[CAPITULO L]
QUITO NO QUIERE RECIBIR LAS ALCABALAS, Y MEDIO SE REBELA

Entre todas las cibdades destos reinos, sola la de Quito no quiso acudir á lo que al servicio de su Rey debia, en la cual no sé cuántos criollos (así llamamos á los acá nacidos) de poco juicio, particularmente al que tomaban por cabeza, un muchacho de treinta años, de poca cordura y menos experiencia, que no sabia limpiarse las narices, encomendero y de buena renta y bastantes haciendas, casado, hijo del contador Francisco Ruiz, á quien conocí, conquistador y gran servidor de Su Majestad en la tirania de Gonzalo Pizarro. Estos, con otros nacidos en España, no quisieron recebirlas, y casi se pusieron en arma, á los cuales el Audiencia Real no fué poderosa para refrenarlos, no sé si por faltar el ánimo al Presidente, doctor Barros, y á los demás Oidores, ó por otros respectos de atraerlos por bien.

Tuvieron éstos más que necios hombres por muchos dias nombrados sus oficiales de guerra, y cada dia su escuadron en la plaza de 1.800 hombres, los más arcabuceros.

El que los bandeaba y por cuyo consejo particularmente se regian era un Fulano Vellido, hombre bajo y atrevido, muy adeudado, lo cual le sacó de juicio á ser el autor deste disparate; empero, viendo el Audiencia que el todo deste dependia, dió órden cómo en secreto, en una reseña que ellos hacian, le matasen, en la cual le dieron dos arcabuzazos, de que murió en su cama, sin saber los demás quién se los dió. Era cosa de muchachos y como muchachos se perdieron.

El Marqués, con cartas y mensajeros y con todos los buenos medios posibles, prudentes y amigables, les rogaba se quitasen y no quisiesen ir contra el servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad, y no se señalasen ellos solos, habiendo el Cuzco, la cibdad de La Plata y Potosí, con las demás del reino, admitido las alcabalas, enviándoles testimonio de todo; y no aprovechando cosa alguna, antes cada dia se iban desvergozando más, determinó el Marqués enviar allá con título de capitan general y justicia mayor al General de las galeras, Pedro de Arana, con cincuenta lanzas y arcabuces, el cual partiendo del puerto y llegando á Guayaquil, de donde sacó alguna más, convocó tambien de la ciudad de Cuenca otra poca, y con toda ella se puso á 25 leguas de Quito en el pueblo de Riobamba, amonestándoles se redujesen al servicio del Rey, deshiciesen la gente, no saliesen cada dia en alarde á la plaza y despidiesen los oficiales de guerra que tenian nombrados, y á la Audiencia dejasen libremente hacer justicia, no la teniendo opresa; pero todo era cantar á sordos, porque á un regidor de Quito, llamado Francisco ó Pedro de Arcos, enviaron á un pueblo llamado Llactacunga, doce leguas de la cibdad, hombre de más de 80 años, á hacer pólvora, que es la mejor del mundo (son los materiales bonísimos), el cual, llegando, luego quitó la vara al corregidor del Rey, puso otro en su lugar, hizo su pólvora, y desde allí enviaba cartas de desafio al general Pedro de Arana, diciéndole se volviese, y si no queria, que ya ambos eran viejos y podian vivir poco, que los dos en campo averiguasen la justicia deste negocio; mas el General disimulaba y reiase de la locura del regidor; este buen hombre escribió tambien á los de Quito le enviasen ducientos arcabuceros, que él echaria de la tierra al General Arana, aunque con otras palabras, llamándole vejezuelo; los de Quito no se atrevieron, ó por no acabarse de declarar ó por otros respectos. Si lo hacen, se declaran totalmente, y declarados teniamos la guerra civil en casa.

Mas el General Pedro de Arana fué madurando y esperando, y cansándolos, con mucha prudencia, hasta que vinieron á deshacer la gente y á no salir, ni estar en escuadron en la plaza, en el cual, si no eran algunos vecinos viejos, los oficiales de la Audiencia y los del Sancto Oficio, todos los demás entraban en el escuadron cada dia, y el comisario de la Inquisicion con sus ministros, uno de los cuales es hermano mio, que sirve el oficio de notario, salió de la cibdad y fué hasta Riobamba, donde estaba el General Arana, á ofrecerse á todo lo que les mandase, como servidores de Su Majestad; recibiólos muy bien y mandólos se volviesen á la cibdad para que le avisasen de lo que pasaba. Así, deteniéndose y madurando las cosas con mucha prudencia, el mismo que habia de ser cabeza, Juan de la Vega, se le vino á rendir y á excusar; mandóle tambien con otros no sé cuántos mozos que con él vinieron, se volviesen y quitasen; volviéronse y quitáronse; ya no habia estruendo de armas en la cibdad, en la cual fácilmente entró; puso en libertad al Audiencia, su gente apercebida en la plaza; haciansele las ceremonias de guerra que se suelen hacer á los Generales cada dia; prendió, procedió contra los culpados; á los que pudo haber á las manos ahorcó, y entre ellos al vejezuelo Arcos, dándole por traidor, derribándole su casa y arándosela de sal; fueron 24 ó 25 los que justició, y justiciara á más si el Marqués no le fuera á la mano, teniendo y usando de misericordia con los presos; á Juan de la Vega no le pudo haber; vínose á escondidas á la cibdad de Los Reyes; confiscóle los bienes y dióles por perdidos; quitóle la encomienda de los indios; perdió su casa, hacienda y el nombre que su padre habia ganado. El marqués[25] no supo estaba en Lima escondido; los que le tenian escondido[26] dieron órden cómo se fuese á España y presentase delante de la Majestad del Rey nuestro señor, ó de su Consejo Real de Indias, que teniendo atención á los servicios de su padre, que por ser conquistador y servidor del Rey en la tirania de Gonzalo Pizarro le quitó los indios y sus haciendas, y le hizo ir huyendo á México, le perdonaria; mas el miserable de su hijo, por querer ser traidorcillo, perdió cuanto le dejó su padre; argumento eficaz que confirmó aquella verdad: No gozarán los terceros herederos los bienes mal ganados. No sabemos si Su Majestad ha usado con él de su acostumbrada clemencia. Los religiosos de las Ordenes mostraron lo que debian en servicio de Dios Nuestro Señor y de su Rey, si no fué uno á quien sus prelados castigaron rigurosamente con justicia.

Los nuestros, entre los demás, cuando tenia esta desbaratada canalla á los Oidores como presos y opresos, sin consentir se les diese de comer, rompiendo por el escuadron entraban en las casas reales, y les llevaban la comida en las mangas de los vestidos. Si estos traidorcillos se declararan de todo puncto, mucho era el riesgo que se corria de perderse el reino, porque ni por mar ni por tierra les podian hacer daño; tiene pasos fortísimos aquella provincia para entrar en ella, los cuales ocupados, no dejaran entrar un pájaro, y de asentadero pueden derribar á los que contra ellos fuesen, y mientras más fueran, más perdidos; por lo cual ni el Marqués ni el General Pedro de Arana tienen que atribuirse mucho en esta pacificacion, sino atribuirla toda á Nuestro Señor, como lo hicieron, y á las oraciones y diciplinas de todos los conventos de la cibdad de Los Reyes; soy testigo que en el nuestro todas las noches despues de maitines habia oracion comun, y en la casa de novicios tres dias en la semana tambien disciplina y oracion comun sin la que habia en la iglesia de los padres sacerdotes, que en ella se quedaban en oracion particular, y despues andaba la disciplina, todos suplicando á Nuestro Señor no nos castigase con guerra civil. Nuestro Señor dió la paz, que no se esperaba por manos solas de hombres poderse alcanzar.

Lo mismo se hacia en los demás monasterios; yo escribo lo que en el nuestro vi, y fué la Majestad de Dios servida se apagase aquesta centella, por hacernos á todos merced. Ganada esta paz, llana la cibdad, castigadas las cabezas y otros que se habian desvergonzadamente señalado, el Visorrey proveyó por corregidor y con título de capitan general á don Diego de Portugal, caballero muy conocido y de partes muy necesarias para aquella cibdad, mandando se viniese el General Pedro de Arana á la cibdad de Los Reyes para hacerle merced, en nombre de Su Majestad, por sus servicios. El cual llegando al Callao por la mar, donde el Marqués estaba despachando contra un inglés, como luego diremos, que ojalá llegara un mes antes, le recibió muy bien y dióle 6.000 pesos de renta por dos vidas; empero, como era muy viejo, gozólos poco: dentro de breves meses murió. Otras sombras de rebelion hobo en el Cuzco, de gente muy baja, que es asco tractar sus oficios, ni ponerlos en historia: un botijero y un no sé qué más, pagaron su desvergüenza en la horca, porque otro lugar mejor no merecian.