Embarcados estos no muy prudentes capitanes y soldados, no con poco asombro de la ciudad, para enfrenar y sosegar la soberbia de los soldados de la necia valentona, y para gratificar á otros más cuerdos, y visto lo que pasaba, se humillaban, instituyó cien gentiles hombres, que llamó lanzas, con 1.000 pesos ensayados cada año, con su capitan general y alferez. Por capitan nombró á don Pedro de Córdoba, caballero muy principal y discreto, del hábito de Santiago, deudo suyo, que con el Marqués vino de España, con 5.000 pesos ensayados; alferez fué nombrado Muñoz Dávila, vecino de Los Reyes, de poca renta, con 3.000 pesos, encomendero de Guarmei; estos pesos se pagaban por sus tercios de cuatro en cuatro meses infaliblemente; los lanzas eran obligados á tener caballo y armas y cuartago, coracinas ó cotas, y lanzas y adargas. Dos dias antes de la paga salian á la plaza en reseña con sus dobladuras, ellos en sus caballos, los criados en sus cuartagos. Poníase el Marqués en los corredores de las casas de la Audiencia y pasaban delante dél la carrera, y al tercero dia les pagaban el tercio de los 1.000 pesos, que son 333 pesos, 2 tomines y 8 granos. Con esta paga vivian de dos en dos; tenian sus casas muy concertadas, sus caballos muy gordos, ellos bien vestidos y contentos. Los arcabuces gentiles hombres fueron cincuenta con 500 pesos de acostamiento; éstos habian de tener sus cotas, arcabuces y mulas; nombró por sus capitanes á Domingo de Destra y á Juan de Ribera, vizcainos, bonísimos soldados; éstos salian el mismo dia que los lanzas á su reseña en sus mulas y arcabuces; pagábaseles su tercio de la plata el mismo dia que á los lanzas. Dicia el prudentísimo Marqués que los instituia para que anduviesen, fuesen y viniesen con el Visorrey, y cuando se tractase alguna cosa contra el servicio de Su Majestad, los lanzas y arcabuces se hallasen á pique para hacer lo que se les mandase.
Era mucho gusto ver las barras que atravesaban de las casas Reales por medio de la plaza para las casas de los mercaderes, que á este crédito daban á los unos y á los otros sus haciendas. Esta paga perseveró todo el tiempo que vivió el Marqués, y despues algunos años; mas agora no se pagan con tanta solemnidad, ni tan bien, y un Virrey les quita un pedazo, otro, otro. Para esta paga señaló ciertos repartimientos que halló vacos, y otros que vacaron, de donde bastantemente se pagaba dia á dia; á sus tres capellanes tambien señaló á 1.000 pesos ensayados, y se les pagaba en el mismo dia que á los lanzas, y es cierto que si los lanzas fueran pagados y arcabuces, y de hambre los unos no se hobieran comido las armas y lanzas y los otros los arcabuces, cuando el cosario capitan Francisco inglés, entró en el Callao, no se saliera riendo ni robara lo que robó. Pero ni los gentiles hombres lanzas las tenian, ni los arcabuces, escopetas, ni polvo de pólvora; no les pagaban, habíanselos comido, y por eso el enemigo se fué riendo con tanta riqueza, y no menor infamia de los leones del Perú. Nombró otro capitan de artilleria al capitan Ximeno de Berrio, hombre en quien cabia muy bien el cargo. Esta artilleria se guardaba en palacio con bastante copia de municiones, para cuando fuesen necesarias; desta suerte enfrenó los ánimos indómitos y necios deste reino, que les parecia para cada uno el Perú era poco.
[CAPITULO XVI]
EL MARQUÉS QUISO PRENDER AL DOCTOR SARABIA, OIDOR
Gobernando, pues, el valeroso Marqués con la prudencia suya el Reino, no sé qué cizaña se comenzó á sembrar entre él y el doctor Sarabia, Oidor más antiguo de la Audiencia; por lo cual el Marqués, enfadado, y con razon, determinó prenderle y ponerle en la fortaleza que hizo reparar de Cañete, donde tenia por castellano al capitan Hierónimo Zurbano, hombre principal. Esta fortaleza no es tan perfecta y acabada como las de nuestra España. El Inga á su modo la hizo; reparóse, hiciéronse en ella algunos aposentos donde el castellano viviese, y donde si algun hombre principal se hobiese de prender y no estuviese seguro en la ciudad, le llevasen á aquella fortaleza, pero ya ni hay castellano, aunque la fortaleza así persevera. Una noche envió á don Pedro de Córdoba, general de las lanzas, á llamarle; el doctor Sarabia entendió la balada; acababa de cenar; dijo: en hora buena, luego salgo; mientras, me visto; levantóse de la mesa, donde estaba con una ropa de levantar; entróse en su cámara, y por una ventana, no era alta, descolgóse á la huerta, y de allí por la puerta falsa que sale al rio, dió consigo en nuestro convento, donde le pusieron en casa de novicios. Don Pedro, viendo se tardaba, entró en el aposento; no le hallando, y hallándose burlado, se volvió al Marqués, el cual viendo que no se lo trujo, luego de mañana despachó á Chancay á nuestro provincial, que á la sazon era fray Gaspar de Caravajal, que allí estaba en una hacienda del convento visitándola, dándole relacion de lo pasado; que luego se partiese y viniese á tractar de las amistades, sin que se entendiese que por su parte se comenzaba primero. Nuestro provincial vino luego y tractó de la confederacion; salió el doctor Sarabia de nuestro convento, fuese á su casa y de allí á la Audiencia, sin que más sobre este particular se tractase.
El vulgo decia que el Marqués, si le viera de sus ojos aquella noche, le diera garrote en palacio; es falso. Lo que pretendió no era sino enviarlo á la fortaleza de Cañete, y para esto tenia aparejadas acémilas con repuesto, hasta cocinero, uno de dos que tenia, y para el aposento tapiceria y servicio de plata. Sobre qué se armase este nublado, no sé; unos dicen que tractaba mal el doctor Sarabia del gobierno del Marqués, y sobre ello, con otros personajes graves, habian escripto á Su Majestad, y aun otros añaden le imputaban se queria alzar con el Reino: esto, porque seria temeridad afirmarlo, no haré tal; pero colígese por lo que el magnánimo Marqués dijo en los corredores de la Audiencia á los mismos Oidores y otros caballeros que allí estaban, que fueron estas palabras: Bueno seria, por cierto, que perdiese yo un estado que vale millon é medio por ser capitan de bellacos. Sea lo que fuere, yo me meteria en un fuego por la inocencia del Marqués en este particular.
[CAPITULO XVII]
DE LAS ENTRADAS QUE EN SU TIEMPO SE HICIERON
Hay en este reino grandes noticias de entradas y nuevos descubrimientos; los más son sobre mano izquierda, al Oriente. El generosísimo Marqués, para descargar el reino de gente ociosa, pidiéndole el capitan Gomez Arias una entrada á las espaldas de Huánuco, donde era vecino, se la dió con las instructiones cristianas necesarias; esta entrada se llama de Rupa Rupa; salió de Huánuco en prosecucion de su jornada con doscientos hombres, pocos más ó menos, pero dando en unas montañas asperísimas, calurosísimas y despobladas, no se atreviendo á pasar más adelante, que fuera locura, se volvió sin hacer otro efecto más que gastar mucha hacienda; murieran todos de hambre si la prosiguiera.
Dió tambien descubrimiento adelante los Bracamoros al capitan Antonio de Hoznayo; fueron con él algunos lanzas, por mandado del Marqués, y casi 150 soldados; tambien se volvieron temprano, porque no hallaron sino lo mesmo que el capitan Gomez Arias; perdiéranse si pasaran adelante.