Sabiendo que en este reino habia rios, y muy grandes, donde perecian á los iviernos algunos indios y españoles, mandó hacer puentes y se hicieron: la de Lima; en el rio del valle de Jauja, dos; en el de Abancay, otra; en los dos rios que hay de la ciudad de La Plata á Potosí, en cada uno la suya, y si viviera, la del rio Grande de Chunguri, como habemos dicho, la acabara, y la de Apurima.

Los caminos bien aderezados, los tambos bien proveidos lo fueron, pagando á los indios comidas y trabajo. La justicia siempre estuvo en su punto, y los indios muy favorecidos y amparados. Pretendia que todos los que viviesen en estos reinos fuesen ricos; los nobles como nobles y los labradores como tales, y si alguno por su suerte buena alcanzaba á ser rico, dándosela Dios, San Pedro se la bendijese (como dicen), y por esto muchas veces entre semana iba á las huertas de los hombres pobres, que en contorno de la ciudad tenian, animábalos á que plantasen, trabajasen; preguntábales qué fructa buena tenian, y decíales le enviasen della, y el servicio, y si era necesario más, que les favoreceria: porque no siendo, como no era, hombre de letras, Nuestro Señor le dió un entendimiento acendrado, con el cual alcanzaba que la proporcion que hay de los miembros á la cabeza esa hay de los vasallos al Rey. Entonces el Rey es poderoso, rico y temido, cuando los vasallos son ricos; entonces se defiende y ofende; ofende digo á quien le quiere ofender, y fácilmente le conquista. Entonces el brazo defiende bien la cabeza y sufre el golpe que sobre ella viene, cuando es recio y sano; el manco no tiene fuerza, no se puede levantar, y siendo esto así, ¿cómo defenderá la cabeza? Los vasallos ricos muy bien defienden el reino; al reino pobre, como no tenga fuerzas para defenderse, cualquiera un poco más poderoso se lo atreve, y fácilmente lo conquista. Por eso, el otro, para conquistar cierta fuerza, ó cibdad, pedia dinero y más dinero.

Un año, habiendo mucha falta de trigo, llamó á los vecinos que lo tenian sobrado; persuadíalos lo trajesen á la plaza, y moderasen el precio; hízoseles de mal; tomó cantidad de plata, envióla en barcos grandes por los valles; trujo bastante trigo; socorrió á su cibdad; hizo alhóndiga, y los vecinos quedáronse con su trigo comido de gorgojo, por no hacer lo que el justísimo Marqués les mandaba y aconsejaba, y perdieron, de lo que pensaron ganar, no poca plata.

Saliéndose á pasear un dia de trabajo, volviendo para palacio, en la plaza vió á un espadero, llamado Mendoza, que con un jubon de raso carmesí, y carzas de terciopelo carmesí aforradas en los mismos, estaba acicalando una espada; paró el caballo, y díjole: Buen hombre, ese vestido más es para los domingos y fiestas que para entre semana; por mi vida que lo guardéis para entonces; en algo nos habemos de diferenciar en estos dias; y luego, volviendo la cabeza á un criado llamado Parrilla, díjole: De aquel paño pardo que me envió la marquesa, dad á este buen hombre para que haga un vestido con que entre semana trabaje, y pues la marquesa (dice al espadero) me lo envió para que yo hiciese un vestido, bien podéis vos vestiros dél. El espadero estaba en pie, su gorra quitada; besóle las manos diciendo haria lo mandado por Su Excelencia; luego, preguntábale: ¿Cómo os llamáis? respondió: Mendoza; dijo el Marqués: ¿Mendoza? parientes somos, y volviéndose á sus criados mandóles diciendo: Todas vuestras armas traérselas á Mendoza como las habeis de llevar á otro; es mi pariente; habémosle de ayudar todos.

Fué amicísimo de que todo el reino viviese en servicio de nuestro Señor, y así casó muchas mujeres principales, y no principales, principalmente de las que venian con el Adelantado Alderete, que traia muchas. Mis padres vivian en Quito, y allí les casó dos hijas, y todos los casamientos subcedieron bien; solo uno salió avieso. Entre estas señoras venia una llamada doña Graciana, mujer principal, discreta, no muy hermosa, pero gallarda. Casóla con un vecino del Cuzco, rico, llamado Villalobos; allá en el Cuzco no sé que desabrimiento tuvieron; el vecino era mal acondicionado, ella mal sufrida; el desabrimiento no fué por cosa que doña Graciana no debiese hacer conforme á su calidad; no fué cosa que tocase á honra, y el demonio, que no duerme, el Villalobos dióla de puñaladas; la justicia prendióle y encubóle, y perdió la vida con este ejemplar castigo; desto no tuvo la culpa el buen Marqués, sino los pecados del Villalobos; esto me pareció no dejar en olvido, cosa rara y que en reinos más extendidos subcede pocas veces.

Los vecinos que tenian hijos diéronselos para que le sirviesen, á los cuales en su casa les enseñaban toda buena crianza y policia, y les daba estudio dentro de palacio; algunas veces comiendo tomaba un plato y llamaba al que le parecia y decíale: Ve á tu madre y dile que, por que me sabia bien esto, por amor de mí lo coma. Partia el paje; llamábalo y preguntábale: ¿qué te dije? Señor, respondia, esto, y esto; decíale: Mas mira que cuando entres delante de tu madre le has de hacer la reverencia con el pie izquierdo; con el derecho á Dios y á sus imágines; y cuando volvia preguntábale cómo la halló, cómo hizo la reverencia.

Parecerá esto cosas muy menudas y no dignas de un Visorrey del Perú, que es lo mejor que Su Majestad tiene que proveer; no es sino muy esencial, porque la crianza de los muchachos conviene mucho les sea enseñada, y mejor la toman del señor que del maestresala, y más le temen. Dia de la Asumpcion de Nuestra Señora, habiéndose de hacer fiestas en la plaza, de toros y cañas, se dijo en el pueblo, sin saber de dónde, ni cómo habia salido: El Emperador es muerto. Viniendo de misa de la iglesia mayor, despues de comer, el mayordomo mayor le dijo: Señor, esto se tracta en el pueblo, que el Emperador es muerto; Vuestra Excelencia, aunque no sea sino por esta nueva, mande no haya hoy fiesta. Sintió la nueva el Marqués, porque el Emperador le tenia en mucho y dél hacia mucho caso; en diciéndoselo, dice: bien decís; avisa á los alcaldes deshagan las barreras, y si así es, yo no soy Virrey del Perú. Fué así, que aquel dia ya era enterrado el Emperador, de gloriosa memoria, y Su Majestad del Rey nuestro señor habia proveido por Visorrey destos reinos á don Diego de Acevedo, aunque no llegó asá, por morir en Sevilla. Tardó la nueva cierta más de seis meses; llegada, mandó se hiciesen las honras del Emperador con mucha solemnidad; hiciéronse en la iglesia mayor; salió todo el pueblo del monasterio de Nuestra Señora de las Mercedes, los más principales llevando las insignias. Otro domingo adelante se hicieron las fiestas del nuevo rey con mucha solemnidad, y el Marqués tomó la posesion por Su Majestad deste reino; juróse con la solemnidad acostumbrada, batióse moneda, y derramóse cantidad della, así en la iglesia mayor como en la plaza, con gran alegría de todo el pueblo.

[CAPITULO XX]
DE LA MUERTE DEL MARQUÉS

Cuatro años habia, poco más, que gobernaba el Marqués, padre de la patria, siendo amado y tenido de los buenos y de los malos, cuando Nuestro Señor fué servido llevarle para sí, recibidos devotísimamente todos los Sacramentos, que muchas veces frecuentaba, sabida ya la venida del conde de Nieva por Visorrey destos reinos, proveido luego que murió don Diego de Acevedo. El dia de su muerte fué muy triste para la cibdad de Los Reyes, y para todo el reino; fué llorado de todos y en particular de los pobres. Enterróse en el convento del seráfico San Francisco, de donde, sacados sus huesos, fueron llevados á España por el padre fray Juan de Aguilera, comisario de aquella Orden en estos reinos.