La primera de las zonas norte es la cantábrica, o europea, que se extiende a lo largo de la base de los Pirineos y comprende parte de Cataluña y Aragón, Navarra, las Provincias Vascongadas, Asturias y Galicia. Es la región más húmeda, y como el invierno es largo, y la primavera y el otoño lluviosos, sólo debe visitarse en verano. Se compone de colinas y cañadas, atravesadas por multitud de riachuelos y arroyos abundantísimos en pesca, los cuales riegan los prados, ricos en pastos. Los valles constituyen la comarca lechera de España, que ahora se mejora mucho, mientras que los montes encierran los mejores bosques de la Península. En algunos sitios apenas se produce el trigo; en cambio, otros son abundantes en cereales; también se fabrica la sidra y un vino corriente. Es una región habitada por una raza fuerte, independiente y rara vez vencida, ya que la naturaleza del país ofrece medios naturales de defensa: con un ejército pequeño sería inútil intentar la conquista, y uno numeroso no hallaría elementos de subsistencia en las comarcas hambrientas.

La segunda zona es la ibérica o de Levante. En su parte marítima, es más asiática que europea, y sus habitantes de las clases bajas tienen mucho del carácter griego y cartaginés: son falsos, crueles y traidores, al mismo tiempo que vivos, ingeniosos y aficionados a los placeres. Esta zona comienza en Burgos, y la integran el mediodía de Cataluña y Aragón, con algo de Castilla, Valencia y Murcia. La costa debe visitarse en primavera y otoño, épocas en que es verdaderamente deliciosa. En verano es demasiado caliente y está infestada de millones de mosquitos. La parte de cerca de Burgos es de las más frías de España, y en ella el termómetro alcanza temperaturas mucho más bajas que en los sitios más fríos de nuestro país; como al mismo tiempo no tiene gran cosa para llamar la atención del viajero, será bueno abstenerse de visitarla, excepto en los meses de riguroso verano. La población es seria, sobria y castellana. Su elevación es muy considerable; el valle superior del Miño y algunos lugares de Castilla la Vieja y de León están situados a más de 6.000 pies sobre el nivel del mar y la nieve dura muchas veces en ellos más de tres meses.

La tercera zona es la lusitana u occidental, que es la mayor de todas y comprende algo de España y Portugal. El interior de esta zona, principalmente las provincias de las dos Castillas y la Mancha, en la condición del suelo, así como en la moral de sus habitantes, presenta el punto de vista menos favorable de la Península. Estas estepas interiores están calcinadas por el sol en verano y muy castigadas por las tempestades y el viento en invierno. La total carencia de árboles, setos y cercas expone sus extensas e indefensas llanuras a la inclemencia de los elementos. Miserables casas de barro, desperdigadas aquí y acullá en la desolada planicie, proporcionan un mezquino hogar a una población pobre, orgullosa e ignorante; pero estas comarcas, que tan poco tienen en sí de agradable y de provechoso para el viajero, se avaloran con algunos sitios y ciudades de tan gran interés, que nadie que trate de conocer España puede pasarlas por alto. Las mejores épocas de visitar esta parte de España son mayo y junio, o septiembre y octubre.

Los distritos más occidentales de esta zona lusitana no son tan desagradables. En la parte alta abunda el acebo y el castaño, y en las llanuras se dan magníficas cosechas de trigo y muy exquisito vino tinto. La meseta central, muy semejante a la de Méjico, constituye cerca de la mitad del área de la Península. La particularidad del clima es la sequedad; no es, sin embargo, malsano, y se ve libre del paludismo, muy frecuente en las llanuras bajas, en los terrenos pantanosos y en los arrozales de Valencia y Murcia.

Las lluvias son tan escasas en esta comarca, que la cantidad anual de agua no pasará de tres pulgadas. Donde menos llueve es en la región montañosa de Guadalupe y en las mesetas altas de Cuenca y Murcia: en ellas se pasan ocho y nueve meses del año sin caer una sola gota. Las tormentas apenas hacen sentar el polvo, pues la humedad se seca más pronto que las lágrimas de una mujer. La superficie de la tierra está tostada, atezada, seca como una verdadera terra cotta; todo semeja muerto y quemado en una pira mortuoria. Parece milagroso que el germen de la vida se conserve en la hierba cuando se ve marchita y muerta, y, sin embargo, apenas empieza a llover, brota la vegetación, cual nuevo ave fénix, de las cenizas, lujuriante de vida. Las simientes caídas en el suelo germinan alfombrando el desierto de verdura, alegrando la vista con flores y embriagando los sentidos con su perfume. La tierra, agrietada y seca, absorbe con fruición la lluvia, y despertando después, como un gigante que refresca con vino, desarrolla todas sus fuerzas. Y de lo que es la vegetación en los sitios en que la humedad se combina con el gran calor, no puede darse idea el que haya vivido siempre en países de sol tibio. Los períodos de lluvias suelen ser en invierno y primavera, y cuando son abundantes se producen toda clase de granos y uvas. Los olivares sólo se encuentran en pocas regiones.

La cuarta zona es la bética, que es la más meridional y africana; costea el Mediterráneo, apoyándose en el pie de las montañas que se elevan a su espalda y forman la masa de la Península. Esta barrera constituye una protección contra los vientos fuertes que barren la región central. Nada más emocionante que descender desde las mesetas altas hasta las fajas marítimas; en pocas horas cambia por completo el aspecto de la Naturaleza, y el viajero pasa de la vegetación y el clima de Europa al de Africa. La característica de esta región es una atmósfera abrasadora y seca durante una gran parte del año. Los inviernos son cortos y benignos, más bien lluviosos que fríos, pues en los valles del Mediodía apenas si se conoce el hielo, como no sea en los helados; la primavera y el otoño son deliciosos, sobre toda ponderación. La mayor parte del cultivo es de regadío, sistema establecido por los árabes de una manera muy perfecta. El agua, con este sol abrasador y vivificante, es en realidad la sangre de la tierra y sinónimo de fertilidad. Las producciones son tropicales: caña de azúcar, algodón, arroz, naranja, limón, dátiles. El algarrobo y la adelfa son considerados como vegetación limítrofe entre esta tierra caliente y las regiones más frías porque está circundada.

Tales son las divisiones geográficas de la naturaleza con la cual tan íntimamente unidas están las producciones vegetales y animales; ahora entramos más de lleno a estudiar el clima de España, del cual están tan orgullosos los españoles como si lo hubieran hecho ellos mismos.

Esta zona bética, Andalucía, de la que forman parte muchas de las más interesantes ciudades y algunos de los lugares más bellos de la Península, debe ser objeto de preferencia para el viajero, y cada una de sus bellezas, considerada particularmente, abarca una gran extensión de variadas perspectivas y objetos, y, por lo tanto, como es accesible fácilmente, puede ser visitada durante la mayor parte del año. El invierno puede pasarse en Cádiz, Sevilla o Málaga; el verano, en las frescas sierras de Ronda, Aracena o Granada, siendo, sin embargo, preferibles siempre los meses de abril, mayo y junio, o septiembre, octubre y noviembre. Los que vayan en primavera deben reservar junio para las montañas; los que hagan el viaje en otoño deberán comenzar por Ronda y Granada, terminando por Sevilla y Cádiz.

España, como ya se ha dicho, es una montaña o, mejor dicho, un conjunto de montañas, porque las líneas principales y las secundarias están todas ellas unidas más o menos y descienden serpenteando a través de la Península con una inclinación marcada hacia el oeste. La Naturaleza, dislocando de este modo el país, parece haber iniciado, mejor aún, impuesto a los habitantes el localismo y el aislamiento, pues encontrándose en sus valles y pueblos completamente incomunicados con sus vecinos, es inútil que se les induzca a sostener relaciones de amistad.

La comunicación interior de la Península, dividida por cordilleras, se lleva a efecto por carreteras bastante buenas, pero pocas y distantes unas de otras. Están constituídas salvando los accidentes demasiado penosos del terreno, procurando que vayan por los sitios en que el declive es menor y las pendientes menos rápidas. Estos pasos entre montañas se llaman puertos (portæ-puertas). Hay sendas y veredas que unen entre sí varios puntos de la cordillera; pero suelen ser difíciles y peligrosos, y como en ellos no hay ventas, ni cruzan por pueblos, resultan más propios para contrabandistas y bandidos que para ciudadanos pacíficos, siendo por lo tanto, el mejor camino y el más corto, la carretera.