De las informaciones hechas por la interpretación de Jimenillo, resultó alguna culpa contra los Ingas que vivian en el Cuzco, y en particular contra don Carlos, casado con una española, de la cual tenia entonces un hijo niño, llamado don Melchior; decian que los Ingas de los Andes y los demás del Cuzco le habian jurado por rey destos reinos, por lo cual se procedió contra don Carlos. Quitóle el Visorrey la casa y puso en ella guarnición de soldados lanzas y alguna artilleria, é indios Cañares, en la cual se guardaban las costumbres que en las fortalezas, y por castellano á don Luis de Toledo, caballero muy principal y deudo suyo.
Privó á don Carlos de los indios que tiene perpétuos; empero apelando por via de agravio, el Audiencia de Los Reyes se los ha vuelto, y casas y demás haciendas, y por su muerte las posee su hijo, ya hombre, casado con una española; á los demás Ingas desterró para Lima, y no sé si aun para Tierra Firme, los cuales apelando como don Carlos, los más murieron en Los Reyes, como mueren muchos de los serranos, y de los que volvieron de sus casas al Cuzco libres por el Audiencia, venian tales de la tierra callente, que en llegando acabaron sus dias; de suerte que de los Ingas descendientes de Guaina Capac, ninguno, ó pocos, ha quedado.
[CAPITULO XXVII]
EL VISORREY EN SU VIAJE SE ENCONTRÓ CON EL GOBERNADOR CASTRO
Todas estas cosas concluidas y dado asiento en otras, salió el Visorrey don Francisco de Toledo del Cuzco, prosiguiendo su visita para el Collao, en el cual, en el pueblo llamado Pucara, famoso porque allí se desbarató el tirano Francisco Hernandez, se encontró ó halló al gobernador Castro, que bajaba de la visita de la Audiencia de la ciudad de La Plata, á quien preguntando el Visorrey y diciendo: ¿Qué le ha parecido á vuestra señoria de la tierra que ha visto, é yo tengo de ver? respondió: Paréceme, señor, que Su Majestad debe hacer merced á los hijos é descendientes de los conquistadores, muy crecidas, porque si nosotros, que caminamos en hombros de caballeros (y es así, en lo llano caminaban en literas de acémilas, y en los malos pasos, ó cuestas, en literillas de hombros), comiendo á cada paso gallinas, capones, manjar blanco, con todo el regalo posible, y no nos podemos valer del frio por la destemplanza del aire y altura de la tierra, los desventurados que andaban por aquí á pie, descalzos, las armas acuestas, con un poco de maíz tostado y papas cocidas, conquistando el reino á Su Majestad ¿qué no merecen, y por ellos sus hijos? Palabras verdaderas que procedieron de un ánimo cristiano, benignísimo, muy prudente y gran servidor de Su Majestad, pues conocia las mercedes que Su Majestad, para descargo de su conciencia, debia hacer á los descendientes de los conquistadores; pero es la desventura de los conquistadores, pobladores, y de los que de muchos años en estas partes vivimos, ó por mejor decir, son nuestros pecados, y de nuestros padres, que no hay quien venga de España, en la cual no se saben tener en una burrica, ni limpiar las narices, ni en su vida echado mano á la espada, (helos visto, en todo género de estado), que no les paresca, los que vivimos en estos reinos de antiguo, que somos poco menos que indios, y merecen ellos más en venir, que los miserables conquistadores, pobladores, ni sus hijos é nietos, ni los que ayudan á sustentar este reino y lo han ayudado á sustentar de cincuenta años á esta parte; pero hase de cumplir como se ha cumplido y se va cumpliendo, que por ser un discurso notable lo quiero escrebir.
En el reino de Chile hay una ciudad llamada Valdivia, de la cual tractaremos cuando de aquel reino tractaremos; poblóla don Pedro de Valdivia, el primero gobernador de aquella tierra; fué muy rica de oro y de indios; estaba el don Pedro de Valdivia en la plaza sentado en un poyo arrimado á la pared de la iglesia, en buena conversacion, alegre, con otros vecinos conquistadores con él allí asentados; levantóse á deshora y comenzóse á pasear delante dellos, la cabeza baja y mustio; admirados los vecinos, uno dellos le preguntó: Señor, ¿no estaba vuestra merced agora (no habia señoria para los gobernadores) aquí con nosotros en buena conversacion y alegre? ¿qué tristeza es esa? Respondió: Rueguen vuestras mercedes á Nuestro Señor por mi salud; paréceme tengo de vivir poco (y no vivió seis meses), y la causa de parecer estoy triste es que se me ha representado aquí agora que están en Valladolid (la corte residia allí entonces) los niños en las cunas y otros que se andan paseando ó pasearán por ella muy pintados con medias de aguja y zapatos acuchillados, que han de venir á gozar de nuestros trabajos, y nuestros hijos é nietos han de morir de hambre; si así pasa, testigo es todo el reino, éste y el otro, y el otro.
[CAPITULO XXVIII]
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO LLEGA Á POTOSÍ Y DE ALLÍ Á LA CIUDAD DE LA PLATA
Despidiéndose de Pucara el Visorrey del gobernador Castro, el uno para España y el otro para Potosí, el Visorrey llegó á Potosí, donde se le hizo un costoso recibimiento y muy bueno, como en las demás partes, y deteniéndose allí poco tiempo, no creo fueron tres meses ó cuatro, por la destemplanza del asiento (entraba ya el verano, que es el tiempo más frio) para dar asiento á las cosas de aquel pueblo, muchas y muy graves, vínose á la cuidad de La Plata, temple más moderado mucho, y donde á todo tiempo y todas horas se puede negociar, y donde reside el Audiencia, y los vecinos de aquella provincia; presidia en el Audiencia el licenciado Quiñones; los Oidores, licenciado Haro, licenciado Matienzo, licenciado Recalde, doctor Barros; fiscal, licenciado Rabanal, todos en sus facultades eminentes y buenos jueces; hízosele al Virrey muy bueno y costoso recibimiento; sirvióle la ciudad con un caballo en que entrase, del más galano pellejo que se ha visto; no parecia sino un brocado de tres altos, crin y cola blanca, y muy bueno, en quien entró debajo de su palio. El Audiencia (esto vímoslo todos los religiosos y otras personas eclesiásticas, prebendados y los demás que allí estábamos aguardando para recebir en la Iglesia con la Sede vacante al Visorrey); el Audiencia, digo, habia mandado llevar sus sillas con asientos y respaldares de terciopelo carmesí, fluecos grandes de oro y seda; no faltó quien dello dió aviso al Visorrey, y viniendo ya cerca de la ciudad envió un criado ó portero que las quitase y pusiese una de las más comunes con guarniciones de cuero, y no muy nuevo. Es el Audiencia avisado desto; envian un portero y quitan las mandadas poner por el Visorrey, é pone las de la Audiencia, las cuales se quedaron. Los que allí estábamos, viendo quitar unas sillas é poner otras, admirábamos; en la rueda estaba el licenciado don fray Pedro Gutierrez, su capellan, que fué del Consejo de Indias, y dijo: como su excelencia fué criado del Emperador Rey nuestro señor, es muy ceremoniático (propias palabras) y así quiere que todo se guarde muy puntualmente; pero el Audiencia se asentó en sus sillas y dende adelante sin innovarse otra cosa.
[CAPITULO XXIX]
EL VISORREY DIÓ ASIENTO Á LAS TASAS Y COSAS DE POTOSÍ
En esta ciudad de La Plata concluyó la tasa de los indios á ella subjetos, y los de la provincia de Chucuito, y dió asiento á muchas cosas acerca del cerro de Potosí y azogue; tasó los jornales que se habian de dar á los indios señalados para el cerro; hizo muchas ordenanzas acerca del buen gobierno de los naturales y españoles, justas, aprobadas despues por el Consejo Real de las Indias; empero pocas se guardan y no nos admiramos, porque la ley de Dios es más justa y á cada paso la[12] traspasamos. En estas ordenanzas manda se castiguen con rigor las borracheras, que si los corregidores de los partidos las ejecutasen, no habria tan poca cristiandad en los indios.
En este tiempo se descubrió el beneficio de los desmontes, que es el metal desechado de los señores de las minas, y sacado fuera dellas sin hacer caso dello más que de escoria, y por el tiempo que duró, que fué poco, se sacó mucha cantidad de plata, lo cual viendo, hizo una ó dos ordenanzas acerca desto, muy buenas y justificadas: la una, que los declaraba por bienes comunes, pero que ninguno pudiese recoger más metales de aquellos que en quince dias pudiese beneficiar, so pena de tanto; ley bonísima para que los que tenian muchos indios, beneficiasen como muchos; los que no tantos, como no tantos; y porque los que tenian muchos indios no se ocupasen en amontonar, y á los pobres no dejasen desmontes, mandó tambien que los señores de minas no se pudiesen aprovechar de desmontes ni los beneficiasen, aunque estuviesen dentro de sus pertenencias y les hobiese costado su plata sacarlos fuera de sus minas.