Esta entre teólogos no se tuvo por tan justa, pues de los bienes comunes nadie debe ser privado sino por delito; si otro se puede aprovechar de la escoria del herrero, aunque la haya echado al muladar, ¿por qué no el herrero? Esta hizo diciendo que los señores de minas labrasen sus minas, y los que no las tienen, los desmontes, y así se sacaria más plata.
Estos desmontes fueron de mucha riqueza, porque algunos dellos, y todos generalmente, acudian á cinco pesos por quintal, que es mucho, y hobo algunos de á siete y á más; y porque no volvamos á ellos, cuando el Visorrey salió de los Chiriguanas halló que muchos (aunque les predicábamos no lo podian hacer sin injusticia) habian recogido, á 20.000 y á 30.000 y dende arriba quintales de metal, traspasando su ordenanza: penólos á tres tomines por quintal, de donde sacó más de 40.000 pesos, con que enteró la caja Real de lo que habia gastado della, y satisfizo á algunos que fueron con él, que gastaron mucho en la jornada, sin hacerse cosa de provecho, por nuestros pecados. Asimismo en esta ciudad, como en las demás, habia algunos amancebados con indias; quísolos castigar públicamente, y cierto dia á deshora vemos entrar en el gato[13] al presidente Quiñones, licenciado Matienzo y licenciado Recalde, y ellos propios sacar las indias de los tales españoles, y entregándolas á los alguaciles las llevaron á la cárcel; á unos pareció poca autoridad de Presidente y Oidores; á otros no pareció tan mal; otros Oidores reian grandemente dello.
Así las desterró y condenó á plata á los españoles, y algunos revueltos con mujeres casadas, no de calidad alguna, los desterró del pueblo. Tambien en esta ciudad concluyó las cuentas que habia comenzado á tomar en el asiento de Potosí á los oficiales reales, á dos particularmente, el tesorero Robles y al factor Juan de Anguciana, que eran propietarios; el contador habia poco era proveido por el mismo Visorrey por muerte del contador Ibarra, contra quien no hobo las cosas que contra los dos, á los cuales privó de los oficios, quitóles las minas é ingenios que tenian en Potosí; túvolos presos y aun á canto el uno dellos que se le volara el juicio, é los desterró á España, ó envió, ó ellos apelando de la sentencia fueron, donde les mandaron volver sus oficios y haciendas, y condenados en costas, á lo menos al factor Juan de Anguciana (vi la ejecutoria) como no pasasen de 400 ducados de Castilla. Pero el pobre caballero viniendo murió en Panamá; el tesorero Robles llegó á Potosí; volviéronle sus haciendas y le vimos servir en su oficio.
[CAPITULO XXX]
SALIERON LOS CHIRIGUANAS Á BESAR LAS MANOS Á DON FRANCISCO DE TOLEDO
En esta misma ciudad salieron ocho indios chiriguanas, no llegaron á diez, á besar las manos al Visorrey don Francisco de Toledo; alegróse dello, recibióles muy bien y agasajóles, y fingidamente (como es su costumbre) le dijeron no querian ya más guerra ni enemistad con los cristianos, ni les hacer mal en las chácaras, como dos años antes lo habian hecho, sino toda paz y concordia, á lo cual salian para que si Su Excelencia la queria admitir, volverian á sus tierras y traerian curacas y indios principales con quien se asentase. El Visorrey admitió su demanda y envió con algunos dellos, quedando otros como en rehenes de que no harian mal, á un soldado, por nombre Mosquera, mestizo del Rio de La Plata, hombre de bien, y en la lengua chiriguana, y en la nuestra, bien experto; entre los Chiriguanas que quedaron fué un muchachon de 18 á 20 años, que se comenzó á hacer medio chocarrero, á quien, aunque no le baptizaron, llamaron en palacio don Francisquillo; vistiéronle como á español, y entraba é salia en palacio, y comenzaba á gorjear en nuestra lengua, agudo y vivo como un fuego; fué Mosquera y volvió, y con él más de treinta naturales, Chiriguanas como veinte, y los demás de servicio indios Chaneses, y entrellos dos Chiriguanas más principales, el uno llamado Marucare y el otro por excelencia Inga Condorillo, y otro indio de nacion Chicha, que confinan con estos Chiriguanas, de los cuales habemos tractado y habemos de tornar á tractar cuando prosiguiéremos el camino de Talina á Tucumán; este indio se llamaba Baltasarillo, baptizado, á quien desde niño le crió en este reino el capitan Baltasar Velazquez, hombre principal y rico, teniendo á su cargo las haciendas de Hernando Pizarro, de cuyo repartimiento era este indio, porque las Chichas eran de Hernando Pizarro, digo de su encomienda; bien dispuesto y en la lengua general y en la nuestra bien ladino. No le pareciendo bien vivir como cristiano, ni en su natural, se pasó á los Chiriguanas, y habia ya tomado sus costumbres, y los capitaneaba contra nosotros y contra su propia nacion y sangre. A estos Chiriguanas se les señaló casa por sí, y proveyóseles de mucha comida y bebida, entre los cuales no Chiriguanas salieron dos de servicio, varon é mujer, que si fueran bien proporcionados eran de género de gigantes; eran de nacion Chaneses. El Visorrey fué deteniendo á estos indios más de lo que ellos quisieran, y los parientes que allá en sus tierras los esperaban, aunque es así que á cabo de muchos meses casi á la mitad dellos dió licencia para que se volviesen, y entrellos á Marucare, detuvo al Inga Condorillo y al Baltasarillo. Como los de acá se tardaban, los Chiriguanas que allá en sus tierras vivian, deseando saber si los suyos eran muertos ó vivos, hacen y componen una fiction, y con ella envian cuatro indios mozos, bien dispuestos, á la ciudad de La Plata, para que con ella engañando al Visorrey los dejase volver á todos, y la fiction fué: los cuatro indios Chiriguanas que vinieron, cada uno traia una cruz hecha de madera, colorada, de una pieza, tan grande y gruesa como un bordón, y lisas que no parecian sino bruñidas; realmente bien hechas. Con éstas partieron de sus tierras, y entrando en los términos de la cibdad de La Plata, por los valles que habemos dicho ser poblados de chácaras de españoles, aunque pasaban por las chácaras pedian comida y eran conocidos ser Chiriguanas, ninguno les hacia mal, antes les daban matalotaje, principalmente viéndolos con cruces en las manos, y preguntando por el Apo, que es decir el Virrey, y encaminaban de valle en valle, hasta que entraron en la cibdad, en la cual cuando los indios de la plaza los vieron se alborotaron como quien via á enemigos capitales y comunes, y de algunos nuestros españoles se alborotaban, no para tomar armas, sino por verlos con cruces, y preguntando por el Visorrey, con esta palabra: Apo, Apo, no decian más, y esta no es de su lengua, de la deste reino la han tomado, con la cual bien se entendia, buscaban ó preguntaban por el Visorrey. Digo, pues, que los nuestros españoles se admiraban verlos con cruces en las manos, como cosa nueva. Preguntando, pues, por el Apo, encamináronlos á la casa del Virrey, donde llegados, aunque el Virrey estaba enfermo mandó se les diese entrada; en la cuadra donde yacia enfermo tenia un adoratorio bueno como de Visorrey, en un encaje de una pared, guarnecidas las paredes con paños de seda; en entrando y viendo el adoratorio, ningun caso hicieron del Visorrey, sino del adoratorio, hincándose de rodillas; no rezaron mucho, no son muy amigos de saber las oraciones; levantándose á su modo hicieron su reverencia al Visorrey; esto le admiró mucho, y á sus criados y á otros que á la sazon con el Visorrey estaban, y entre ellos al padre fray García de Toledo, deudo muy cercano del Visorrey, y religioso nuestro, de quien dijimos haber sido provincial, pero fuelo despues desto. La cibdad aguardaba saber esta novedad, y en la sala y patio habia mucha gente de toda suerte.
[CAPITULO XXXI]
REFIÉRESE LA FICTION CHIRIGUANA
Vistos por el Visorrey los Chiriguanas, mandó llamar un lengua, y fué uno de dos, ó Mosquera, de quien dijimos haber sacado los treinta Chiriguanas, ó aquel mestizo Capillas, que habemos referido vive agora con los Chiriguanas, que junto á las casas de la morada del Visorrey vivia, y creo fué éste, por estar más cerca; venido, sea ó el uno ó el otro, proponen su embajada y dicen que los curacas de los Chiriguanas y demás indios los envian al Apo para hacerlo saber cómo ellos no quieren guerra con cristianos, ni quieren ya comer carne humana, ni tener acceso á sus hermanas, ni casarse con ellas, ni los demás vicios que dejamos referidos, de que son contaminados, sino servir á Dios y al rey de Castilla, y ser baptizados y cristianos, porque Dios les habia enviado un ángel, á quien despues llamaron Sanctiago, que de parte de Dios les dijo se apartasen destos vicios y enviasen al Apo del Perú á pedirle hombres de la casa de Dios, que son sacerdotes, para baptizarlos é industriarlos en cosas de la fe; y en señal desto ser verdadero traian aquellas cruces, y pues no dijeron se las habia dado aquel ángel fueron inadvertidos, porque tambien fueran creidos. Visto é oído por el Visorrey y de los de su casa allí presentes, y el padre fray García, lloraban de gozo dando gracias á Nuestro Señor por tantas mercedes como á estos bárbaros habia hecho. Luego el Visorrey mandó tomar por relacion lo dicho por estos come hombres, lo cual hizo el secretario Alvaro Ruiz Navamuel, y mandó se diese aviso á la Sede vacante, para que salgan á la puerta del Perdon, de la iglesia mayor, cercana á la puerta de palacio, con cruz alta, un prebendado con capa reciba las cruces y las ponga en el altar mayor al un lado y otro del altar, porque estos Chiriguanas vean la reverencia que los cristianos hacemos á la cruz, lo cual así se hizo, y el arcediano, que á la sazon era el doctor Palacio Alvarado, se vistió, recibió las cruces y las puso en el altar mayor, y allí estuvieron muchos dias á vista de todo el pueblo.
[CAPITULO XXXII]
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO CONVOCA AUDIENCIA SEDE VACANTE Y PRELADOS DE LAS ÓRDENES, Y PIDE PARECER.
Hecho esto, otro dia, el Visorrey, para las dos despues de medio dia, convocó el Audiencia, Sede vacante, prelados de las Ordenes, cabildo de la ciudad y letrados del Audiencia, y los más principales del pueblo, para leerles la relacion que se habia tomado de los Chiriguanas que trujeron las cruces; en nuestra casa á la sazon, porque el superior estaba ausente, el vicario del convento mandóme fuese á ver lo quel Visorrey queria; no sabiamos qué. Llegada la hora y entrando en la cuadra donde el Visorrey yacia en su cama, á la cabecera se asentó el Presidente Quiñones, y luego los Oidores por su antigüedad; de la media cama para abajo corrian las sillas para los prelados de las Ordenes; yo tomé el lugar de mi Orden; luego el guardian de San Francisco, prior de San Augustin, y comendador de Nuestra Señora de las Mercedes. Leyóse la relacion, de tres pliegos de papel; los que viven á placebo, admirándose, muchos visajes con el rostro y cuerpo; otros, los menos, reianse que se diese crédito á[14] indios Chiriguanas; finalmente, el Virrey habló en general, refiriendo algunas cosas de las en la relacion puestas, y luego volvió á hablar con las Ordenes, pidiendo parecer sobre lo que los indios pedian, haciendo grande hincapie en la veneracion y reverencia que hicieron al adoratorio, y la que tenian ó mostraban tener á la cruz, y repitiendo cómo, visto el adoratorio, se humillaron sin hacer caso del mismo Visorrey ni de los demás que allí estaban, y pidió parecer si seria bien enviar á la tierra Chiriguana algunos sacerdotes, creyendo ser milagro la fiction destos come gente; porque pedir parecer si era fiction, no le pasó por el pensamiento; siempre el Visorrey, y los de su casa, creyeron ser verdad. Es así cierto, que como se iba leyendo la relacion, y viendo el crédito que se daba á estos más que brutos hombres, come gente, me carcomia dentro de mí mismo, y quisiera tener autoridad para con alguna cólera decir lo que sentia, sabia y habia oído decir de las costumbres destos Chiriguanas y sus tractos. Empero, guardando el decoro que es justo, luego que el Visorrey pidió parecer á las Ordenes, yo, aunque no era prelado, sino representaba el lugar de nuestra religion, levantándome y haciendo el acatamiento debido, sin saber hasta aquel puncto para qué éramos llamados, y tornándome á sentar, dije: No se admire Vuestra Excelencia qu'estos indios Chiriguanas hagan tanta reverencia á la cruz, porque yo me acuerdo haber leido los años pasados dos cartas que el reverendísimo desta ciudad, fray Domingo de Santo Tomás, que está en el cielo, de nuestra sagrada religion, llevó consigo á Los Reyes, yendo al Sínodo episcopal, de un religioso Carmelita, scriptas al señor obispo, el cual entre estos indios andaba rescatando indios Chaneses. En diciendo estas palabras, no habiendo concluido una sentencia, sin dejarme pasar más adelante, el Presidente de la Audiencia, el licenciado Quiñones, dice: No hobo tal Carmelita. Empero, estando yo cierto de la verdad que queria tractar, respondí: Sí hobo. El Presidente, por tres veces y más contradiciendo, é yo por otras tantas, no con más palabras de las dichas, afirmando mi verdad; en fin, el licenciado Recalde, Oidor de la Audiencia, volvió por ella, y dijo: Señor Presidente, razon tiene el padre fray Reginaldo: un religioso Carmelita anduvo cierto tiempo entre ellos. Callando el Presidente, y esta verdad declarada, prosigo mi razonamiento y dije: Estas dos cartas, el Reverendísimo, cierto dia, despues de comer y de una conclusion que cuotidianamente se tiene de Teologia en el general della, las sacó al padre prior, que á la sazon era el padre fray Alonso de la Cerda, despues obispo de esta ciudad, y dijo: Mande vuestra paternidad se lean estas cartas, que dará gusto oirlas á los padres. El padre prior me mandó las leyese, y en ellas el padre Carmelita, despues de dado al Reverendísimo alguna cuenta del sitio de la tierra, le decia haber no sé cuantos años, de tres ó cuatro, que entraba y salia en aquella tierra, tractaba con estos Chiriguanas y les predicaba, y no le hacian mal alguno, antes le oian de buena gana, á lo que mostraban, y tenia hechas iglesias en pueblos, á las cuales llamaba Santa Maria, en cuyas paredes hacia pintar muchas cruces, mas que no se atrevia á baptizar á ninguno, ni decir misa, ni para esto llevaba recado; dejábalo en la tierra de paz. A los niños junctaba cada dia á la doctrina, y se la[15] enseñaba en nuestra lengua, y la letania. Delante las iglesias habia hecho su placeta, en medio de la cual tenia puesta una cruz de madera, muy alta, al pie de la cual en cada pueblo enseñaba la doctrina, y otras veces en la iglesia. Persuadia á todos los indios, grandes y menores, que pasando delante de la cruz hiciesen la reverencia; y más decia, que faltando un año las aguas, y las comidas secándose (no es tierra muy lluviosa), vinieron á él los Chiriguanas del pueblo donde residia, y le dijeron: Las comidas se nos secan; ruega á tu Dios nos dé aguas; si no, te mataremos. El cual oyendo el amenaza, dice que se recogió en su corazon lo mejor que pudo, encomendóse á Dios, junctó los niños de la doctrina, púsose con ellos de rodillas en la plaza delante de la cruz, comenzando la letania con la mayor devocion que pudo. Al medio de la letania revuélvese el cielo y llovió de suerte que no pudiendo acabarla donde la habia comenzado, se entró con los niños en la iglesia para acabarla, y dende entonces les proveyó Nuestro Señor de aguas; el año fué abundante de sus comidas; hecho esto y pasada aquel agua, luego hizo su razonamiento á todos los indios que á la letania se hallaron presentes, persuadiéndoles diesen gracias á Nuestro Señor, se enmendasen y reverenciasen mucho á la cruz; decia más, que entre otras cosas que les procuraba persuadir, y algunas veces salia con su intento, era no comiesen carne humana, por lo cual, viendo que ya tenian á pique de matar al chanés para se lo comer, se lo quitaba, y aun casi por fuerza, y no se enojaban contra él; otras veces no podia tanto; reprehendiales gravemente el ser deshonestos con sus hermanas, y referia que un Chiriguana, enamorado de su propia hermana, y ella no arrostrando á esta maldad, hallándola un dia aparte donde le pareció poner podia su maldad en ejecucion, ella se le escapó de las manos y corriendo se le entró en la iglesia, donde el perro Chiriguana y bestial no se atrevió á entrar, y visto por la hermana le dijo: Bellaco, yo diré al padre te castigue; ¿no se te acuerda que nos dice que manda Dios no hagamos esta maldad? La muchacha diciéndoselo reprehendió al hermano ásperamente. Reprehendiales gravemente el vicio bestial de comer carne humana, á lo cual algunas veces le respondian que si la comian era asada ó cocida, pero que no treinta leguas de allí habia otros indios muy dispuestos, llamados Tobas, que la comen cruda; estos eran malos hombres, y no ellos, porque cuando van en el alcance, al indio que cogen, echándoselo al hombro y corriendo tras los enemigos, se lo van comiendo vivo á bocados; y que si queria, le llevarian á la tierra destos gigantes, á los cuales por verlos hizo le llevasen allá, y decia que los habian visto desde un cerro, mas que no se atrevieron á bajar al llano, y á su parecer serian de estatura de tres varas y media, ó cuatro de alto, fornidazos, y visto, dió priesa á los Chiriguanas se volviesen antes de ser sentidos, y este valle dista, á su parecer, no cien leguas de la ciudad de La Plata. Todo esto, dije, yo leí en el lugar referido; por lo cual, no es milagro reverencien tanto á la cruz, enseñados por aquel padre carmelita. En lo tocante al milagro que dicen Dios les ha enviado un ángel que les predica y ha mandado vengan á Vuestra Excelencia á pedir sacerdotes, y lo demás, téngolo por fiction, y aun por imposible, porque esta es una gente que no guarda un punto de ley natural, tanta es la ceguera de su entendimiento; y á éstos enviarle Dios ángel no es creible, porque es doctrina de varones doctos, que si hobiese algun hombre que en la edad presente, gentil, que guardase la ley natural, volviéndose á Nuestro Señor con favor suyo, Su Majestad le proveería de quien le diese noticia de Cristo, porque dice San Pedro que en otro no hay ni se halla salud para el ánima, como envió á San Pedro á Cornelio, y á Filipo diácono al eunuco, y á los Reyes Magos trujo con una estrella; aunque no niego que Nuestro Señor, usando de su infinita misericordia, no pueda hacer con éstos lo que dicen, pues los hombres igualmente le costamos su vida y sangre; mas los que agora éstos dicen téngolo por falsedad y fiction. En lo que toca á irles á predicar, si la obediencia no me lo manda (no me atreveré á ofrecerme á ello) iré trompicando. Lo que éstos pretenden es: saben que Vuestra Excelencia hizo guerra al Inga, le sacó de las montañas donde estaba, trújolo al Cuzco é hizo dél justicia, y temen Vuestra Excelencia ha de hacer otro tanto con éstos, por los daños que en los vasallos de Su Majestad y en los pobres inocentes han hecho y hacen, y quieren entretener á Vuestra Excelencia hasta que tengan todas sus comidas recogidas y puestas en cobro, y los Chiriguanas que están agora en esta ciudad, á la primera noche tempestuosa se han de huir y dejaran á Vuestra Excelencia engañado. Dicho esto y otras cosas, hecho mi acatamiento, concluí mi razonamiento. El padre guardian de San Francisco, llamado fray Diego de Illanes, pidiéndole su parecer, dijo: No parece, Excelentísimo señor, si no queremos negar los principios de Filosofía, sino que Nuestro Señor ha guardado la conversion destos Chiriguanas para los felicísimos tiempos en que Vuestra Excelencia gobierna estos reinos; y poco más dicho, cesó. El padre prior de San Augustin, fray Hierónimo, no era hombre de letras, buen religioso, remitióse al parecer de los que mejor sintiesen; lo mismo hizo el padre Comendador de las Mercedes. El padre fray Juan de Vivero, que acompañaba al padre prior de San Augustin dijo que iria de muy buena gana á predicarles, como en público y en secreto lo habia dicho muchas veces.