El otro obispado se llamó de La Imperial, desde los términos de los Cauquenes hasta Chilué; fué proveido en él por primer obispo Fr. Antonio de Sant Miguel, de la misma Orden, varon de muchas y loables virtudes; gobernó con mucho ejemplo y cristiandad y fué casi como profeta del castigo que Nuestro Señor, por nuestros pecados, lleva adelante en estos reinos, predicando los españoles que en ellos viven y vivian se volviesen á Dios y hiciesen penitencia y enmendasen sus vidas, porque le adivinaba su corazon habia de caer la mano pesada de Dios sobre las cibdades que agora están despobladas, como ha caido; fué promovido al obispado de Quito, en cuyos términos, veinte y cinco leguas antes de allegar á su silla, murió loabilísimamente en un pueblo llamado Riopampa.

Subcedióle en el obispado de La Imperial don Agustin de Cisneros, arcidiano, varon docto en cánones y muy principal, de buenas y loables costumbres; gobernó cinco ó seis años con muy buen ejemplo de vida y acabóle una enfermedad de gota; á quien sucedí yo, sin merecerlo[57], en este tiempo tan trabajoso, donde era necesario un varon de grandes partes y virtudes para ayudar á llevar los trabajos de los pobres y socorrerlos en sus necesidades; empero falta lo principal, que es la virtud, y el pusible, por ser el obispado paupérrimo, que apenas me puedo sustentar, y no tengo casa donde vivir, que si en Sanct Francisco no me diesen dos celdas donde vivir, en todo el pueblo no habia cómodo para ello; con todo esto, tengo más de lo que merezco, porque si lo merecido se me hubiera de dar, eran muchos azotes.

[CAPITULO LXXXII]
DE LOS PERLADOS Y RELIGIOSOS DE LAS ORDENES

La primera religion que pasó á este reino creo fué de Nuestra Señora de las Mercedes; no sé qué calidades tuviesen los religiosos, porque dellos hay poca memoria. Despues vinieron religiosos de la Orden de Sanct Francisco, y entre ella el padre Fr. Cristóbal de Rabaneda, predicador, que fué provincial, con otros de buen ejemplo que comenzaron á poblar en los pueblos de los españoles y á doctrinar á los naturales desde Coquimbo hasta Chilué. El padre Fray Francisco de Montalvo fué varon muy religioso, buen predicador y provincial, á quien subcedió el padre Fr. Domingo de Villegas, religioso de buen gobierno y esencial; despues del cual subcedió el padre Fray Joan de Tobar, á quien los indios mataron con dos compañeros cuando al gobernador Loyola; agora esta provincia está subjeta á la de Lima; gobiérnala con título de Vicario provincial el padre Fr. Joan de Lizárraga, loablemente, muy buen pedricador y deudo nuestro. Nuestra religion vino la postrera, y el primero que de nuestros religiosos entró en este reino con don García de Mendoza fué el padre Fr. Gil González Dávila, varon docto, gran pedricador, muy esencial, de muy buen ejemplo, con un compañero llamado Fr. Luis de Chaves, el cual, aunque no era docto, sus buenas costumbres suplian la falta en esto; despues le sucedió el padre Fr. Lope de la Fuente, muy buen religioso y gran lengua en la del Perú, y llegado acá en breve tiempo deprendió la de los naturales y les predicó con mucho ejemplo de vida, así en el distrito de Sanctiago como en esta Concepcion, en Arauco y Tucapel y en las demás ciudades; vino este religioso padre por Vicario provincial, á quien en el mismo cargo sucedió el padre Fr. Jerónimo de Valenzuela, buen predicador, y cumplido su término se volvió al Perú; á quien sucedió y vino por Visitador el padre Presentado Fr. Diego de Niebla, religioso muy docto; despues de lo cual el Rmo. General de nuestra Orden, desde Lisbona, sin yo imaginarlo ni pedirlo, dividió esta provincia de la del Perú, y me nombró Provincial della, sin merecerlo; hice lo que se me mandó y vine por tierra desde la ciudad de Los Reyes, donde era prior de nuestro convento, por tierra, que como dicho tengo arriba, son más de ochocientas leguas, las más de las trescientas despobladas y de diversos temples; llegado á Sanctiago, hice lo que pude, y no lo que debia, porque soy hombre y no puedo prometer sino faltas; acabado mi provincialato me subcedió el padre Fr. Francisco de Ribero, buen predicador, á quien sucedió[58] el que agora gobierna, Fray Acacio de Naveda, hijo deste reino, que hace bien su oficio y ha poblado en la provincia de Tucumán y del Rio de la Plata cuatro ó cinco conventos, de pocos frailes porque la pobreza de la tierra no sufre más.

[CAPITULO LXXXIII]
DE LOS GOBERNADORES DE CHILE

El primero de los gobernadores de Chile y el que lo conquistó fué don Pedro de Valdivia, hombre hidalgo de guerra y ánimo, de gran conocimiento, y en particular para elegir y poblar cibdades; su fin y muerte no lo trato, porque otros ya lo han hecho. El segundo fué don García de Mendoza, agora marqués de Cañete, hijo del valeroso y gran limosnero don Andrés Hurtado de Mendoza, que domó la soberbia araucana cuando la tierra hervía con indios, soberbios por la muerto de Valdivia y victoria que contra él y otros capitanes nuestros alcanzaron por justo castigo de Dios, con los cuales entrando más de veinticinco veces en batalla, siempre los venció, subjetó y dejó la tierra tan llana como la del Perú, gastando en menos de cuatro años que fué gobernador de aquella tierra mucha hacienda que su padre desde el Perú le enviaba, no de Su Majestad, sino suya propia, con los soldados que traia en su ejército, Pobló la cibdad de Osorno, y pobló la provincia de Cuyo, como habemos dicho, y hechas otras cosas como de su sangre se esperaba; salió de Chile pobre y necesitado, dando en aquel reino bonísimo ejemplo y olor de su persona, porque ni en cohecho ni deshonestidad, ni en otro vicio que los cargos traen consigo, se le conoció falta notable.

En los trabajos, el primero; en los recuentros y batallas, no el postrero; en proveer contra los pensamientos de los enemigos de Arauco, providentísimo, como si los tuviera delante de los ojos; porque si enviaba algun capitan á correr la tierra, luego[59] proveia otro con gente bastante para que ocupase los malos pasos por donde el primero capitan habia de volver, para que los enemigos allí no le hiciesen daño, con lo cual felicísimamente acabó aquella guerra y allanó, que en cuarenta y cuatro años que salió della y los indios se tornaron á rebelar, no se ha podido reducir al estado en que la dejó.

Sucedióle, proveido por Su Majestad, Francisco de Villagrán, desgraciadísimo capitan, y para gobernar no sé si de tanto talento, en cuyo tiempo la tierra se tornó á rebellar, desbaratándole no pocas veces, y principalmente en la cuesta que llaman de Villagrán, y tambien en diferentes ocasiones á sus capitanes, y así se ha quedado; á quien sucedió el doctor Sarabia, Presidente de una Audiencia Real que se fundó en La Concepcion, con título de capitan general, la cual no permaneció veinte años; halló la tierra tal que con su mucha prudencia no la pudo remediar, antes succedieron algunas desgracias y victorias de los indios, no por culpa suya, sino de confiados capitanes y mal proveidos.

A quien succedió, deshecha la Audiencia, Rodrigo de Quiroga, caballero de hábito y de bonísimas partes y que tuvo á los araucanos muy apretados y casi para ponerlos en la subjection antigua, sino sucediera la entrada por el estrecho de Magallanes del capitan Francisco, azote deste reino, á quien por seguir deshizo el ejército, y despues acá no se ha puesto la tierra y fin de la guerra en aquel estado.

Dende á poco succedió su muerte, y en su lugar Martin Ruiz de Gamboa, á la sazon mariscal, casado con hija del gobernador Rodrigo de Quiroga; gran soldado, gran capitan, gran trabajador en la guerra, amigo de los soldados, liberalísimo con ellos, de mucho brio y de gran consejo para las cosas de la guerra de Chile, y muy caballero de la buena ó mejor casa de Vizcaya; mas hallándose pobre y no con tanta gente como era necesaria, y la tierra muy necesitada, no pudo hacer mucho en dos años ó poco más que tuvo el gobierno de aquel reino; pobló, como dijimos, á San Bartolomé de Chillán, con que refrenó la soberbia de los indios comarcanos, y aseguró el paso para La Concepcion y Ongol; en cuyo tiempo del gobernador Rodrigo de Quiroga, ó poco antes, fué proveido por teniente general por Su Majestad para las cosas de justicia el licenciado Lopez de Azoca, hombre hidalgo, cuya ejecutoria he visto, bonísimo juez, porque en once años que fué teniente general, ni cohecho, ni barateria, ni cosa deshonesta se le conoció; amigo de hacer justicia, y la hacia con toda rectitud. El cual, residiendo en esta ó aquella cibdad podian los vecinos dormir á sueño suelto, las puertas de sus casas abiertas, sin que nadie les inquietase; tasó los indios de Osorno, lo cual ningun gobernador habia hecho; fué con su residencia á España, donde en breve tiempo fué vista por el Consejo Real de Indias, y dado por buen juez.