Era hombre de mediana estatura, más grande que pequeño, espaldudo, y de miembros fornido, de gran ánimo y generoso; nada amigo de derramar sangre, empero que se hiciese justicia; amigo de los hombres animosos. No se espantaba de que hobiese algunas pendencias, porque es imposible menos. Sucedió lo que diré: Acabando de comer (no dormía la siesta, sino por maravilla), salíase á pasear á una sala cuya ventana en la esquina salia á la plaza; cuando á ella llegaba, sacaba el cuerpo fuera y miraba si habia algo en ella; á una vuelta, mirando la plaza, vió que se encontraron dos caballeros de Jerez, enemistados, ó escogieron aquel lugar para reñir á tiempo que en ella no pareciese nadie; echaron mano á sus espadas don Yelmo de Gallegoso y el capitan Patiño, y comenzaron á reñir con gentil donaire y ánimo. El Marqués recostóse sobre el pretil de la ventana mirando cómo reñian, en lo cual tardaron buen rato sin que la justicia ni hombre acudiese á meterles en paz; hiriéronse ambos y mal; acude la justicia, préndelos; entonces el Marqués mandó al paje de guardia que vaya alcalde y le diga de su parte no los lleve á la cárcel, sino á cada uno les dé la posada por tal, que aquella causa tomaba para sí; y luego envíales á cada uno una barra de plata diciéndoles les ha visto reñir desde el principio, y se habia holgado, y lo habian hecho como muy buenos caballeros; se curasen y recibiesen cada uno su barra para pollos, y sanos, tractaria de las amistades. Los heridos besáronle las manos, y que Su Excelencia hiciese dellos lo que fuese servido. Sanaron, hízoles amigos; don Yelmo siguió su viaje á España; el otro se quedó acá en el reino. Hacia burla de cosas de alzamientos y rebeliones, de lo cual otros han hecho gran descargo de servicios á Su Majestad. Hobo en Los Reyes cierto rumor de alzamiento; salíase á pasear una y dos veces cada semana, y las fiestas y domingos íbase por las chácaras, y á los que le acompañaban mandaba se quedasen, y con un solo paje se iba buen trecho solo. Su mayordomo mayor decíale: Señor, ¿cómo se va Vuestra Excelencia solo sabiendo lo que se ruje en la ciudad? Respondióle diciendo: Por eso me aparto solo, para ver el ánimo destos. Pues esta gente, ¿se ha de atrever á eso? Sucedió así que de la cibdad del Cuzco le enviaron un soldado, con informacion no muy bastante, sino de indicios leves, que se queria alzar ó tractaba dello, para que el Visorrey le mandase castigar. En una visita de cárcel (no perdió ninguna), salió el pobre soldado aherrojado, y leida en breve la causa de su prision, llamóle y díjole: ¿Vos os queríades alzar con el Cuzco? el miserable, temblando, respondió: No, señor; ¿quién soy yo ni qué calidad tengo para eso? Enemigos que en el Cuzco tengo me han impuesto ese testimonio. El Marqués llama al alcaide (el pobre ya pensó estaba ahorcado), y dícele: Quitad las prisiones á ese hombre; y al hombre dícele: Andad, id luego derecho al Cuzco, y alzáosme con aquella ciudad; si no, por vida de la marquesa, que tras vos envio para que si no lo hiciérades os hagan cuartos. ¿Cada chirrichote se ha de alzar contra la Majestad del Emperador y rey nuestro señor? El otro, en saliendo de la cárcel, no pareció más ni fué al Cuzco; bien sabia el magnánimo Marqués que no habia de ir aquel miserable al Cuzco.

En manos de otro cayera, que por lo menos fuera á remar á las galeras.

[CAPITULO XXI]
DE LAS VIRTUDES DEL MARQUÉS

En tiempo que vivió en estos reinos fué castísimo y muy amigo que todos los de su casa, como es justo, lo fuesen, y mirando por esto y por el buen ejemplo que están obligados á dar los que gobiernan. Diré lo que dijo el padre Molina. Este padre Molina se consagró á servir á los españoles en el hospital llamado San Andrés: en él era capellan, mayordomo, y toda la casa quien la gobernaba, y todas las haciendas. El piadosísimo Marqués acudia á hacerle muy crecidas limosnas, porque le dió más de 30.000 pesos de su hacienda; el padre Molina venia de noche á tractar con el Marqués las necesidades del hospital, y como de clérigo, los vestidos eran largos; díjole el Marqués: Padre Molina, ya sabeis que para vos no hay puerta cerrada, ni hora ocupada; no vengais más de noche; traeis esas faldas largas; algun malicioso pensará sois mujer; mirad que en público y en secreto somos obligados á dar buen ejemplo.

Como se preciaba tanto de ser padre de pobres, fuera de las limosnas hechas al hospital de los españoles, y aun al de los indios y al convento de San Francisco, hizo otras en particular, no pocas, pero destas referiré dos ó tres. Un buen hombre vino de México, casado y pobre; entró á pedirle limosna (para los pobres no habia puerta cerrada); mandólole dar una barra; las limosnas luego se daban sin réplica ni libramiento, porque luego mandaba á su mayordomo y mandábale diciendo: Dad tanto á este buen hombre; luego era cumplido. El buen hombre, muy contento con su barra, antes que saliese de la sala, tornólo á llamar el piadoso Marqués y dícele: Buen hombre, ¿sois casado? respóndele: Sí, señor, y traigo mi mujer é hijos; dice al mayordomo: Montoya, dadle otra barra; no tiene para zapatos; y luego pregúntale: ¿Tenéis oficio? y respondióle: Sí, señor; sé mucho de labranza y crianza; el buen Marqués dícele: Mucho me alegro de eso, porque agora mando poblar un pueblo 22 leguas desta ciudad, de muy fértil suelo; ídos allá con vuestra mujer é hijos; yo os daré una carta para el capitan Zurbano; allí os dará solar para casa, tierras para pan y para viñas; hacedme allí una heredad muy buena para vos y para vuestros hijos, y cuando tuviéredes necesidad, no vengais acá, sino escribídmela, yo os la remediaré. Con esto se fué el hombre muy contento, y de aquí á Cañete.

Levantábase muy de mañana, y sólo con un paje de guardia se iba al rio arriba, rezando en unas Horas; prosiguiendo su camino oyó lloros como de mujer que se estaba acuitando, porque una sola negra que tenia, con que amasaba un poco de pan, y lo sacaba á la plaza, y desto se sustentaba trabajosamente, se le habia muerto aquella mañana. El pientísimo Marqués ¿qué pensó, cuando oyó los gemidos y voces? que la hacian alguna fuerza; alargó el paso y púsose á la puerta para oir lo que pasaba, y como entendió á la mujer que se lamentaba y la causa, diciendo: ¡Ay! cuitada de mí, que sola una negra que tenia, que me ayudaba á pasar mi trabajo, me ha llevado Dios; ¿qué tengo de hacer, miserable? y otras cuitas que las mujeres pobres en semejantes trances suelen hacer. Luego el padre de pobres y buen Marqués da la vuelta y con el paje que le acompañaba le envió una barra de plata de 250 pesos ensayados (entonces aun no valian tanto los negros bozales), diciéndola no se afligiese más, y que con aquella barra comprase otra negra y supliese su necesidad, y con las demás acudiese, que se las remediaria. Desta manera favorecia á los pobres y les hacia bien y mercedes y limosnas.

Otras muchas limosnas hizo á caballeros pobres y á personas necesitadas, que seria largo de contar, y nuestro intento no lo permite; pero decillas en breve, pídelo; finalmente de su hacienda dió de limosnas pasados de 80.000 pesos, por lo cual su hijo, don García de Mendoza, bajando de Chile, bien pobre, hallando muerto á su padre y en el gobierno al conde de Nieva, que consigo trujo á don Juan de Velasco su hijo, estando juntos los dos, don Juan de Velasco dijo á don García de Mendoza, como por baldón y mofando: ¿Qué hizo su padre de vuestra merced en este reino? al cual con mucha prudencia respondió don García de Mendoza: Un monasterio de San Francisco, donde se enterró, y un hospital de españoles, donde como á pobre me den de comer; y guárdele Dios á vuestra merced no muera su padre en el Perú, y vuestra merced entonces se halle en él, porque se verá uno de los más desventurados caballeros del mundo. Parece le fué profeta, porque se vió paupérrimo y con suma pobreza, y esto allí le vimos y tractamos.

En su tiempo los mercaderes de la ciudad de Los Reyes, juntándose, tractaron de pedir limosna para los pobres de la cárcel, que se iban multiplicando, no con título de cofradia, sino por via de caridad; despues se constituyó cofradia y creció como habemos dicho.

Concertáronse que dos cada semana pidiesen por amor de Dios para los pobres della, y les diesen de comer, y cuando las limosnas no alcanzasen, de su casa les proveyesen; la segunda semana cupo á dos, Juan Vazquez y Juan Vaz, hombres de caridad, casados y ricos; conocílos y tractélos mucho; convinieron en ir á pedir limosna al Marqués; entraron y dícenle lo que habian ordenado, y que suplicaban á Su Excelencia les mandase dar limosna; alabóles mucho la buena obra, y mandóles dar, para aquella semana (como tractando de la fundacion desta cofradia dejamos dicho), cien pesos, y para cada mes cincuenta, y que no se los viniesen á pedir, sino á su mayordomo, lo cual infaliblemente el tiempo que vivió se cumplió así.