Diré tambien lo que vimos todos cuantos acompañábamos su cuerpo desde su casa á la iglesia: fué uno de los religiosos que volvió por el bien y conservacion de los naturales que ha habido en estas partes, y si dijere que ninguno le llegó, no mentiré. Era conocido de todos los curacas y no curacas del Reino, y como le habian tratado muchas veces tenianle amor. Sabida en Potosí (que dista de la ciudad de La Plata 18 leguas) su enfermedad, que le iba consumiendo, muchos curacas de los allí residentes le vinieron á ver, y á llorar con él, cuando estaba en la cama. El dia de su enterramiento, con toda el Audiencia y la ciudad, los indios se hallaron en su acompañamiento, y dábanse mucha priesa á llegar al ataud, donde le llevábamos vestido de pontifical, particularmente en las posas, á las cuales más de golpe se llegaban; los españoles deteníanlos, y ellos decian: dejanos ver á nuestro padre, pues ya no le veremos más, y no queda quien mire por nosotros; hiciéronsele las obsequias debidas, con gran sentimiento de todo el pueblo, y los canónigos, que no le eran muy aficionados, derramaban abundancia de lágrimas: Creemos piadosamente que desde su pobre cama, no era rica, sino casi como de pobre fraile, Nuestro Señor se lo llevó al cielo. Todo el tiempo que vivió, así en la Orden como fuera della, dió muestras de mucha virtud; jamás se le conoció vicio notable; de los descuidos cuotidianos ¿quién se libra de ellos? libérrimo de toda cobdicia y avaricia, y muy observante en los tres votos esenciales, y en las ceremonias de la Orden; era de mucha prudencia y cordura, y que delante de los príncipes del mundo podia razonar; humilde en gran manera, amigo de pobres y limosnero, su renta nunca llegó á 8.000 pesos, los cuales, dejando para su casa gasto moderado, lo demás repartia entre pobres; fundó en la ciudad de La Plata un recogimiento que se llama Santa Isabel, donde se criaban hijas de hombres buenos, pobres; sustentábalo con su hacienda; despues que murió creo no se tiene tanto cuidado. Con ser religioso nuestro, en su testamento no dejó más limosna á nuestro convento que á los demás. Entre los tres mendicantes mandó repartir igualmente su libreria, que era mucha y muy buena.

Sus casas, á una cuadra de la plaza, buenas, que rentan más de dos barras, dejó á su iglesia con obligacion de que cada uno el dia de su enterramiento le digan los prebendados vigilia y misa; no hizo ni fundó mayorazgo alguno, sino, á lo que creemos, en el cielo.

A quien sucedió el reverendísimo don Fernando de Santillan, que fué Oidor de Lima y Presidente de Quito, donde tuvo muy grandes trabajos y testimonios falsos que le levantaron; sacóle Nuestro Señor dellos y sublimóle á la catedral de La Plata; no llegó á sentarse en su silla, porque murió en Los Reyes. Su muerte fué bien llorada; no habia un mes que se habia tomado la posesion del obispado por él, cuando luego llegó la nueva de su muerte. Varon de grandes prendas y de mucha virtud, aunque fué primero casado.

A este famoso varon sucedió el reverendísimo Granero de Avalos, clérigo; no sé que dejase memoria de sí más de haber entablado la cuarta funeral en su obispado, como ya lo está en los demás destos reinos, con lo cual en breve, y con lo mucho que crecieron las rentas de los diezmos, se enriqueció mucho. Oí decir en la ciudad de Guamanga, que tractó casar un sobrino suyo con una hija de un vecino de aquella ciudad, con el cual ofrecia dar al sobrino 300.000 reales de á ocho; pero, finalmente murió, y sus criados le desampararon, y viéndose morir via le descolgaban la tapiceria, y dejaban las paredes mondas; é ya que estaba para expirar, en la cámara le tenian puesto un candelero de plata con una vela, y llegó uno, no hallando ya otra cosa, le quitó y se lo llevó poniéndole la candela entre dos medios ladrillos, y desta suerte acabó sus dias. La hacienda no sé qué se hizo; más vale morir pobremente con bendicion del Señor, que rico y desamparado. Dicen estaba muy mal quisto con sus prebendados y con otros; por eso se hallaron tan pocos en su casa al tiempo de su muerte.

Sucedióle el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, de nuestra sagrada religion, hijo del convento nuestro de Los Reyes; acabó loablemente; vivió poco en el obispado; varon religioso y ejemplar y limosnero.

Al reverendísimo fray Alonso de la Cerda subcedió el reverendísimo don Alonso Ramirez de Vergara, varon de grandes prendas y muy docto y muy galano predicador, limosnero, y que en su iglesia catedral de los Charcas labró, segun soy informado, dos capillas y las dotó con abundante renta, de quien yo recibí y me invió quinientos reales de á ocho de limosna para ayuda á venir á este reino de Chile al obispado de la Imperial, que si con ella no me favoreciera, con dificultad viniera á él. Fué Dios servido de llevarlo casi súpitamente con una sangría que sin discrecion de los médicos se le hizo. A la hora que esto se escribe tengo por nueva cierta es promovido á aquel obispado el reverendísimo de Quito, de quien arriba tenemos hecha mencion.

[CAPITULO VI]
DE LOS REVERENDÍSIMOS DE TUCUMÁN Y PARAGUAY Ó RIO DE LA PLATA

La provincia de Tucumán, con distar muy lejos del obispado de los Charcas por más de 200 leguas, las más despobladas (como tractaremos adelante), era del obispado de los Charcas; dividióse habrá treinta años, poco más ó menos. El primer obispo fué don fray Francisco de Victoria, de nacion portugués, hijo de nuestro convento de la ciudad de Los Reyes, en el Pirú, donde fuimos novicios juntos; varon docto y agudo; fuese á España, donde murió en Corte, y hizo heredero á la majestad del Rey Filipo Segundo, de mucha hacienda que llevó, y loablemente lo hizo así.

Sucedióle el reverendísimo don fray Francisco Trejo, que agora reside en su silla y resida por muchos años.