Sabido por el Presidente de la ciudad de La Plata, licenciado Juan Ramirez de Quiñones, y Oidores, despacharon al licenciado Recalde, Oidor de aquella Real Audiencia, con poderes bastantes para cognocer y hacer justicia y lo demás necesario; el cual, llegando á la provincia de Chucuito, y poniéndose lo más cerca que pudo de la provincia de los Chunchos, donde estaba Tordoya con sus secuaces, los curacas de los indios Chunchos le enviaron sus mensajeros á decir qué queria que hiciesen de aquellos españoles que allí se habian recogido; les respondió que los matasen todos; lo cual los indios hicieron de muy buena gana, porque ninguno dellos jamás salió de aquella provincia.
Proveyó Su Majestad por Visorrey destos reinos á don Francisco de Toledo, el cual, llegando á la ciudad de Los Reyes, tomó residencia al gobernador Castro, contra quien no halló en qué condenarle, porque Su Majestad le mandaba que, dada la residencia, subiese á visitar el Audiencia de la ciudad de La Plata, subió á visitarla, lo cual hizo con toda la rectitud y cristiandad posible; yo me hallé entonces en aquella ciudad; á unos privó, á otros condemnó, á otros de los Oidores suspendió. Contra quien no halló querella ni otra cosa fué el fiscal, el licenciado Rabanal, que hacia su oficio muy cristianamente. Hecha esta visita volvió á la ciudad de Los Reyes, y dende á España con próspero viaje, donde dentro de pocos meses murió (dicen) Presidente del Consejo de Indias, loablemente.
[CAPITULO XXV]
DEL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO
Sucedió (como acabamos de decir) al humanísimo gobernador Castro don Francisco de Toledo, caballero del hábito de Alcántara, de bonísimo y delicado entendimiento; fué recibido en Los Reyes con la solemnidad acostumbrada. Luego dentro de pocos meses procuró reformar algunas cosas en la ciudad dignas de reformación, de servicio de Dios Nuestro Señor, que fueron ciertos públicos amancebamientos, los cuales reformados, y aun castigados, y acabada la residencia del gobernador Castro, en la cual tuvo poco que entretenerse, salió á visitar todo el reino, como traia órden de Su Majestad para ello, cosa necesarísima para todo el reino, de Lima hasta Potosí, que es lo principal, y siendo informado, y viéndolo en muchas partes por vista de ojos, cuán derramados vivian los indios en poblezuelos pequeños, si no eran los del Collao, que éstos tenian sus pueblos grandes y formados, y aun aquí se redujeron no pocos que habia en la Puna, ó Xalca (Puna ó Xalca llamamos á la tierra fria donde se cria el ganado), mandó hacer esta reducción, de muchos años por los sacerdotes deseada; obra de mucho trabajo, por la dificultad que en los indios se halló para dejar sus casillas donde sus antepasados habian vivido, pero de gran bien para la instrucción de los naturales en la doctrina cristiana, porque antes pueblos que hora son de trescientos vecinos y cuatrocientos, y más, estaban divididos en más de diez y doce poblezuelos, en circuito de más de tres leguas; por lo cual el sacerdote vivia en perpétuo movimiento, fuera de que, como en esta miserable gente ha entrado tan mal la fe y ley evangélica, volvíanse fácilmente á sus idolatrias y ritos antiguos. Agora, viviendo el sacerdote con ellos y ellos con el sacerdote, evítanse grandes inconvenientes, y acúdese á las confesiones y administración de sacramentos con mucha facilidad. Tasó de nuevo la tierra, y en muchas partes, por hallar multiplicados los indios, ó por ser la tierra más rica, subió los tributos. Pocos, creo, rebajó; á la provincia de Chucuito (como habemos dicho) lo que va á decir: de 36.000 pesos ensayados á 102.000, en lo cual si acertó ó erró, Nuestro Señor lo ha ya juzgado. En las tasas señaló el salario á los sacerdotes, á los corregidores de los partidos, porque antes pagábanlo los indios fuera de la tasa, y al curaca principal; luego al encomendero. Las más de las tasas redujo casi á plata, quitando no pagasen los indios tributos en cosas que en sus tierras tenian, conforme á las cédulas de Su Majestad hasta entonces usadas y guardadas; por lo cual la tierra ha venido á carecer de las menudencias que antes andaban rodando.
La tierra estaba más harta, y las casas de los vecinos más abundantes y llenas, y los indios con menos trabajo pagaban sus tributos, porque como parte fuese en plata, parte en ropa, parte en trigo, maíz, sogas, alpargates, gallinas, huevos, cebones, etc., si no era la plata, lo demás tenian en su tierra sin salir della; agora en las partes donde las redujo á plata, han de salir los miserables á buscarla á otras partes, á donde no pueden ayudarse de sus mujeres, y así las dejan, y hijos, y unos se mueren, otros se quedan, otros se meten en valles apartados de su natural, donde ojalá y no se casen otra vez; y con estos y otros inconvenientes, los más de los pueblos padecen detrimento, lo cual experimentamos con evidencia, porque en pueblos de 1.000 vecinos tributarios no se juntan á la doctrina, los domingos y dias para ellos forzosos, 250, y al respecto en lo demás. Allégase á esto para que acudan menos los tractos y contractos de los corregidores, que ocupan los indios enviándolos lejos de sus tierras, particularmente los del Collao, por trigo é maíz, más de treinta y cuarenta leguas, y por vino á la ciudad de Arequipa y á otras tierras de los Llanos, adonde corren riesgo de salud; por lo cual lo que se pensó que poner los corregidores habia de ser para bien de los naturales y para librarlos de las tiranias de los curacas, y malos tractamientos de algunos españoles, y para el augmento de sus haciendas, es la total destruicion de las haciendas de los indios, y mayor cuando se les ponen administradores, como los más los tienen, y para diminucion de los naturales.
Libráronlos, y no quedaron muy libres de las manos de los curacas, pero los malos corregidores apodéranse dellos, y si no digo la provincia de Chucuito, que es fama pública en el reino haberse ido della, dejando sus mujeres, hijos y haciendas, más de 8.000 indios á la provincia de los Chunchos, indios de guerra, de donde han enviado á decir no volverán á sus tierras mientras así los tractaren; no es posible sino que sean apóstatas, y se vuelvan á sus idolatrias; yo he visto muchas veces esta tierra desde Los Reyes á Potosí, donde la obediencia me ha enviado á servir con lo que mi pobre talento alcanza, y he tenido muchos dares y tomares con los corregidores de los partidos, y administradores, sobre las haciendas de los indios y sus menoscabos, y no hay hacerles creer á los administradores que son como tutores de los indios, y que así como el tutor no puede sacar para sí, ni por sí, ni por tercera persona, la hacienda de la menor, ellos tampoco la pueden sacar, por más razones que se les traigan delante, porque están persuadidos que, dando lo que otro diera por ella, ellos la pueden sacar, y no hay sacarlos de aquí, y corregidores, preguntándoles si juran guardar las ordenanzas de corregidores, me han dicho que no, y por esto los tractos y contratos son no pocos, en sus distritos, con gran detrimento de los indios, de los cuales pusiera aquí algunos si fuera deste intento tractarlo, los cuales he visto con mis propios ojos; tambien para los caminantes es inconveniente, porque como los corregidores malos vendan en ellos todo lo necesario, pan, maíz, vino, tocino y otras cosas, ¿cómo han de poner los precios en el arancel? lo más subidos que pudieren, de suerte qu'el arancel y lo en él contenido es del[11] corregidor. Los bienes de las comunidades que se sacan á vender en pregones, cuales son carneros de los nuestros, carneros de la tierra, coca, maíz y otras cosas, los que los han de rematar lo sacan para sí, echando terceros, y luego se sabe es para el corregidor, protector ó administrador, y por ventura para todos tres; porque el lobo y la vulpeja, si alguno lo quiere poner en precio, luego le dicen á la oreja: no hable en ello, porque es para el corregidor, so pena que si lo hace se malquista con los tres, y lo echan del repartimiento, donde el pobre anda afanando un tomin, y desta suerte ¿cómo no se han de menoscabar las haciendas de los indios? Diré lo que me dijo un indio, agora catorce años, yendo á Potosí, y llegando á la venta llamada de En Medio; pedíle una frezada para una noche, que es como bernia de marinero, y es uso darla á los pasajeros; respondióme no la tener; díjele: ¿Tú no eras del general Lorenzo de Aldana? respondióme: Sí; díjele: Pues ¿qué es de tanta hacienda como os dejó, vacas, ovejas y otras más, para que me digas no tienes un chusi? Así se llaman estas frezadas; respondióme: Estos administradores lo han destruido todo. Pues es así verdad, que tenian tanto ganado de todo género, y principalmente vacas y ovejas nuestras, cuando los padres de San Agustin que doctrinan á estos indios eran los administradores de sus haciendas, por institucion del general Lorenzo de Aldana, que viviendo yo en la ciudad de La Plata, donde cae este repartimiento, que es el de Paria y Capinota, se vendieron en la plaza, en pública almoneda, 3.000 cabezas de vientre, de vacas, á 30 reales, puestas donde el comprador las quiso. Pues de donde se sacan 3.000 cabezas para vender, ¿cuántas han de quedar? más habian de quedar de 6.000; si agora tienen ganado, sea testigo la experiencia. En esto que vamos tractando no culpamos al Visorrey don Francisco de Toledo, porque esto es cierto que no puso los corregidores para la destruicion de los indios, ni para que se aprovechasen de la plata de la comunidad, como parece por las ordenanzas que hizo, muy justas y buenas, y por las penas puestas á los corregidores, tractantes y administradores, sino para el bien de los naturales; pero la avaricia ha crecido tanto que por ventura convernia quitarlos; porque yo sé de un corregidor, proveido por el mismo don Francisco de Toledo, hijo de un Oidor de Lima, y corregidor del repartimiento que vamos tractando, que diciéndole tractaba con la plata de la comunidad, envió á hacer informacion secreta contra él, y le castigara, por más hijo de Oidor que fuera, por las penas puestas, sino que fué avisado, y cuando el que habia de hacer la informacion llegó, halló las cajas llenas y enteradas. Poner administradores para las haciendas de los indios no sé si fuera tan acertado, porque más haciendas tenian cuando ellos las gobernaban, puesto un indio de razon por administrador, y tambien sé que gobernando don Francisco de Toledo, no se atrevian los corregidores á tractar ni contractar tan públicamente como agora. Oí decir á uno y delante de muchos: El Visorrey no me envia para que me esté mano sobre mano, sino para que me aproveche; y así, juro á tal, que en viendo la ganancia al ojo no se me ha de ir de las manos, y en dos años sacó con que vive honradamente.
[CAPITULO XXVI]
DE LA GUERRA QUE HIZO AL INGA
Prosiguiendo su viaje don Francisco de Toledo, Visorrey destos reinos, desde Guamanca al Cuzco, y llegando á esta ciudad, fué recebido solemnísimamente por el cabildo della y demás ciudadanos, y en la puerta de la ciudad, jurando de guardar los fueros y derechos della; al tiempo de firmar, el escribano de cabildo le dió una pluma de oro con que firmase. El primero dia de fiesta se lucieron muchas con toros y juegos de cañas guarnecidas con plata. Descansando allí unos pocos de dias del trabajo del camino, que lo es y muy áspero, aunque para Virreyes, obispos, prelados y otros personajes desta calidad no lo es tanto, llevando desde Guamanga noticia de los daños que los Ingas que se quedaron en los Andes y no quisieron salir cuando el marqués de Cañete el Viejo, de felice memoria, sacó al Inga (como dijimos), determinó por bien ó por mal sacarlos, allanarlos y reducirlos al servicio de Su Majestad, porque salian con mano armada y hacian particularmente daño, robando y matando en los términos de Guamanga y el camino Real que hay desde allí al Cuzco; por lo cual nombró sus capitanes á Martin de Arbieto de Mendoza, capitan general, á Martin de Meneses capitan, vecino del Cuzco, y á otros, é publicó la guerra con toda solemnidad acostumbrada; envió algunos criados de su casa, lanzas y arcabuces, que salieron desde Lima acompañándole, como tenian obligacion, mal pagados; entraron en las montañas de los Andes; los Ingas habian alzado y jurado á su modo por rey á un Inga, muchacho de 18 á 20 años, de la casa de los Ingas señores, porque viejo ni otro no habia más cercano; los cuales, viendo la pujanza de los españoles, ni los esperaron á batalla ni acometieron; antes se fueron huyendo un rio grande abajo, en pos de los cuales en balsas los nuestros se echaron; alcanzáronlo y prendieron al pobre muchacho y los principales de sus capitanes, con los cuales se volvieron al Cuzco muy victoriosos, porque ni de la parte de los nuestros ni de los Ingas hobo derramamiento de sangre.
Llegados al Cuzco, mandó el Visorrey que en la fortaleza que llaman del Cuzco, casa de don Carlos Inga, hijo de Paulo Inga, el cual ayudó á los españoles á conquistar el Collao con 40.000 indios que traia consigo, é fué con don Diego de Almagro el viejo á Chile, que no es muy fuerte, le mandó poner preso, creo sin prisiones; empero á sus capitanes todos en ellas y á buen recado con guarda de españoles lanzas y arcabuces, y de indios Cañares. Procedió contra el Inga y sus capitanes, y mandó á religiosos de nuestro convento del Cuzco los industriasen y enseñasen las cosas de la fe, para que si quisiesen ser cristianos los baptizasen, y lo mismo al Inga, los cuales, particularmente el Inga, como era de poca edad, en breve deprendió las oraciones, y persuadiéndole fuese cristiano y pidiese el sacramento del Baptismo, lo hizo é fué baptizado. El Visorrey procedia y hacia sus informaciones contra el Inga é los demás, que cometió al capitan general, y por lengua á un mestizo que consigo traia para este objeto, muy gran lengua y en la nuestra muy ladino, llamado Fulano Jimenez, empero en comun llamado Jimenillo; hechas, pareció, conforme á lo que el Jimenillo interpretaba, tener mucha culpa el Inga de los robos é muertes que los suyos hacian, saliendo á hacerlos al distrito de Guamanga y camino Real de allí al Cuzco, y condenóle el Visorrey á cortar la cabeza; hicieron en la plaza su cadahalso para el dia señalado, y aunque fué importunado el Visorrey por el reverendísimo de Popayán, augustino, que se halló en el Cuzco, varon religiosísimo, tenido en su obispado y acá por un hombre perfecto, no quiero decir sancto, amado de todo el reino, que de rodillas, no es encarecimiento, le suplicó no le justiciase, sino lo enviase á Su Majestad, porque era muchacho y habia poco tiempo le habian jurado por rey, y no era posible que entendiese ni mandase hacer aquellos robos ni muertes que se habian hecho, y cargando los prelados de las Ordenes, no fueron poderosos para que no ejecutase la sentencia dada; sacáronle, y subiéndole al cadahalso para cortarle la cabeza, y viendo el pobre muchacho que no habia remedio, sino que habia de morir, dijo: Pues ¿para matarme me persuadieron me baptizase y fuese cristiano? Lo cual en los que se hallaban presentes causó muchas lágrimas y sentimiento, pero no aprovechó cosa alguna para que se le otorgase la vida. Cortáronle la cabeza y á los capitanes ahorcaron, y en una frontera llamada Villcabamba mandó el Visorrey poblar un pueblo, donde puso por capitan general de aquella frontera y provincia al mismo Martin de Arbieto, y el dia de hoy está poblada, y la tierra pacífica; empero Martin de Arbieto es ya muerto y el Visorrey tambien, los cuales de la justificacion han dado cuenta, y si fué justa, lo habrá Nuestro Señor pagado, y lo mismo si injusta.