Las montañas españolas tienen generalmente un carácter triste y áspero, no exento de grandeza; las alturas están, por lo común, cubiertas de nieve, que brilla con el sol haciendo recortarse sobre el fondo azul del cielo la silueta escarpada y dentellada de las desnudas lomas; rara vez están cubiertas de bosque. Las masas graníticas se elevan sobre los verdes valles o los amarillos sembrados, semejando los castillos de un señor feudal, dueño de todo lo que está a sus pies, pero demasiado orgulloso para descender a tener nada de común con ello. Para ver estas montañas sin perder detalle de su forma, las mejores horas son a la salida y a la puesta del sol, pues durante el día los rayos verticales borran los contornos alejando las sombras.
Desde la costa se eleva el terreno directamente en las provincias del Noroeste y de algunas del Sur y de Levante hasta una faja intermedia seca y prominente; pero al terminar la ascensión no hay bajada propiamente dicha, sino que se encuentra el viajero en una vasta altiplanicie. Los caminos, aparentemente, tienen subidas y bajadas; pero, en realidad, no varía gran cosa la altura media; las llanuras y colinas interiores son ondulaciones de una misma montaña.
El viajero se engaña muchas veces por el bajo nivel aparente de las montañas nevadas, como el Guadarrama; y es que hay que añadirles la gran elevación de sus bases sobre el nivel del mar. El palacio del Escorial, emplazado en una especie de llano al pie mismo del Guadarrama, está situado a 2.725 pies sobre Valencia; y la residencia veraniega de los reyes en La Granja, en la misma cordillera, está 30 pies más alta que la cima del Vesubio. Esto, en verdad, es un castillo en el aire, un château en Espagne, digno del mayor potentado de Alemania, que es la dueña de aquel elemento, como Inglaterra lo es del mar.
La temperatura media de la meseta central de España es de 15° Reaumur, mientras que la de la costa llega a 18 ó 19°, aparte de la protección contra los vientos fríos que le proporciona las montañas que la guardan.
No se engaña menos el viajero que con la altura de las montañas interiores, con las campiñas y mesetas llanas. La vista alcanza un vastísimo espacio limitado por el horizonte o por una línea lejana de sierra; este espacio, que parece un desierto plano, está interrumpido por profundos barrancos, en los cuales se agrupan algunos pueblos y corren arroyos completamente inadvertidos. Otro efecto digno de tener en cuenta de esta planicie central es la completa oquedad y el enrarecimiento del aire, que suele ser muy perjudicial para los extranjeros; la puesta del sol, que es muy tentadora en un país cálido, produce fácilmente oftalmías, irritaciones intestinales e inflamaciones y trastornos pulmonares y de otros órganos vitales. Estas causas pueden producir la pulmonía, enfermedad que en pocos días acaba con el individuo y que es la plaga de Madrid. El viento helado del Guadarrama sorprende al incauto en las encrucijadas de las calles que arden bajo un sol abrasador. ¿Es de extrañar, pues, que esta capital sea tan malsana? Una persona que da un paseo higiénico, cruza con los poros abiertos por una cámara frigorífica viniendo de una estufa, se resfría, y el resfriado presenta al médico español, quien, a su vez, no tarda en presentar al funerario.
Como los Pirineos ofrecen un interés europeo en estos momentos en que el Napoleón de la paz pretende anular su existencia, que retó a Luis XIV y a Buonaparte, no estará de más dar algunos detalles acerca de ellos. Esta barrera gigantesca que separa España de Francia tiene semejanza con el espinazo que baja de Tartaria y Asia. Se extienden mucho más allá de la cadena transversal, pues las montañas de las Provincias Vascongadas, de Asturias y Galicia, son continuación suya. Los Pirineos, propiamente dichos, van de este a oeste en una extensión aproximada de 270 millas, alcanzando las mayores proporciones en las partes centrales, donde el ancho tiene hasta 60 millas y la altura excede de 11.000 pies. Las estribaciones de este espinazo atraviesan por ambos lados los valles, saliendo de él como las costillas. El núcleo central se inclina gradualmente del este al gentil Mediterráneo, y por el oeste, al fiero Atlántico, en ondulaciones largas y desiguales.
Esta cordillera era llamada por los romanos Montes y Saltus Pyrenei, y por los griegos, Πνρηνη, probablemente por alguna palabra ibérica que ellos—cogiéndola al oído sin atender al significado—relacionaban con su Πυρ, y para afirmar su errónea derivación forjaron una leyenda que casara con el nombre. En ella, unos atribuían el origen de éste a un fuego, mediante el cual se descubrieron algunos metales preciosos, y otros, a que las cimas por su gran elevación eran perfectamente batidas por los rayos y dislocadas por los volcanes. Según los iberos, Hércules, en su viaje para robar sus ganados a Gerión, fué recibido con amable hospitalidad por Bebryx, una especie de gobernador secundario de estas montañas; entonces el semidiós se emborrachó y violó a la hija de su huésped, Pyrene, la cual murió de pesadumbre; y Hércules, cuando se despejó, pesaroso de su acción, hizo resonar por toda la cordillera el nombre de ella. Esta leyenda, como otras muchas en España, está por confirmar. Los fenicios llamaban a estas montañas Purani, por sus bosques, pues en hebreo Pura significa madera. Los vascos también tienen su etimología, diciendo unos que la verdadera raíz es Biri, elevación, mientras otros prefieren Bierri enac, «los dos países», los cuales, separados por la sierra, fueron gobernados por Túbal. Pero cuando los españoles comienzan a hablar de Túbal, el mejor partido es cerrar el libro.
La Maladetta es el pico más alto, a pesar de que el Pico del Mediodía y el Canigú se han considerado mucho tiempo como los de mayor elevación, pues como se alzan rápidamente desde una llanura, parecen más altos de lo que son; pero ya han sido destronados estos usurpadores franceses. Vista de lejos la cordillera parece ser una línea de montañas con muchas alturas interrumpidas, que, en realidad, son dos líneas distintas, paralelas y no continuas. La que está delante es la que comienza en el Océano y avanza lo menos 30 millas más hacia el sur que la línea correspondiente, que comienza en el Mediterráneo. El centro es el punto de dislocación, y aquí la red de ramificaciones aparece más intrincada, como que es la clave del sistema, el cual está afianzado por las tres Sorellas: Monte Perdido, Cilindro y Marboré. Las fuentes del Garona se hallan en este punto; la perspectiva del paisaje es magnífica y los valles laterales son los más extensos. En las estribaciones menores también hay valles por los cuales corren algunos ríos: el Ebro, el Garona y el Bidasoa se alimentan en los manantiales de estas montañas. Estos tributarios son generalmente llamados en Francia gaves[4], y en la parte española, gabas. Pero gav significa río, y puede ser hallado en nuestro Avon; Humboldt lo deriva del vasco gav, «caverna o cueva». La corriente de estas aguas al norte o al sur marca la línea divisoria entre Francia y España; sin embargo, parte de Cerdaña pertenece a Francia, mientras que Aran es de España, con lo que resulta que cada país tiene un pie en el territorio vecino. Es raro que esto no se arreglase mediante un cambio cuando se discutió la cuestión de límites entre Carlos IV y la República Francesa.
La mayoría de los pasos de esta barrera alpina son impracticables para carruajes, y continúan en el mismo estado que en tiempos de los árabes, quienes llamaban a la cordillera pirenaica Albort, del latín Portæ, la sierra de los «puertos». Muchos de ellos sólo son conocidos de los naturales del país y de los contrabandistas; gran parte del año están cerrados a causa de la nieve, y aun en verano son peligrosos por las nieblas y los fortísimos huracanes. Las dos líneas de comunicación mejores están en ambos extremos: la del oeste por Irún y la del este por Figueras.
Los Pirineos españoles ofrecen pocos atractivos a los aficionados a las comodidades de la ciudad; pero el paisaje, el aliciente de las excursiones, la geología y la botánica son verdaderamente alpinos y compensarán con creces a los que se atrevan a «pasar trabajos» viajando por ellos. El contraste que presenta la parte española, poco frecuentada, con la opuesta es notable. A pesar de ser ésta más abrupta y más castigada por la nieve, los muchos establecimientos de baños de los Pirineos franceses son muy frecuentados y están llenos de caminos, diligencias, hoteles, caseríos donde se puede hacer alto para comer, cicerones, borriquillos de alquiler, etc., etc. Todo esto para los bobos de París que se pasan la vida decantando las excelencias de los verdes campos y de los belles horreurs; pero que no suelen alejarse mucho.