corregimiento, como agora, era uno) que hiciese justicia dél. Prendiólo y ahorcólo; que fuese justamente justiciado ó no, no es de mio juzgarlo; á lo menos, las palabras fueron demasiadamente descomedidas (no digamos desvergonzadas), porque sabian á rebelion, y por ellas y por otras que se escribian al Marqués, libérrimas, mandó lo referido. Era el capitan Martin de Robles (no le conocí) hombre que se picaba de gracioso y decidor y no perdonaba por un buen dicho (así lo llamaba el vulgo necio, siendo mal dicho y pernicioso) ni á su mujer ni á otro, y por eso, por donde pecó pagó. Era fama en Los Reyes que el Marqués, enfadado desto, decia al general Pablo de Meneses, yerno de Martin de Robles: escribid á vuestro suegro venga á esta ciudad; pero que el general Pablo de Meneses le escribiese, ó no, no lo sé; á lo menos del ánimo generosísimo del Marqués se collige que si bajara, no muriera como murió. Fué su muerte en Potosí, donde á la sazon estaba.
[CAPITULO XIV]
CÓMO PROVEYÓ POR GOBERNADOR DE CHILE Á SU HIJO DON GARCIA DE MENDOZA
Hecho esto, luego determinó remediar el reino de Chile, porque demás de la guerra con los indios araucanos, que se habian rebelado y muerto al gobernador don Pedro de Valdivia, entre dos capitanes, Francisco de Aguirre y Francisco de Villagrán, habia disensiones sobre el gobierno, cada uno pretendiéndolo para sí: por lo cual nombró por capitan general á su hijo don García de Mendoza que consigo trujo, de 23 á 24 años, de grandes esperanzas, como las ha cumplido, y diremos cuando de su gobierno en estos reinos tractaremos; con quien fueron muchos y muy buenos soldados, viejos y bisoños, y caballeros principales desta tierra, con los cuales y con el favor de Nuestro Señor en breve redujo al servicio de la corona Real los indios rebelados; repartiólos y dejó el reino tan llano como este del Perú, y porque esta historia en la Araucana de don Alonso de Ercilla se puede ver, desto no más.
Compuesto el reino y gozando de mucha paz, tractó de hacer mercedes á los beneméritos, así capitanes como soldados principales, que en la tirania de Francisco Hernandez habian servido á Su Majestad gastando lo poco que tenian y de sus amigos, como fueron los capitanes Diego Lopez de Zúñiga, Rodrigo Niño (de quien dijimos), Juan Maldonado de Buendia, y otros bravos y famosos soldados, á los cuales llamándoles y haciéndoles su razonamiento, con esperanzas de les acrecentar las mercedes, les daba á uno 7.000 pesos ensayados por dos vidas, á otros cinco, á otros cuatro, á los soldados, á dos mil pesos, porque la tierra no sufria más por entonces, no habia repartimientos vacios: empero ellos, no usando de la cordura que se requeria, no quisieron recebir la merced que se les hacia, y dijeron les diese de comer conforme á sus méritos, y si en breve relacion se ha de tractar verdad, y en larga, otros méritos no tenian más de haber servido de capitanes, porque hacienda no tenian mucha; pues experiencia de guerra, no creo ninguno dellos habria servido en Italia, y por eso dijo Martin de Robles: Malograda de la madre que este año no tuviese hijo capitan; y en esta guerra contra Francisco Hernandez, ninguno derramó gota de sangre, porque con él nunca llegaron á las manos, y cuando Francisco Hernandez se desbarató y perdió, como referimos, no hobo quien contra los traidores echase mano á la espada; de suerte que muy bien pagados eran los unos y los otros, y yo sé que se arrepintieron más de seiscientas veces por no haber admitido las mercedes que en nombre de Su Majestad el buen Marqués les hacia.
El cual, oyendo la respuesta, no tan prudente ni humilde como era justo, les respondió: en hora buena, yo os daré muy bien de comer; los cuales despedidos, luego llamó á su mayordomo Diego de Montoya y dícele: Mañana han de comer conmigo los capitanes; aderécese bien de comer: hízose así, convidólos á comer; comieron espléndidamente; empero túvoles aparejadas mulas y su guardia, con el capitan de ella, y embarcólos á España, diciéndoles que Su Majestad les daria de comer allá, porque tenia mucha necesidad dellos para la guerra de San Quintín, donde el rey nuestro señor, entonces príncipe, estaba ocupado; dióles cartas de recomendacion, alabándoles de valientes, y suplicando les gratificase conforme á sus servicios; dióles alguna plata para el camino, á unos más, á otros menos: naipes y cintas para que jugasen en la mar, y encomendó los llevase á España el capitan Gomez Zeron, el cual, en la mar, antes de llegar á Tierra Firme, ahorcó á uno de los soldados embarcados, llamado fulano Chacon, bravato y de muy buena presumpcion, porque le quiso matar, y si le acertara de lleno, acabárale. Destos capitanes y soldados ninguno volvió á casa, si no fué el capitan Diego Lopez de Zúñiga, y el capitan Juan Maldonado de Buendia; el primero murió pobre y ningun Visorrey le hizo merced, ni pudo cumplir las cédulas de Su Majestad en que mandaba se les hiciese, por no haber vacos indios; el otro volvió casado y pobre, é yo le vi en Los Reyes, y toda la ciudad, padecer gran necesidad; agora vive en el Cuzco, creo con 3.000 pesos de situacion; los cuales si recibieran la merced que el Marqués les hacia agora cuarenta años, hobieran della gozado todo este tiempo y murieran ricos; empero la imprudencia no puede ser causa de sosiego.