Vino despues desto el capitan Pedro de Orsúa de Tierra Firme, á quien habia encomendado la pacificacion de los negros cimarrones, que llaman la pacificacion de Ballano; despues de pacificados, aunque se tornaron á rebelar, llegó á la ciudad de Los Reyes; era de buen cuerpo y conforme á él gentil hombre; de nacion guipuzcuano[9], si no era navarro; muy bien criado, afable, y parecia en viéndole ser hombre noble; llevábase los ánimos de los hombres tras sí; realmente tenia muchas y muy buenas partes, á quien el Marqués, para acabar de limpiar la tierra, dió el descubrimiento y entrada del rio Marañon, para lo cual le ayudó con plata y municiones bastantes, y en la ciudad de Los Reyes se le junto mucha gente, y de otras ciudades bajaron soldados para irse con él, como se fueron. Esta entrada se habia de hacer por la ciudad de Chachapoyas, el Rio Grande abajo, y como por rio habian de ir, dióle el Marqués todo lo necesario para hacer bergantines. Túvose por cosa cierta que los que allá fuesen habian de hallar montes de oro, porque como no hay casamiento pobre ni mortuorio rico, así no hay descubrimiento pobre. A esta fama bajó del Cuzco, y aun de más arriba, un viscaino llamado Lope de Aguirre, de mediana estatura, no muy bien tallado, cojo, gran hablador y jurador, si no queremos decir renegador, con una hija suya mestiza, no de mal parecer; vi á este Lope de Aguirre muchas veces siendo yo seglar, sentado en una tienda de un sastre vizcaino, que en comenzando á hablar hundia toda la calle á voces. Llegóse tambien á Pedro de Ursúa un caballero, creo de Xerez, llamado don Fernando de tal, pequeño de cuerpo, de buen rostro, la barba un poco roja, y despues allá en Chachapoyas, ó cerca, otro soldado casado en Los Reyes, llamado Juan Alonso de la Valentona, bien dispuesto el rostro, nariz aguileña, de buen color, que por cierta pendencia no le convenia quedar en la tierra. Nombro á estos tres por lo que adelante sucedió; y aunque tracté al don Fernando, más á este Juan Alonso. En Los Reyes habia un clérigo llamado Henao, de edad al parecer de 50 años, y para su estado tenia con suficiencia lo que habia menester; dió su hacienda á Pedro de Ursúa, como otros se la daban, y fuese con el despacho Pedro de Ursúa de Los Reyes, con los que se le junctaron (no hobo atambor ni bandera) y todos, unos en pos de otros tomaban su camino para Chachapoyas, cuales por la Sierra, cuales por los Llanos. Pedro de Ursúa tomó el suyo por Trujillo, donde estaba viuda aquella señora con quien don Francisco de Mendoza, siendo casada, tuvo ciertos dares y tomares; concertáronse los dos fácilmente (dicen era muy hermosa mujer) y llevósela consigo, que no debiera, por ser la causa de su perdicion. Llegó Pedro de Ursúa á Chachapoyas, donde junctó 400 hombres, ó poco menos, bien aderezados de armas. Los que nombró por capitanes creo fueron á don Fernando y á Lope de Aguirre, y creo al Lope de Aguirre hizo maese de campo; con esta gente y lo necesario para hacer los bergantines caminó en demanda del Rio Grande, que se hace de todas las vertientes de la cordillera de Pariacaca y de Villcanota, de donde dijimos una laguna vertia á una y otra mar; componen este rio el de Jauja, Villcas, Amancay, Apurimac y el de Quiquixana, que es el que comienza de la laguna de Villcanota con los demás que con éstos se junctan. Llegado á él (hasta entonces ni poblazones de indios, ni tierra donde pudiesen parar hallaron) hacen sus barcas y bergantines, y échanse el rio abajo, mientras más abajo mayor, y la vuelta arriba imposible; finalmente, á lo que me refirieron soldados conocidos antes, que con él fueron, y despues volvieron acá, andadas á su cuenta más de 200 leguas el rio abajo, sobre mano derecha dieron en una barranca grande, encima de la cual habia gran cantidad de indios con sus arcos y flechas bien dispuestos, que les prohibian salir á tierra, y en canoas les daban en qué entender; pero, finalmente, los arcabuces y versetes los aojearon; saltaron en tierra, toda llana y rasa; la de la mano izquierda, montosa é cenagosa, inhabitable, y el rio ya de más de tres leguas de ancho, aunque llano. Saltando en tierra hallaron un camino anchísimo y más trillado, que venia á dar al rio; no vieron poblazones; siguieron algunos soldados con su capitan el camino; empero como le iban siguiendo se iba ensangostando, y sendillas á una y otra parte. Estos indios deben vivir sin república ni señor, cada uno en su casa por sí, y de sus casas venian al rio á tomar agua, y á pescar por sus sendillas, hasta que cerca del rio hacian, juntándose las sendillas, aquel camino ancho. El capitan con los soldados volviéronse sin traer más relacion que la dicha.

Parten de allí, y por la barranca otro dia parecen tambien muchos indios, no tantos como el primer dia, diciendo: ¡Omagua, Omagua! muchas veces. El capitan y los demás ¿qué pensaron? que el descubrimiento que buscaban se llamaba Omagua, donde los arroyos manaban oro, y no les querian decir sino: abajo, abajo, como si les dijeran: no pareis aquí, pasa adelante. El desdichado Pedro de Ursúa, habiendo de parar donde los indios le salieron á defender salir á tierra, y enviar á descubrirla, sus pecados que le cegaron, siguió el rio abajo, más de otras 200 leguas de aquí, donde no vian indio en la costa ni barranca, y la vuelta al Perú más imposible. Los soldados ya murmuraban del capitan, y principalmente por la mujer que llevaba, de suerte que los tres, don Fernando, Lope de Aguirre, Juan Alonso, se concertaron de matar á su capitan Pedro de Ursúa y á la pobre mujer, y como lo concertaron así lo hicieron; llegan todos tres, no creyendo Pedro de Ursúa sino que le querian hablar como otras veces, dánle de puñaladas y mátanle, y luego matan á la desventurada señora, que ni lágrimas, ni lástimas, ni su hermosura le aprovechó para librarse destos malos hombres. Luego tocan arma y levantan por rey á don Fernando; júranle por tal todos, más de temor que de amor. Luego se les reviste el demonio en el cuerpo á estos sacrílegos demonios (nómbrolos así por lo que luego diré) y principalmente á Lope de Aguirre, y conjurado, era esto de mañana, llaman al padre Henao, hácenle decir misa en una ramada en tierra, y mándanle consagre dos hostias, que consuma la una y deje la otra. El pobre y pusilánime sacerdote hízolo así; dice misa, consagró dos hostias, consumió la una, dejó la otra sobre los corporales en el ara; acabada, llegase Juan Alonso (si no me acuerdo mal, éste fué, á lo que me dijeron): toma la hostia con sus sacrílegas manos, consagrada; hácela tres partes ¡oh, Señor! y cuánta es vuestra misericordia y paciencia; es misericordia y paciencia de Dios, pues allí no se abrió la tierra y vivo tragó á este más que sacrílego demonio; da la una á don Fernando, otra á Lope de Aguirre y toma él la otra, y allí se conjuraron de no ir ni venir el uno contra el otro, ni el otro contra el otro, y en señal partian la hostia; invencion de más que demonios. Los demás soldados estaban atónitos y fuera de sí viendo una maldad, un sacrilegio jamás oído; empero Nuestro Señor, que no deja sin castigo semejantes impiedades, dentro de pocos dias ya el Lope de Aguirre tenia muertos á puñaladas á los dos, al negro rey y á Juan Alonso, que si no me engaño era nombrado maese de campo, y el Aguirre coronel, ó al revés; poco va en esto: Lope de Aguirre volvióse la bestia y tirano más cruel que ha habido en nuestros tiempos, ni en pasados, y lo que más admira, que con abominar los soldados aquellas impiedades, le temian tanto que no se atrevian ni á mirarle; mató á muchos: si se reian, los mataba; si estaban tristes, los mataba; si se juntaban, los mataba; si se paseaba uno solo, le mataba; no se ha visto ni leido semejante ánimo de demonio. Parte, pues, de donde cometieron esta más que impia maldad, su rio abajo (el temple todo desde que se echaron al agua hasta desembocar en la mar del Norte, calidísimo) y ya cerca de la mar dieron en muchas islas pobladas de indios desnudos, de las costumbres Chiriguanas; las casas como las tenemos dichas ser las de los Chiriguanas; duermen en hamacas, gente desnuda y bestial; adonde ocupaba á los soldados que deshiciesen las hamacas y destruyesen para aderezar los bergantines, y la cabuya sirviese de estopa, porque su intencion era en desembocando procurar volver al Perú. Allí se rehizo lo mejor que pudo; comida no les faltaba de la que tenian los indios, y mucho pescado y marisco, y entre los peces unos que llamaron roncadores, porque en pescándolos roncaban como un hombre cuando duerme, grandes y sabrosos. Vino á desembocar por el rio en la mar del Norte, llamada la Burburata, donde dicen tiene ochenta leguas de boca; es el mayor del mundo. De allí vino á la Gobernacion de Venezuela, y saltando en tierra, persuadia con oraciones, como un Ciceron, no le dejasen hasta que sus ojos viesen al Perú y sus pies hollasen aquella tierra, donde los pensaba hacer señores della; llamábalos mis marañones, porque se tenia por desgraciado morir en otra parte, y más en aquella miserable y pobre Gobernacion. El desventurado bien conocia que, vista la suya, todos los soldados se le habian de huir. Aquí mató uno, si no fueron dos religiosos nuestros, porque persuadian á los soldados les dejasen, pero de temor hasta que vieron el estandarte Real no lo hicieron; llegó la voz al gobernador; juntó gente; vino contra este peor que demonio; los que con él venian, visto el estandarte Real, luego todos le desampararon; pero era tanto el temor que le tenian, que ni los que con él vinieron, ni los de la tierra le osaron llegar á prender, si no de fuera le arcabuceban á un hombre solo, cojo, con una partesana en las manos, el cual viendo su perdicion, llega á su hija y dala de puñaladas, diciendo: No te han de llamar hija de traidor. Luego diéronle un arcabuzazo y dijo: Este no: pero al segundo, diciendo: Este sí, cayó muerto el más que miserable, muriendo como un gentil y que no tuviera conocimiento de Dios. Decia: Yo bien sé que me tengo de condemnar, pero en el infierno no tengo yo de estar con la gente bahuna, sino con Alejandro Magno, con Julio César, con Pompeyo y otros príncipes del mundo: puede ser que se halle con otros más infames pecadores que éstos, y sus tormentos sean mayores, por tener conocimiento de Dios más que aquellos gentiles, y ser cristiano, y sin puede ser lo podemos decir, porque un hombre sacrílego como éste, y que murió impenitente, habiendo hecho tantas crueldades y muerto dos sacerdotes ¿por qué lo habemos de poner en puede ser? Desta manera acabó este impiísimo tirano, que quien le conoció en este reino é oyó decir las maldades que hizo, se admirará. Todos los que con él fueron tambien perecieron, unos en unas partes, otros en otras; en este reino tres vi, los cuales en diferentes tiempos informándome de lo que habia pasado, me refirieron en suma todo este suceso. No tracto de las cartas que dicen escrebia á Su Majestad del Rey nuestro señor; algunas vi en pedazos, llenas de mil disparates, aunque daba algun poco de gusto leerlas, por solo ver el frasis, que no sé quién se lo enseñó. Su Majestad mandó que á todos los que con él llegaron á la Venezuela y la Burburata, las justicias hiciesen castigo en ellos; mas los que lo olieron no se descubrian á todos. Tambien mandó aprestar dos navios, en que envio á descubrir el estrecho de Magallanes, en uno al capitan Ladrillero, vecino de La Paz, á quien subjectó el otro navio; capitan un maestresala suyo, llamado el capitan Cáceres. Salieron del Callao; el capitan Cáceres, no pudiendo sufrir los temporales de Chile, arribó á Valparaiso. El capitan Ladrillero pasó más adelante, pero no entró en el Estrecho, y si entró, por ser el tiempo de nieves, habiéndosele muerto marineros y soldados, volvió al puerto de la Concepcion, donde una negra, viendo la tierra y puerto, de alegría se quedó muerta, y sin hacer ningun efecto cesó este descubrimiento.

[CAPITULO XVIII]
EL MARQUÉS MANDÓ TRAER Á LOS REYES LOS CUERPOS DE LOS INGAS

Cuando aquel más que impio tirano Lope de Aguirre tractaba de crueldades y de hacer grandes ofensas contra Nuestro Señor, el marqués de Cañete tractaba de componer la tierra, y quitar á los naturales cualquier ocasion del deservicio de Dios Nuestro Señor; por lo cual, sabiendo que en el Cuzco los indios tenian en mucha veneracion y como por dioses suyos, á quien adoraban y reverenciaban, los cuerpos de Guaina Capac y de otros Ingas que fueron señores destos reinos, mandó los sacasen de su lugar y los trujesen á Los Reyes para quitar esta ocasion á los indios y darles á entender no eran más que cuerpos muertos; hízose así y trujéronlos á Los Reyes, enteros, sin corrupcion. Tienen estos indios sus yerbas, que antiguamente en su infielidad á los cuerpos de los señores aplicaban, con las cuales no se corrompian, como si los embalsamaran. Mandó, pues, los pusiesen en el hospital de los españoles, en un aposento donde ningun indio los viese. Despues desto, sabiendo tambien que en los Andes, que son unas montañas muy calurosas y lluviosas, á las espaldas de Guamanga, y no lejos della, se habia retirado un Inga, y allí vivia con otros Ingas en unos valles asaz cálidos, procuró reducirlo y sacarlo y hacerle merced, por lo cual envió á dos religiosos nuestros, el uno llamado fray Melchior de los Reyes, hombre docto, gran cristiano, y que todo el tiempo desde que llegó á este reino se ocupó en predicar el Evangelio á estos indios, gran lengua y de muchas y buenas partes, y con él fué otro religioso nuestro llamado fray Pedro de Arrona, hombre esencial y buen fraile: juntamente con un vecino del Cuzco llamado Betanzos entraron en los Andes, hablaron á el Inga, que lo reverenciaban los demás que allí vivian, y servian con las mismas ceremonias que en tiempos antiguos en estos reinos; descendia de los Ingas, señores desta tierra; persuadiéronle saliese con todos los demás, que el Marqués les enviaba á este efecto, con protestacion de le hacer muchas mercedes en nombre de Su Majestad: finalmente, tanto pudieron con él y con algunos de sus capitanes, que le persuadieron á que saliese. Otros Ingas le persuadian lo contrario, y éstos no quisieron salir, dando allá sus excusas, no muy fuera de razon; finalmente, el Inga salió, vino á la ciudad de Los Reyes; trujéronle los indios en unas andas guarnecidas con plata. El Marqués le recibió muy alegre y afablemente, prometióle mucha merced en nombre de Su Majestad si se volvia cristiano y se quedaba en la tierra; mirase lo que más le convenia, y si se queria volver, libremente se volviese; dióle de su hacienda algunas preseas buenas y el Inga determinó quedarse y baptizarse, aunque no se baptizó en Los Reyes. Esto asentado, con órden del Marqués volvió al Cuzco, donde se baptizó y casó con una deuda suya, en grado para los indios no prohibido, y dispensado por la Sede Apostólica, llamada la Coya, que quiere decir la Emperadora dona Maria, mujer de no mal parecer y de buen entendimiento; hízole el Marqués merced, en nombre de Su Majestad, de 12.000 pesos de renta perpétuos en indios.

Tuvo una hija, llamada doña Beatriz, heredera, porque no tuvo hijo varon, á la cual criaron, muerto el padre (no vivió muchos años despues desto), en casa de un vecino principal donde la enseñaron toda buena policia y costumbres con las demás cosas que se suelen enseñar á las mujeres generosas; la cual casó despues el Visorrey don Francisco de Toledo con el comendador Martin García de Loyola, como despues diremos.

La madre, digamos la Coya, así la llaman los Ingas que se quedaron en los Andes y en aquellos valles, luego levantaron por cabeza á otro Inga de la casa destos señores, pariente más propincuo; de los cuales, tractando de don Francisco de Toledo, y lo sucedido en su tiempo, habremos de volver á tractar dellos.

[CAPITULO XIX]
EL MARQUÉS SE MOSTRÓ GRAN REPUBLICANO

En todo el tiempo que el generosísimo Marqués gobernó, se mostró gran republicano, y quien lo es merece nombre de padre de la patria, y el que no mira por el bien de la república no merece el nombre de padre della, y en una de las cosas en que el buen príncipe se muestra ser padre de la patria, es en traer siempre delante de los ojos lo que los filósofos antiguos con lumbre natural alcanzaron, que el príncipe es por el reino, y no el reino por el príncipe; de donde luego el buen príncipe, con todas sus fuerzas procura la conservacion de su república y augmento della; que se guarde justicia y se haga que los vasallos sean ricos y prósperos, y otras cosas que ni deste lugar ni tiempo es agora tractarlas.

Todo esto pretendia el buen Marqués y en esto se desvelaba.