Hecho esto, con toda la seguridad del mundo se hizo la aguada y leña, y pasados quince dias despues de llegados, los nuestros desampararon la isla y puerto. Salieron en demanda de las islas que en el primer viaje descubrió el Adelantado. Otro dia siguiente se descubrieron unas islas bajas de muchos arrecifes, y detrás dellas tierras altas, con lo cual se alegró el Adelantado, diciendo ser aquéllas las que buscaban; mandó al piloto arribase sobre ellas; por el mucho viento contrario, con mucho descontento de todos, prosiguieron adelante, consolándoles el Adelantado y certificándoles que poco más adelante descubririan muchas más islas, porque de cinco grados á quince eran sin número. No fué cuerdo el Adelantado en desamparar lo que Nuestro Señor le habia dado, porque de allí se pudiera descubrir lo demás. En breves horas perdieron de vista estas islas y navegó muchos dias sin ver tierra, mas vian gran cantidad de pájaros de la mar; desafuciado de verla, navegando de diez á once y á doce grados se descubrió un farelloncillo redondo, no de media legua, con algunos arbolillos, despoblado, blanco con el estiércol de los pájaros; pensóse se hallaria alguna isla cerca, mas salióles al revés su pensamiento, porque desde que desampararon las islas, en dos meses, poco menos, no encontraron con tierra, por lo cual toda la gente iba muy desgustada, perdidas las esperanzas de hallar otra ocasion como la pasada, faltos de mantenimientos y de agua, aunque Nuestro Señor proveyó de algunos aguaceros con que recogieron alguna. Pasados estos aguaceros hubo unas nieblas muy grandes y oscuras, por ocho ó diez dias; al fin dellos se descubrió tierra; salieron todos á verla como si vieran su salvacion: era una isla muy larga, y á la una parte della se descubrió un volcan que de rato en rato lanzaba mucho fuego; cuando llegaron á este paraje faltó la nao Almiranta, y preguntando á la galeota y fragata por ella, respondieron no la haber visto despues que la noche antes la vieron á sotavento de la Capitana, de la cual respuesta se entendió haber arribado á otras islas que en aquel rumbo se descubrian. La Capitana y fragata y galeota se arrimaron á tierra v descubrieron una ensenada grande de más de diez leguas, en cuyo medio estaba el volcan arriba dicho, y con buen viento entraron en ella, en la cual se descubrian grandes poblazones. El Adelantado mandó se arrimasen los navios á tierra para tomar puerto antes que anocheciese; finalmente, entraron muy adentro de la ensenada y surgieron en 40 brazas, con gran admiracion de los naturales y contento del Adelantado y demás soldados, aunque no parecer el Almiranta les ponia no poco temor no se hobiese perdido. Luego otro dia de mañana el Adelantado mandó al capitan y piloto de la fragata fuese en busca della, y si dentro de cuatro dias no la hallase se volviese; esperábase hobiese arribado á alguna de aquellas islas que de allí se parecian. Este mismo dia acudieron á la Capitana muchos de los naturales, que todos son negros atezados, y otros como membrillos cochos, de cabellos largos, con sus armas, arcos y flechas; muchos destos eran potrosos y con encordios y llenos de sarna; entre ellos venia un negro que parecia ser rey, por el respecto que le tenian; el cual así como entró en el navio, lo primero que dijo fué: capitan, capitan; que admiró mucho, por oir nombre español en tierra tan remota. El Adelantado mandó que todos delante dél estuviesen destocados, para que aquellos bárbaros entendiesen era el General de todos. Este negro se llegó al Adelantado, diciendo: capitan, capitan, muchas veces; Malope capitan, y dándose en los pechos; por donde se entendió pedia al Adelantado su nombre para trocar el suyo; porque como le respondió Mendaña, el negro hizo señas qu'el se llamaba Mendaña y el Adelantado Malope. Hiciéronles buen tratamiento, dándoles algunos juguetes y cosas de comer, las cuales por ninguna via gustaron por más que fueron importunados. Pidieron por señas fuese alguno de los soldados con ellos á tierra, y ofreciéndose á ello uno de más de 50 años, á quien el Adelantado dió licencia, quedando dos negros en rehenes, aquella misma tarde le volvieron al navio, porque no se atrevió á hacer noche con aquellos naturales; preguntósele qué le habia parecido de la tierra: no supo dar razon de cosa alguna, porque apenas hubo saltado en ella cuando pidió le volviesen al navio. Dentro de dos dias volvió la fragata no trayendo nueva alguna de la Almiranta, diciendo habia descubierto unas islas bajas y con ellas un bajio muy grande, por el mismo rumbo que habia llevado la Almiranta; por lo que luego se entendió era perdida, porque nunca más pareció. Fué mucho el sentimiento que en todos se hizo, por ir en ella casi la mitad de la gente. El Adelantado determinó saltar en tierra y aguardar por ventura arribaria si no fuese perdida. Luego se echó el batel á la mar á traer agua y leña; entraron por un rio arriba poco trecho, de donde desde el mismo batel se tomaba el agua dulce, la cual tomando salieron del monte muchos de aquellos negros disparando sus flechas con mucha algazara; los nuestros se retiraron, dos soldados mal heridos: el uno de muerte; el otro quedó tuerto de un flechazo, por lo cual juró el maestre de campo que se lo habian de pagar con las septenas, y luego se determinó que aquella noche saltasen en tierra algunos soldados bien apercebidos y diesen al amanecer sobre un pueblo que desde allí se via cerca, entre árboles, de que toda la tierra es muy poblada; hízose así, y siguiendo el maestre de campo por una senda lodosa, una cuesta arriba y como media legua de camino, se descubrió una centinela; un soldado pidió licencia al maestre de campo para derribarle, y alcanzada dió con él en el suelo, lo cual hecho entraron todos de tropel, que serian treinta soldados, por las casas, que parecian estar vacias de gente, porque la habitacion destos negros es entre suelos, cubierto el suelo con hojas de palma, y allí duermen y hacen su habitacion; las casas son redondas, y por todas partes descubiertas; un soldado mirando para arriba metió una espada por el entresuelo, y los que en él estaban se alborotaron y hicieron mucho ruido, y el soldado dió voces diciendo se advirtiese habia mucha gente; visto esto, el maestre de campo repartió por las casas cercanas los soldados para que se pudiesen socorrer los unos á los otros; de aquel buhio, donde se descubrió la gente de los entresuelos, por el agujero que hizo la espada del soldado se disparó una flecha y hirió á un soldado en un ojo, que no parecia sino un rasguño pequeño; empero murió dentro de 24 horas; por donde se entiende la puncta de la flecha traia yerba. El maese de campo, enojado, mandó poner fuego á los buhios, porque no se quisieron dar á paz, y los que salian huyendo del fuego peleaban defendiendo sus vidas valientemente. A las voces acudieron otros naturales con sus armas y piedras arrojadizas; más de dos horas pelearon con los nuestros, y viendo el maese de campo que se defendian mandó á los soldados que de tropel los acometiesen, lo cual apenas hecho los naturales se desgalgaron por aquellas cuestas abajo, dejando sus casas, en las cuales habia poco más que nada; sacáronse cantidad de plátanos verdes, cocos, palmitos y doce puercos de monte que los perros que llevaban los soldados cogieron. Con esta rica presa se volvieron á la playa, donde hallaron algunos soldados y otra gente menuda que habia desembarcado, así para socorrer si fuese necesario como para espaciarse. El maese de campo mandó hiciesen señas á la Capitana para que les enviase el batel y fuesen á dar cuenta de lo subcedido; la comida que se trujo so repartió entre soldados, marineros y demás gente. Aquí se determinó se fuese á buscar puerto más apacible, porque dentro de la ensenada se descubrian playas y tierras y muchas poblazones, y la costa llena de naturales, lo cual se hizo yendo el Adelantado en la galeota, y el maese de campo; iban tan cerca de tierra que los naturales se querian entrar en la fragata, metiéndose en la mar hasta la cintura. Sondóse el puerto, hallóse limpio; dejóse una boya en lugar conveniente para que allí surgiese la Capitana, á quien se avisó y surgió donde habia quedado la boya, teniendo muy cerca de allí un rio caudaloso. Surta la nao Capitana y volviendo á ella el Adelantado y maese de campo se entró en acuerdo lo que se debia hacer, y salió acordado se saltase en tierra para ver lo que prometia de sí, y si fuese tal, poblar en ella. Los negros se metian en la mar casi hasta perder pie, de donde arrojaban las flechas hasta los navios. El Adelantado, viendo este atrevimiento, mandó saliesen algunos soldados con sus arcabuces para que los espantasen, y por capitan don Lorenzo su cuñado, el cual saltando en tierra y los negros huyendo, fué siguiendo el alcance, excediendo de lo que se le habia mandado; lo cual visto, el maese de campo llegándose á bordo la fragata y galeota saltó en ella con gente para ir á socorrer al capitan don Lorenzo, temiendo los naturales no le tuviesen armada alguna emboscada; saltó en tierra y fué á alcanzar al capitan don Lorenzo una legua de camino, junto á un rio, adonde le reprehendió ásperamente, el cual no respondió palabra, y todos tuvieron temor que de aquella reprehension subcediese alguna cosa en daño de todos, como despues subcedió, y pareciendo al maese de campo ser muy bueno el puerto para fundar pueblo, avisó dello al Adelantado, á quien le pareció bien, porque de allí se podria tornar á buscar la Almiranta; desembarcóse la gente y el Adelantado señaló los solares para hacer las casas, entretanto haciendo cada uno su ranchillo donde albergarse.
[CAPITULO LVII]
[DE LA MUERTE QUE EL ADELANTADO MENDAÑA HIZO DAR AL MAESE DE CAMPO]
Viendo los naturales que los españoles poblaban, al momento dejaban sus casas y lo poco que en ellas habia. Visto por los nuestros, con mucha priesa fueron á ellas, pensando hallar algo de cobdicia, y no hallaron sino unos pocos de cocos con que beben, y algunas esportillas de palma con unas raíces á forma de biscocho, que es su principal sustento; empero para los españoles es como ponzoña, porque en metiéndolas en la boca se cubria de ampollas, con una aspereza grande y desabrimiento, aunque la falta de comida general las hacia sabrosas; en todas las casas no se halló memoria de oro ni plata; sólo se aprovecharon para la nueva poblazon de la madera; entre las casas destos naturales habia algunas grandes que parecian ser sus adoratorios; habia pintadas algunas figuras de demonios, y lo que les ofrecian colgaban juncto á ellas: cocos, palmitos, plátanos y otras cosas de comida. Al fin hízose el pueblo y cerróse de palizada para defenderse de los naturales, que por momentos los apretaban, hasta que se trujeron tres ó cuatro piezas de artilleria, con las cuales fácilmente los desperdigaban; en todo este tiempo el Adelantado se estaba en la Capitana sin salir á tierra, sino de cuando en cuando á dar órden en lo que más convenia.
Los naturales, con todo eso, algunas veces inquietaban; otras traian cañas dulces y frutas de la tierra.
En este pueblo, por ser la tierra muy cálida y húmida, comenzaron á enfermar los españoles, que apenas enfermaba alguno que sanase; pero la mayor enfermedad fué la discordia que se encendió entre el Adelantado y maese de campo, queriendo defender con palabras á un soldado quel Adelantado tractaba mal. Las palabras fueron decir que les bastaba á los pobres soldados sus trabajos, sin malos tractamientos, y que el maese de campo en todas ocasiones habia vuelto por el Adelantado.
Dende á cuatro ó cinco dias el Adelantado salió á tierra con algunos marineros y pilotos, habiendo tractado con ellos de matar al maese de campo, y llegando á tierra se fué derecho á la casa del maese de campo con Juan Antonio y el capitan Juan Felipe, ambos corsos, y hallando al maese de campo que acababa de almorzar le dijo le queria hablar dos palabras; salió el maese de campo con el Adelantado, y llegaron á la playa, á donde razonando los dos, á cierta seña Juan Antonio llegó y con una daga le dió una puñalada en los pechos, y queriendo meter mano á su espada llegó el capitan Juan Felipe y con un alfange le cortó á cercen el brazo de la espada, y allí murió hecho pedazos. A las voces que dió una mujer que mataban al maese de campo, salió Tomás de Ampuero, diciendo: ¡Traidores! ¿á mi camarada? Un cuñado del Adelantado, con cinco ó seis marineros dieron sobre él y á estocadas le mataron, lo cual hecho se alzó el estandarte Real, diciendo ¡viva el Rey y mueran traidores! Tomóse motivo fuera de lo dicho, para estas muertes y otras, quel maese de campo preguntó á un piloto, llamado Jordán, que para volver al Perú ¿qué derrota se podria tomar? llegó esto á oidos del Adelantado y que Tomás de Ampuero habia incitado á 40 ó 50 soldados hiciesen una peticion para el Adelantado, pidiendo les cumpliese la palabra que les dió en el Perú de los llevar á la tierra que habia primero descubierto. Aquel mismo dia, á las cinco de la tarde, llegó el alferez Buitrago, del maese de campo, que habia ido con veinte soldados á buscar de comer; llegados, el Adelantado, que los esperaba, como llegaban los desarmaba y mandaba poner en el cepo, y al pobre alferez Buitrago mandó echar unos grillos y llevar á la puncta del rio donde estaba el padre Serpa, y mandó le confesase; el cual hincado de rodillas, porque dijo: ¿Qué he hecho yo que me quieren quitar la vida? llegó el sargento mayor, portugués, con un negro, un alfange en la mano, y dijo: Dale; el cual negro le dió tal golpe en la cabeza que le derribó muerto á los pies del confesor, dejándole ensangrentada la sotana. La mujer del alferez, que oyó una gran voz de su marido, saliendo y viendo lo que pasaba, pedia justicia á Dios; mandáronle callar, so pena que se haria otro tanto con ella.
[CAPITULO LVIII]
[DONDE SE DICE EL FIN QUE TUVIERON MALOPE Y EL ADELANTADO MENDAÑA]
Los soldados que fueron con el alferez Buitrago á buscar la comida susodicha, porque no la hallaron á donde pensaban, que era en las casas de Malope, el que trocó el nombre con el Adelantado, diciéndoles que en otro pueblo, á vista de donde estaban, la hallarian, partieron para allá, y llegando á un paso estrecho salieron á ellos muchos negros, flechándolos, y ellos se retiraron con buen órden, sacando los enemigos á lo llano, donde con los arcabuces hirieron y mataron muchos; los demás huyeron y los nuestros entraron en el pueblo, donde hallaron muy poca comida, y volviendo al pueblo donde dejaron á Malope, creyendo habia sido lo subcedido traza suya, le mataron y los demás cuatro ó cinco que con él estaban, lo cual sabido por el Adelantado le pesó mucho de la muerte de Malope. Al cabo de cinco ó seis dias dió al Adelantado una calentura acompañada de gravísima tristeza, de la cual murió dentro de siete ó ocho dias; murió tambien el padre Serpa, espantado de la muerte del alferez Buitrago, dentro de tres dias que subcedió, recebidos los sanctos Sacramentos, con muchas muestras de gran cristiano. Sintióse mucho su muerte, porque ya no quedaba más que otro sacerdote, que era vicario.
[CAPITULO LIX]
[DE CÓMO LOS NUESTROS LLEGARON Á LAS ISLAS FILIPINAS Y LUEGO VOLVIERON AL PERÚ]
Muerto el Adelantado, quedó en su lugar por capitan don Lorenzo y doña Isabel Barreto, mujer del Adelantado, á quien se obedecia en todo. En el pueblo crecian las enfermedades y muertes, falta de comidas y abundancia de armas que los negros daban, hiriendo á los nuestros; lo cual visto por don Lorenzo salió á castigarlos con poca gente, doce ó catorce soldados, que los demás estaban enfermos. Salió á los pueblos comarcanos, y los negros salieron á ellos y á don Lorenzo dieron un flechazo y á otros tres ó cuatro, y así se volvió al pueblo.