Diré otra, que fué graciosa. Pocos meses despues de llegado á la ciudad de Los Reyes, cantó misa un clérigo llamado el padre Roberto; hallóse presente el Marqués y el Audiencia y todo el pueblo; entonces de tarde en tarde se cantaban; salió el misacantano á ofrecer. El Marqués habia pedido al mayordomo un pedacillo de oro de 25 pesos; ofreciólo; luego los Oidores, los cuales no ofrecieron, mandaron, y las mandas se escribieron; en las fuentes llevaban papel y tinta: hobo quien dijo dellos (si no me acuerdo mal fué el licenciado Santillan, de quien arriba tractamos): Escriban 50 pesos; el Marqués casi corrióse, y dijo: Pues dijéranme que se usaba mandar por escripto; yo tambien mandara; escriban 100 pesos, y así ofreció 125 pesos, los 25 en oro; y á quien era tan limosnero y liberal, no es necesario alabarle que jamás recibió dádiva, ni nadie se atreviera á ello, ni á cohechar al menor de su casa; y que esto se entienda ser así, es verdad lo que diré: habia en la ciudad un mercader rico y de mucho crédito, llamado Gonzalo Fernández, de cuya casa se proveia todo lo necesario para la del Marqués, y era como el cambio del mayordomo mayor, y el salario del Marqués todo entraba en casa deste mercader. Tractábase como criado del Marqués, y no perdia en ello nada. Quiso hacer un servicio á la marquesa, y tuvo para servirla un cofrecito de plata como el segundo del terno, y en él no sé qué sortijas con esmeraldas y otras piedras; no faltó quien se lo dijo al Marqués, ignorándolo Gonzalo Hernandez, y un dia llamóle y díjole: Dícenme que enviais á la marquesa no sé qué regalo; por mi vida ¿qué es? El mercader respondióle: Es verdad, señor, que á mi señora la marquesa tenia determinado servir con un cofrecito de plata, y otras cosas no de mucho valor, conforme á mi posible y no conforme á quien es mi señora la marquesa. Mandóle lo trujese; holgóse de verlo, y díjole: ¿Qué vale esto? El mercader respondió: Señor, no tracte, suplico á Vuestra Excelencia, deso; es muy poco; finalmente, dijo á su mayordomo que supiese de los oficiales lo que valia y lo pagase al mercader, y que él lo queria enviar en nombre del mismo Gonzalo Hernandez. Quien esto hizo no puede ser notado de avariento, ni cobdicioso, ni que jamás recibió cohecho.
Las vísperas de Pascua, en las visitas de cárcel, jamás ningun Virrey (sin les hacer agravio) dió tantas limosnas, pagando por los pobres que no tenian dónde pagar, lo cual con suma liberalidad hacia. Ninguna destas visitas le costaba menos de 1.000 pesos, pues para cobrarlo no era necesario más que pedirlo al mayordomo. ¿Quién ha hecho tal? Pero no lo echaba en saco roto; Nuestro Señor se lo ha pagado cient doblado, y porque para todas las limosnas y mercedes que hacia de su hacienda no habia libramientos, mandó en su testamento que no pidiesen á su mayordomo, sus herederos, más cuenta de la que él quisiese dar, ni libramiento para lo que hobiese dado de limosnas, y bien seguramente lo mandó, porque el mayordomo no le hiciera menos un grano.
[CAPITULO XXII]
CUÁN ENEMIGO ERA DE ACRECENTAR TRIBUTOS
Siempre miró mucho por la conservacion de los naturales, para que con todo el descanso posible pagasen sus tributos. Sucedió así: proveyó por corregidor de la provincia de Chucuito á García Diez de San Miguel, hombre muy cuerdo, y benemérito y noble, al cual mandó que visitase toda aquella provincia; hasta entonces no se habian hallado más que 17.000 indios tributarios; éstos pagaban del tributo 24.000 pesos en plata ensayada y 12.000 pesos en ropa de la tierra: visitados, parecieron mil indios más. García Diez de San Miguel, pareciéndole ganaria gracia con el Marqués, avisóle del augmento de los indios, y que se les podia acrescentar el tributo, pues para tantos indios era poco, mayormente que para pagar los 24.000 pesos de plata, en Potosí residian 500 indios que fácilmente los pagaban; á quien respondió: Escribiéradesme vos que abajara los tributos, de muy buena gana lo hiciera; pero augmentarlos, no haré tal; ¿qué cosa hay más grave que el tributo? Otro lo subió á 102.000 pesos ensayados en plata y ropa, como diremos.
Decia que si su parecer se hobiera de seguir, que de toda la renta que Su Majestad tiene en este Perú se habria de hacer tres partes: una, que se llevase á Su Majestad: otra, para pagar los ministros de la justicia, así acá como de España; otra, que se quedase en este reino para lo que puede suceder y para casar hijas de conquistadores y pobladores pobres á quien Su Majestad no ha hecho merced ni gratificado sus servicios. Por lo cual comenzó á edificar en el lugar donde agora es la Universidad una casa de recogimiento, á quien llamó San Juan de la Penitencia, á donde se recogieron algunas hijas destos conquistadores y pobladores, con renta para su sustento; mas como murió temprano cesó el edificio y agora no hay memoria dello; y para hacer puentes, hospitales, iglesias y otras obras pias y públicas, como los reyes han hecho en España, y para socorrer á caballeros pobres que vienen de Castilla encomendados de Su Majestad, que le han servido y no les ha gratificado, mientras vaca en qué ocupallos. A los negros horros que habia en Los Reyes, qu'es la ladronera de los cimarrones, sacó de la ciudad y envió al asiento de minas de Caravaya, que es tierra calurosa y lluviosa, y era tan humano con ellos, que no se desdeñaba de responder á las cartas que le escrebian.
Esto así en breve se ha dicho del magnánimo marqués de Cañete, de buena memoria, padre de la patria y de pobres, como epílogo de sus virtudes, dejando de tractar más difusamente á otros que sean dotados de más facundia y mejor estilo que el nuestro; concluyamos que fué gran vengador de los juramentos falsos en daño de tercero; mandó quitar los dientes á un Fulano de Quintana porque juró falso delante de la justicia. Tambien mandó que ningun negro cargase con botija de agua ni otra cosa á ningun indio, al negro so pena de caparle y á la negra de docientos azotes, y en quien primero se ejecutó la sentencia fué en un esclavo suyo; vió que traia á un indio con una botija de agua cargado del rio; llamó al caballerizo; preguntole cuántos caballos tenia, y cuánto servicio de esclavos; respondióle que para los caballos tenia bastante servicio; ¿pues cómo esclavo mio ninguno ha de cargar á indio libre? luego mandó se ejecutara la ordenanza, y de allí adelante no se atrevió negro á cargar indio. Era lástima, y hoy lo es, que el negro y negra esclavos se vienen las manos en el seno, y el indio libre las trae en la botija de agua, la canasta de la ropa y la carne de la carneceria, ó del rastro, como si ellos fueran señores y los indios los esclavos. Duró poco esta ley, no más de cuanto vivió el Marqués.
[CAPITULO XXIII]
DEL CONDE DE NIEVA
Al liberalísimo y cristianísimo marqués de Cañete sucedió el conde de Nieva don... de Velasco, bonísimo caballero y buen gobernador, de quien no podemos decir cosas notables que en su tiempo subcedieron; no las hobo; el reino gozó de mucha paz y abundancia. Entre otras cosas buenas que tenia era ésta, gran paciencia para oir á los pretensores que les parecia estar agraviados del liberalísimo marqués de Cañete por no los haber dado todo el Perú, y para los demás negociantes.
Diré una cosa de admirable paciencia para quien tenia la suprema del reino: acabando de comer se levantaba y oia á los negociantes y pretensores, arrimado á una ventana; llegó un pretensor, y por ventura fatigado de la hambre, y por otra parte demasiadamente atrevido, por sus servicios, y pidiendo remuneracion dellos, levantó la voz más de lo justo; á quien el Conde con gran paciencia y con voz baja le dijo: Habla más paso; el nescio pretensor, no curando del buen consejo, levantó más la voz, representando sus servicios; díjole otra vez el Conde: Ya os he dicho que hableis paso; respondió el pretensor: ¡Oh, señor, soy colérico! á esto respondió el Conde con la paciencia de que habia usado: Tambien soy yo colérico y me modero en mis palabras; andad con Dios, y otro dia venid más moderado. Los circunstantes admiráronse de tanta paciencia y salieron alabándola. Despues desto, dijéronle que un soldado escrebia á Su Majestad cosas del gobierno del Perú, y algunas no muy en favor del Conde; mandóle llamar, y díjole: Dícenme que escrebís al Rey Nuestro Señor. El soldado respondió: Sí, señor, han dicho verdad á Vuestra Excelencia. A quien no dijo más palabra: En hora buena, escrebidle; pero advertid que le escribais verdad, porque si no, la carta que le escribiéredes ha de volver á mis manos, y lo que no fuere verdad pagareis.
Trujo buena casa y música, la cual ni hasta entonces ni despues ningun Visorrey la ha traido. Con el Conde vinieron el licenciado Muñatones, Diego de Vargas Caravajal, el contador Melgosa, á tractar la perpetuidad de los vecinos y encomiendas, pero no se concluyó cosa alguna.