En la guerra obedecen á los capitanes por ellos nombrados; acabada, ó [en] el verano, no hay obidencia.

Finalmente, es gente sin ley, sin rey, sin honra, sin vergüenza, etc., y de aquí se infirirá lo que inferir se puede.

Es entre ellos lenguaje de dar la paz por estos tres años en los cuales nos descuidarán y nos dividiremos, y descuidados y divididos nos matarán y se quedarán en su infidelidad y bestiales costumbres.

Si el que gobierna no los puebla, como habemos dicho, y quita armas y caballos, y castiga á los culpados, despues que se les ha notificado la beninidad que con ellos Su Majestad usa, no habrá paz en Chile.

Si á los indios adultos persuadimos é indias, se baptizen, responden que tienen vergüenza de ser cristianos, y que harán burla dellos los indios rebellados; empero, que al fin de sus dias se baptizarán. Tienen por gran pecado castigar ó corregir á sus hijos.

No miran los padres por sus hijas; ellas busquen lo que les conviene, si acaso no las han vendido á otros indios para mujeres, como habemos dicho.

Son invidiosísimos; si un encomendero tiene en su casa tres ó cuatro indias, pagándoles su trabajo como mozas de soldada, si acaso se regala más á ésta que aquella, fácilmente la matan con un bocado.

FIN

NOTAS AL CALCE:

[1] Primero obispo de Quito, don García Diez Arias. (Nota marginal.)