En pocas partes se dará una prueba más evidente de falta de gusto y de amor a lo bello y elevado—dice Mr. Erskine Murray—que en los Pirineos franceses, donde la mayor parte de la gente desconoce en absoluto la belleza de sus montañas, las cuales han sido exploradas principalmente por los ingleses, que aman la Naturaleza con alma y vida y la admiran lo mismo en sus formas más sencillas que en las más salvajes y bravías. Sin embargo, en la parte norte no es difícil encontrar algunas comodidades y facilidades para el turista; es más, los inválidos y las señoras que buscan lo pintoresco pueden ascender a la Brèche de Roland. Apenas se pasa la frontera la cosa cambia de aspecto por completo, en cuanto a facilidades y medios de locomoción. Agrio es el saludo primero del «duro país de Iberia», escaso el alimento, así corporal como espiritual, y difícil el acomodarse, lo mismo las personas que los animales; y todo esto, sencillamente porque no hay costumbre de que nadie viaje; ningún español va a los Pirineos por gusto. De aquí que sea una comarca entregada a los contrabandistas y cabras monteses.
La falta de curiosidad oriental por las cosas, las piedras viejas, los paisajes agrestes, etc., se une aquí a las razones políticas y al miedo. El vecino, desde los celtas hasta nuestros días, ha sido siempre codicioso, saqueador y el terror de España; sus tretas de zorro, fuego y rapiña, son demasiado numerosas para ser disimuladas o borradas y demasiado terribles para que puedan olvidarse: la venganza se convierte en un deber sagrado. Por más que hayan cambiado los gobiernos, la política de Francia es inmutable. La perfidia unida a la violencia ruse doublée de force es el programa desde Luis XIV y Buonaparte[5] hasta Luis Felipe. El principio es el mismo aun cuando el instrumento empleado haya sido unas veces la espada y otras el anillo de boda. La débil España se ha visto unida a su vecina, más fuerte, que la ha hecho víctima de sus engaños y manejos, la ha degradado hasta convertirla en un mero satélite y la ha arrastrado tras el fiero Marte. Francia la ha obligado siempre a sufrir sus desgracias; pero nunca la ha hecho partícipe de sus éxitos; la ha uncido al carro de sus derrotas, pero no la ha permitido montar en el de sus triunfos. Su amistad ha tenido siempre la tendencia de desnacionalizar España, y perpetuando la forzada enemistad de Inglaterra le ha causado la pérdida de sus barcos y de sus colonias del Nuevo Mundo.
«La frontera pirenaica—dice el duque de Wéllington—es la más vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia, siempre ha procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las insurrecciones y pronunciamientos en Cataluña, porque la enfermedad de España es la ocasión de ellos, y, sin embargo, el resto de Europa suele creer a España fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los Pirineos.
En tanto que Francia ha cultivado sus medios de aproximación y de invasión, España, para quien el pasado es una profecía del futuro, ha aumentado los obstáculos y ha dejado su barrera protectora tan quebrada y hambrienta como lo hubiera hecho su divinidad tutelar. Los habitantes de estas montañas no son más asequibles que sus fortalezas de granito. Están pobladas por contrabandistas, cazadores furtivos y toda clase de individuos que viven fuera de la ley; aquí se cría el campesino duro, que, habituado a escalar picachos y a luchar con los lobos, es materia perfectamente dispuesta para formar un guerrillero; y ningún enemigo fué nunca más terrible para Roma y Francia que los adiestrados en estos riscos por Sertorio y Mina. Apenas truena el toque de alarma, de cada roca, de cada matorral, surge un enjambre de hombres armados que, como son lo peor de cada casa, se juegan la vida sin reparo. El odio al francés, que, según el duque, «forma parte de la naturaleza española», parece aumentar en razón directa de la proximidad, pues cuanto más se acercan más rozamientos se ocasionan; es la antipatía que produce lo antitético, la incompatibilidad del triste y torpe con el listo y activo; del orgulloso, sufrido y asceta, con el vano, voluble y sensual; del enemigo de toda innovación y cambio, con el apasionado de las variaciones y novedades. Por mucho que se empeñen los embaucadores que auguran en las doradas galerías de Versalles que Il n’y a plus de Pyrénées, esta pared medianera de los Alpes, esta barrera cubierta de nieve y azotada por los huracanes existe y existirá siempre. Colocada aquí por la Providencia—dijo San Isidoro—ha evitado y evitará en el porvenir las proclamas de una alianza antinatural, como en los días de Silius Italicus:
«Pyrene celsâ nimbosi verticis arce
divisos celtis laté prospectat Hiberos
atque æterna tenet magnis divortia terris».
Si el águila de Buonaparte no consiguió anidar en la sierra aragonesa, la flor de lis de los Borbones no echará raíces seguramente en la llanura de Castilla; Ariosto canta:
«—Che non lice
che’l giglio in quel terreno habbia radice!»
Esta condición inveterada de abierta hostilidad o, mejor dicho, de neutralidad armada, ha hecho que estas regiones fuesen poco agradables para el turista observador. La abrupta y montañosa frontera se compone de poblados solitarios y aislados que constituyen todo el mundo para los naturales del país, los cuales sólo van a los valles para pasar contrabando. Esta vocación es el azote del país; les da una especie de confianza en su propia defensa y constituye un hábito de saqueo e insubordinación que parece ser un elemento de estímulo y de combustión tan necesaria a su sér moral, como el carbón y el hidrógeno lo son para su cuerpo físico.
Su desconfianza habitual contra el extranjero fiscalizador, que es instintiva en los orientales y en los iberos, les hace ver siempre en un curioso viajero un espía o un enemigo. Las autoridades españolas, que casi nunca hacen estas cosas sino por obligación, no comprenden que el inglés, amante de la Naturaleza y curioso de aventuras, se dedique a estudiar la botánica y la geología de estas regiones por su propia cuenta y sin ningún estímulo, fuera de su voluntad. Es posible que el impertinente curioso pase inadvertido en una ciudad española y entre la multitud; pero en estas sierras solitarias no hay que pensar en tal cosa; es observado atentísimamente por aquella gente, que, con sus hábitos de caza y de contrabando, están siempre alerta y ojo avizor, con la mirada penetrante del halcón, el gitano y el ave de rapiña. De algún tiempo acá, los que están más próximos a Francia han visto el brillo de las monedas del turista inglés y se han humanizado algo tratando de sacar algún beneficio en la época de las excursiones.
La geología y la botánica están aún por investigar seriamente. En los Pirineos, tan fecundos en metales, abundan las toscas forjas de hierro; pero todo está montado en pequeña escala, de manera poco científica y probablemente siguiendo el primitivo sistema ibérico. El combustible es escaso, y el transporte del mineral sobre mulos, muy caro. El hierro es muy inferior al inglés y mucho más caro; los utensilios y herramientas usados en ambos lados de los Pirineos son mucho más antiguos que los nuestros, y, en cambio, existen tarifas absurdas que, por prevenir la importación de un artículo mejor y más barato, retrasan los adelantos en agricultura y fabricación y perpetúan la pobreza y la ignorancia entre la población atrasada y a medio civilizar. Los bosques también han sufrido enormemente con la negligencia, el despilfarro e imprevisión de los naturales, que arrancan más de lo que necesitan, y nunca repueblan.